Trabajo, esa amenaza

El Génesis ya nos advertía de que “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Lo que nunca nos contó la sabia lectura de la Biblia es que, además, era harto difícil de encontrar y más raro aún que fuera digno. El trabajo, como sufrimiento o explotación, siempre ha sido moneda corriente; y cuando escasea, sencillamente un suplicio. El trabajo -sea esclavo, conveniado o a precio- jamás se ha despegado de una clara condición dramática. El trabajo por cuenta ajena nunca se ha alejado de esta condición dura y tristísima.

Habría que afirmar, entonces, que el mundo se construye y mantiene en pie gracias a una enorme disfunción muy cercana al dolor y, en no pocas ocasiones, a la tragedia. No son solo los grandes emprendedores o empresarios; los admirados visionarios, fantásticos inventores o los innumerables economistas son quienes tiran del carro del mundo cada mañana. Ellos son quienes “echan la acelga a la cobaya” para que apure hasta el último suspiro el tiempo de dar vueltas a la rueda infinita del trabajo.

Ayer -otro día para la celebración reivindicativa del 1 de mayo-, nos encontramos, como siempre, nuevas encrucijadas para el trabajador. La inmediata, y en estos meses la más necesaria, es la subida salarial en un tiempo de fortísima inflación; aunque la angustia colectiva que viene creciendo a paso de marcha se llama qué trabajo nos trae en cantidad, calidad y dificultad el nuevo mundo creado por la revolución tecnológica. Aunque del futuro laboral y las profesiones venideras casi solo hablen tecnólogos, economistas y algunos políticos temerarios, en realidad pocos saben qué cauce tomarán las aguas laborales del futuro. O sea, muy pocos logran imaginar en qué trabajarán en los próximos años nuestros jóvenes y los que ahora están llegando a este mundo.

Numerosas profesiones, oficios y empleos se vienen acabando. El delineante, por ejemplo, hace tiempo que dejó de existir. Pero muy pronto lo hará el arquitecto, aunque poco se conoce de quienes le sustituirán imaginando y proyectando nuestras casas. ¿Serán hombres? ¿Hombres y máquinas? ¿Sólo maquinas? Nadie se imagina cómo vendrá el futuro, aunque no nos cabe la menor duda de que unos pocos, desconocidos y ocultos al ojo público, proyectan ya las avenidas por las que pasaremos pensando en su máximo beneficio.

 

«Todo pierde valor e interés ante esa revolución».

 

El trabajador (ya sabemos, solo es sudor) seguirá contando poco, o puede que menos que nunca en nuestra historia. Hasta este momento, lo que sí parece estar claro es que se necesitarán millones de manos para atender las tareas elementales de siempre: camareros y basureros, cuidadores, transportistas, sufridos agricultores y, claro, millones de pobres en la reserva para reponer las bajas.

En estas andábamos cuando estalla un volcán extraordinario y casi inesperado llamado Inteligencia Artificial (IA), como el fabuloso mago de la lámpara presto a resolver multitud de tareas -ocurrencias y sueños incluidos- cuando aún no está acabada la lista de nuevas profesiones que alumbra la revolución tecnológica.

¿Cómo podemos pensar que el mundo puede estar tranquilo viviendo sobre tamaña inseguridad? Ni Rusia a cañonazos ni China como amenaza. Ni ese intragable Frankenstein guapo ni, mucho menos, el señor Feijóo, que nos provoca frecuentes risotadas como la penúltima, al llamar Bruce Esprintern al veteranísimo rockero norteamericano de apellido Springsteen. Todo pierde valor e interés ante esa revolución, ni explicada ni comprendida aún, que transforma la formación profesional; los escándalos en riada con que nos inundan las redes sociales (los auténticos medios de comunicación actuales); y hasta la zozobra política permanente a la que nos someten quienes solo quieren el poder a cualquier precio.

 

«La gran angustia del trabajador actual es su soledad».

 

El futuro laboral de la mayoría -es decir, nuestro futuro- se presenta como una maraña oscura que inquieta y nos sume en un desconcierto general. Y todo sucede en tanto el sindicalismo continúa decreciendo y mengua sin lograr superar o revertir el desprestigio, tanto real como inventado, acumulado en las últimas dos décadas. No pocos añorantes de antiguas proezas (la huelga general de 1988, sin ir más lejos) asistirán con pesar y rabia por televisión a las manifestaciones de “cuatro gatos con pancartas rojas”. Nadie en el sindicalismo español ha descollado desde su hecatombe en los primeros años del presente siglo, mientras que por otros registros de la izquierda sí han aparecido nuevas caras, discursos y proyectos.

Los grandes sindicatos continúan pareciendo organizaciones antiguas, desfasadas y aún desprestigiadas en amplios ambientes públicos y privados. Y no se advierte a nadie con vocación para salir de la sima y reconstruir organizaciones sindicales modernas, eficaces y de nuevo deseadas por los trabajadores.

La gran angustia del trabajador actual, más allá del imprescindible empleo, es su soledad. No parece necesitar al sindicato porque desconoce su utilidad. En su cabeza y ánimo ha grabado a fuego el embriagador mantra de tú puedes, tú vales, el mundo es tuyo si te lo propones. Un trabajador solo es la persona más indefensa del mundo; la más triste. Un grano de alpiste en un palomar mediterráneo.

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