Negar la evidencia no deja de estar de moda

La derecha mediática y política critican con dureza a Davos, sus exhibiciones argumentales más llamativas y buena parte de sus discursos. Quién lo diría, pero el caso es que también sus vehemencias tiran por esta barranca insólita: la versión más aristocrática y ampulosa de exhibición del capitalismo y sus guías estratégicas denunciadas y en entredicho. ¿En qué lugar del 0 al 10 en el espectro político deberemos colocar a tantos políticos, tertulianos y periodistas que maldicen a diario al gobierno, sus coaligados en el Ejecutivo, apoyos parlamentarios y, en fin, a todo aquel que no se levanta cada mañana sin maldecir a Pedro Sanxe?

Davos en su cumbre anual de este enero de 2024 ha señalado las tres retos que deben afrontar nuestras sociedades en el futuro que ya se ha abierto: cambio climático, el desarrollo y deriva más inquietantes de la Inteligencia Artificial (IA) y la asfixia de nuestras sociedades que trae la mentira, el engaño y la manipulación que expelen las redes sociales y, en general, el extraordinario desarrollo de la digitalización invasiva y sin freno. Se trata, casualmente, de tres cuestiones de realidad candente que vienen inquietando desde hace años a crecientes mayorías de ciudadanos en todo el mundo, ante las que la derecha política, económica y mediática, en el mejor de los casos, solo ha arrastrado los pies. Entre el negacionismo, que atrapa a una parte no despreciable de este mundo, y que en estas cuestiones siempre ven ideas y banderas de la izquierda, han orillado y combatido esta realidad amenazadora.

Claro que la espoleta que hace saltar la dentellada verbal contra lo sucedido en aquella pequeña población nevada ha sido que Pedro Sánchez ha pasado por ella brillando. La réplica -¿la única respuesta alternativa y democrática quizás?-  a la intervención del presidente argentino Miley ha mostrado que el discurso apasionado de un socialdemócrata está más cerca de la moderación, la sensatez y la acción política posible, deseable y socialmente razonable.

 

«Crece la negación de la evidencia».

 

Además, ¡milagro!, consiguió reunir en un cuchitril del coqueto y muy baqueteado recinto del foro a lo más granado de nuestro empresariado patrio. ¿Qué hacían allí, sentados como colegiales en ajada escuela pública de los setenta, personalidades como el señor Galán, presidente de la enorme Iberdrola? ¿Cómo pudo darse esa fotografía sonriente de Ana Botín junto al Presidente? Y para mayor estupefacción, se vio por allí también la figura del señor Rafael del Pino, presidente de Ferrovial, el súper empresario titán que se llevó de España la empresa que nuestro país y su esfuerzo hizo enorme porque le convenía, seguramente, a su bolsillo.

En los últimos tiempos, en España y en doscientos países más, -alegría para la prensa adicta al eructo que procura audiencias, los programas de televisión y redes que se hacen a paletazos-  suceden cosas extraordinarias. Una de las más llamativas y persistentes tiene que ver con la negación de la evidencia. En nuestro país, crece como una mancha de algas venenosas desde comienzos del presente siglo. Lo introdujo a gran escala el presidente Aznar. ¿Recuerdan su insistencia en que ETA había cometido el atentado del 11-M? A partir de él, continúan otros y, al fin, son innumerables los que vienen perfeccionando el culto de negar lo imposible de negar. Es de recordar la tozudez cargada de seguridad definitiva del presidente Zapatero, negándose a refutar acusaciones inverosímiles que le hacían. Y bien que lo pagó y pronto. Le hicieron responsable único y último de la crisis financiera y económica global de 2008; fue el culpable de la hecatombe inmobiliaria española, de las hipotecas subprime con que tangaron a tanto pensionista y, claro, de los mas de seis millones de parados en que concluyó la parte más dolorosa de aquella catástrofe.

Quizás sea por ello que el Davos del 2024 perturbe tanto al radicalizado mundo político y editorial de la negación y la furia en la palabra. Al colocar entre las principales, primeras y urgentes tareas a acometer por la comunidad política, económica y empresarial mundial cuestiones como el cambio climático, la IA o la mentira, intoxicación y el robo que llega tras la armada tecnológica que agarra como un pulpo extraordinario (kraken) a la tierra, se han quedado bastante descolocados.  Implicarse para superar estas amenazas, además, es una tarea que llama inevitablemente a la defensa de la democracia. La locura crecentista de los que se tienen por demiurgos del presente tecnológico debe ser repensada con urgencia y nuestras sociedades no tienen mejor arma que profundizar en la democracia y colocar al hombre (ciudadano) en el centro de toda ocupación y preocupación.

 

«La independencia judicial es un pilar esencial».

 

Claro que esta llamada de atención a una cierta cordura mundial está por ver cómo se concreta. Aunque no es mala señal para nosotros el encuentro del Presidente Sánchez con los grandes de la empresa española en un rincón de Davos. Porque el empeño o lucha contra la negación de la evidencia no es más que una idea, o una necesidad imperiosa, que está casi en mantillas. Fijémonos por un instante en el hirviente debate al que asistimos en relación con la tan demandada independencia judicial, el lawfare, el bloqueo judicial del CGPJ y tantos otros asuntos relacionados que asfixian y, en ocasiones, repugnan. La independencia judicial, que con tanta pasión reivindican en los últimos tiempos las judicaturas, es un pilar esencial (quizás la viga maestra) para garantizar nuestro sistema democrático, y fue empeño principal de los padres constitucionales, en especial de Gregorio Peces-Barba, que tan presente tenían la “justicia de la dictadura”. Es decir: la injusticia con toga.

Este valor esencial no será tal si no se entiende bien con otros derechos también trascendentes, como es el de la libertad de expresión. Nuestra Constitución, su desarrollo y luego la aplicación de sus leyes es altamente generosa en este terreno. Falta observar qué ocurre en los últimos meses con el pisoteado nombre de Pedro Sánchez. Los jueces y fiscales, sin embargo, han reaccionado con dureza ante las acusaciones de lawfare. Y hay que entenderlos y respetarlos, pero también objetarlos según los casos. Porque la independencia judicial que tanto se reivindica en este tiempo no puede llevar al veto de la crítica ante decisiones judiciales social y jurídicamente discutibles y polémicas hasta el punto de despertar dudas razonables sobre su intencionalidad.  ¿Por qué la crítica matizada de un miembro del Gobierno a un auto de un juez ha de convertirse en escándalo público -interferencia del Ejecutivo en el Judicial- y la actividad acelerada de un juez que puede interferir en un asunto político que se tramita en el Parlamento no puede ser discutida y aun interpretada? ¿Es más determinante la declaración de un político -que presiona- que el auto de un juez -que decide-?

Supongo que se debe a esa inveterada costumbre de numerosos políticos y periodistas de negar la evidencia.

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