La palabra que ofende

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

El lenguaje soez, descarnado y turbio, entre tabernario y repugnante, se cuela de manera creciente en los titulares de numerosos medios de comunicación. Salen a la calle por la boca de la caverna clasista y franquista. Poco a poco, nadie de otra raza, orientación sexual “fuera de la normal”, pobre o rojo está a salvo de recibir el salivazo del insulto. Es verdad que otros barbarizados tiempo atrás,  autodenominados portavoces del pueblo, y que como tales hablaban “en nombre de la gente”, llamaron casta y otras lindezas a políticos y empresarios con los que no comulgaban. Y llegaron a pasear sus caras pintadas en las carrocerías de autobuses por toda España para que la gente pudiera hacer befa de sus rostros. Pero luego se fueron dividiendo, se calmaron con el tiempo.

Los que ahora emergen ni siquiera han tenido la intención de hacer evolucionar el lenguaje, ser creativos y diferentes en el ataque verbal y la exhibición del insulto. Sacan el vocabulario del viejo arcón de los dominadores del palacio y la cuadra. Sus exabruptos no tienen siquiera el hedor diferente y misterioso de la germanía, del argot portuario y el soooo del arriero. Sus exclamaciones son sencillamente vulgares y zafias. Coléricas.

En esta nueva celebración del señoritingo de caballón y visera es cuando se echa de menos la buena educación, la escuela y la familia civilizatoria. Y no digamos el lenguaje políticamente correcto. Ese ya ha sido arrojado a la fosa séptica que traga las falsedades, la mentira y el fingimiento. Hoy, por ejemplo, los trabajadores de la Junta de Andalucía no son funcionarios, sino enchufados, y el emigrante que quiera trabajar aquí tiene que “mamar” nuestras costumbres.

 

Oprobio y deshumanización

 

Muchos creen que se calmarán, que cuando pisen alfombra y firmen decretos suavizarán modales y medirán las palabras. ¿Y si así no ocurriera? ¿Y si fueran incluso a más, a mucho más? Ahí tenemos a Trump, al presidente húngaro Orban o al líder chino Xi Jinping. Van a más. Cada día más ofensivos,  radicales y megalómanos. Sin irnos de la actualidad del día, el increíble presidente norteamericano mantiene paralizada buena parte de la administración federal porque el legislativo no le autoriza los créditos para construir su delirante y quimérico muro en la frontera que separa a su país de México. El mandatario húngaro llena de alambradas de trinchera sus fronteras y Xi se desmelena y se prepara para hacer China inexpugnable y dominar luego el mundo.

No todo, pero gran parte del edificio humano lo construyen las palabras. Con ellas definimos las cosas que nos rodean y las más abstractas que pensamos y sentimos. A través de ellas entendemos al otro y nos relacionamos con el mundo. ¿Qué pueden aportarnos las palabras que nos llegan envueltas en salivazos, desprecio y furia? Solo oprobio y deshumanización. Algunos aún creen que las malas palabras son el principio del conflicto, pero es justo al revés: la palabra ofensiva brota cuando la persona ya está tocada por el odio.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.