Por qué votamos

Última semana electoral andaluza. ¿Nos ha llegado a través de los medios de comunicación alguna propuesta (no digamos idea) atractiva que haya llamado nuestra atención hasta quedar retenida en el magín de la memoria? A mí, ninguna. Pareciera que tampoco a los políticos en contienda ni a la mayoría de periodistas en caravana. Así que, en esta ocasión, los más sinceros han sido los candidatos de Vox, que se presentan sin programa electoral, garabateando a lo sumo diez o doce proclamas que tengan el efecto de la patada de una mula: sorpresa y dolor.

PP, PSOE y las demás candidaturas de la izquierda, es verdad, han elaborado programas electorales en ocasiones voluminosos. Hojeando algunos de ellos se encuentran incluso algunas perlas verdaderas. Por ejemplo, se nota el esfuerzo de los socialistas por buscar nuestro interés cuando hablan de jóvenes y empleo digno y una sanidad pública decente. Pero muy pocos se interesan en profundizar en tales cuestiones. A diferencia de Castilla y León, donde una borrasca política llamada macrogranjas condujo a un debate loco pero próximo a lo concreto; en Andalucía, a lo máximo que nos acercamos es a elevar hasta el photocall de la campaña a la vaca Fadie abrazada por Juanma.

En buena medida, la campaña viene protagonizada por la sonrisa sosaina de Juanma entre verdes, pajaritos en arrullo y vacas de concurso, mientras que un Juan Espadas perseverante insiste en que “le vamos a dar la vuelta a las encuestas”. Cabría preguntarse, sin otro ánimo que el de satisfacer cierta curiosidad, cuál es la razón de todo esto que viene sucediendo. La izquierda tradicional aún cree en el valor determinante de las ideas, o de sus ideas, en la movilización del voto. Está confundida; hace años que dejaron de ser determinantes; y menos aún, el valor del recuerdo de lo que antes se hizo bien. Las formaciones políticas que vienen ganando elecciones en las nuevas sociedades de la confusión, la desigualdad y el consumo son las que mejor disfrazan su impotencia y, cómo no, ocultan su enorme cinismo. Los políticos, por desgracia, se vienen convirtiendo en un mal innecesario que duele. La historia les empuja hacia el despeñadero, mientras muchos de ellos hacen la ola a quienes les vienen aniquilando al agigantar la bronca permanente en la que se han instalado en las últimas dos décadas.

 

«Los políticos no entienden los problemas que agobian a la mayoría».

 

La táctica de uso diario en la oposición es embarrar el debate político hasta envilecerlo, en tanto que el Gobierno quiere hacerse el sueco aventando, cuando puede, cifras y ecos de sus éxitos. Casi siempre se impone la mancha de cieno. Los dos partidos mayoritarios y, en general, todos los demás, reservan el pan y el látigo para sus respectivos líderes. Pedro Sánchez es el más castigado de todos, en tanto que Feijóo llega de refresco. No hablamos de que el más descansado pueda correr más deprisa, sino de que al presidente le vienen agriando el crédito desde el primer momento con un severísimo castigo. Así que las cosas vienen cambiando sin que unos ni otros estén muy seguros de por qué.

Que las urnas tumben gobiernos forma parte de la lógica democrática. Y que a muchos de ellos los arrollen digamos que alternativas alocadas, también. Se podría pensar con cierta razón que las claves con las que nuestra clase política observa el mundo político, económico y social están bastante obsoletas como para apreciar la velocidad endiablada a la que nos desplazamos en lo que va de siglo. Así que no aciertan a entender – para enmendar en lo que puedan – los graves problemas que agobian a la mayoría (empleo digno, por ejemplo) y amenazas (pensiones, cambio climático…). Pero es más llamativo aún que el crispado o el empobrecido vote luego por otros partidos que, en el mejor de los casos, harán lo mismo que aquel que tanto se afanaban en derribar.

Algunos politólogos españoles, que mezclan bien con sociólogos y quién sabe si con la magia también, concluyen tras semanas de agotamiento y sudor abundante que, al final, es el miedo de las sociedades el principal motor de todo lo que sucede. Si a esta emoción primaria dispuesta a estallar se le añade la correspondiente dosis de Bildu o indultos a independentistas, ya se obtiene el cóctel perfecto. Claro que, en nuestro Sur, la aceituna que corona lozana el cóctel la pone la sonrisa del modosito Juanma. ¿Alguien lo entiende?

Fotografía
Fuente: Unsplash

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.