
El abuelo llamaba pájaros a los perdigones y las perdices. Los cuidaba con mimo. Les hablaba. Introducía su dedo índice entre el envarillado de las jaulas para acariciar sus cabezas y remover el plumón de las pechugas. Ellos se dejaban hacer, pero solo con el abuelo. Yo lo intentaba, aunque Seguir leyendo








