La alta reputación de la mentira

La mentira está a punto de echar de la presidencia del Gobierno a Pedro Sánchez. Cultivada con esmero, tratada por especialistas, propalada por gentes con pocos escrúpulos y lanzada con insistencia y máxima repetición en los momentos propicios, tiene unos efectos demoledores. La mentira insistente, además, cuando no se combate con la misma determinación y perseverancia de quienes la difunden hasta lograr imponer su inquina, acaba por aparentar mejores trazas que la verdad, una verdad que se agiganta al echarla a volar con el aire que empuja la sed de poder y el odio.

Habiendo logrado demonizar hasta lo indecible a Pedro Sánchez, su persona y gestión pública y política, en ausencia de respuestas contundentes y a tiempo del presidente del Gobierno y su partido, desde el mismo instante que tumbó a Rajoy en una moción de censura, el contraataque socialista de última hora tiene escaso efecto, acaso ninguno. Es más, una respuesta contundente de ahora pudiera ser incluso perjudicial para sus intereses ya que, primero: la celada que le ha puesto el PP, además de llevarlos al terreno que le interesa, desgasta sus mejores energías; y, segundo: no van a tener tiempo para revertir unas mentiras que ya ha hecho suyas el electorado popular y de Vox, y puede que un buen puñado de los que les votaron en pasadas elecciones.

El mundo político más reaccionario con la aquiescencia, apoyo y financiación de grandes actores económicos; y el aliento, estudio y difusión de think tank, universidades e iglesias, lleva demasiado tiempo combatiendo la verdad, descoyuntando el mundo de la razón y la democracia. Quienes defienden las certezas no consiguen destacar; ni siquiera aquellos a los que afecta de manera directa esta riada autoritaria se movilizan lo suficiente. Ahora el PSOE, cuando la mentira convertida en patraña llega a tumbar a su candidato en el plató mismo del debate electoral más crucial, acude en tropel a denunciar las palabras de Feijóo y sus miles de voceros.

 

«Sánchez no se podía permitir un mal día».

 

Llega muy tarde y a rebujo, pues el PP ya ha recogido su gran fruto al ganar el debate. Llama la atención, además, que el presidente Sánchez acudiera a su cita electoral quizás más decisiva tan desprotegido, romo de entrenamiento y sin los recursos dialécticos y tácticos necesarios para revertir un debate que se le puso cuesta arriba en los primeros minutos. No se podía permitir un mal día cuando no había más días.

El PP está haciendo triunfar en España también el discurso trumpista. No es Vox, es el PP el partido que mejor lo acomoda a la manera española y en su provecho. Es verdad que la derecha popular se manifestó siempre de manera tremendista, pero en los últimos años su ideario de corte reaccionario, remozado por el liberalismo ultraconservador, se expresa según las técnicas de propaganda norteamericanas que arrollan los manuales tradicionales de comunicación de la derecha conservadora al alimentar el discurso con mentiras e insultos y hacer añicos las normas y usos democráticos. Mentir de forma descarada, con fiereza incluida, desquiciando su discurso conservador y arremetiendo contra la verdad se ha convertido en su arma política más eficaz.

Los socialdemócratas españoles -y no solo ellos- no saben cómo combatir esta plaga de palabras encendidas en furia política que les está arrinconando. Como en tantas otras ocasiones en la historia última, no han advertido con antelación suficiente la gravedad del discurso de la derecha, las maneras expeditivas como lo vienen imponiendo y las rápidas adhesiones electorales que obtiene en tiempos de grandes cambios y fuertes crisis políticas y económicas como los que eclosionan tras la crisis de 2008.

 

«La furia y la mentira saltan sobre la realidad».

 

El PSOE vuelve a ser sorprendido (no hace muchos años ocurrió algo parecido con Podemos, que a punto estuvo de arrollarlo) por la historia que se transforma en vendaval reaccionario. Sigue pensando que la razón y la justicia mueven en gran medida, y todavía, el mundo. De ahí su seguridad en que la robustez de su gestión de gobierno en los años más difíciles de España y Europa fuera más que suficiente para renovar mandato en el Gobierno de España.

Pero nada indica que ello pueda cumplirse. La furia y la mentira saltan sobre la realidad que manifiesta la gran mayoría de los datos económicos, el crecimiento del empleo y la posición política ganada por España en Europa. La derecha occidental, también la española, ha sabido mejor que nadie capitalizar en su favor la tragedia de la pandemia, el miedo a una guerra en el continente de nuevo y, finalmente, la alarma por causa de una inflación súbita y enorme que ataca el bolsillo de todos y lleva al disparadero a los más débiles.

Han sabido capitalizar con éxito el miedo ciudadano al elevar hasta la indecencia en ocasiones los decibelios de ruido político, hasta conseguir ocultar el esfuerzo y los méritos del gobierno que tanto ayudó a revertir la calamidad de manera rápida y eficaz. Es verdad que las derechas han multiplicado por miles sus coros agresivos contra el gobierno, en tanto que los socialistas hasta hace escasos meses han tenido un solo portavoz. Una voz importante y larga, sí, pero sólo una. Los generales son siempre necesarios, pero en realidad quienes ganan las batallas son los oficiales y soldados. La izquierda, al menos todavía, se nutre de una moral que privilegia lo colectivo y se organiza en asamblea. Su mutación organizativa en verticato la debilita más que a ninguna otra organización política.

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