Florentino quiere salvar al fútbol de la ruina

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

En la madrugada del pasado domingo al lunes, todo estaba preparado. Los medios de comunicación de Europa, y más allá, llevarían a titulares en pocos minutos la noticia del nacimiento de la Superliga de fútbol europeo. Florentino Pérez, su presidente, creía tenerlo todo atado y bien atado, aunque – perspicaz hombre de negocios – como hubiera observado algunos movimientos en el frente enemigo de la UEFA, que amenazaban con acudir a los tribunales de justicia a fin de detener su nueva marcha galáctica, se dirige al Juzgado de lo Mercantil nº 17 de Madrid, a fin de que lo ampare si el presidente Ceferin decide atacar.

En plena tormenta de rechazos al proyecto de una Superliga de doce clubes de los más poderosos de Europa, a primera hora de la mañana del martes 20, dicta la prohibición de “cualquier medida sancionadora o disciplinaria contra los clubes participantes, sus directivos y jugadores”. ¡Toma ya! Uno de los juzgados españoles especializados en materias empresariales, sus conflictos y otras cuitas, que suelen tardar entre 7 y 15 años en dictar sentencia sobre una quiebra empresarial, por ejemplo, comunica su fallo en menos de 24 horas. Eso sí que es diligencia. ¡Y cómo se nota el poderío del litigante!

Pero la previsora muralla jurídica resultó ser un pequeño azud arrollado por el Amazonas de repudios fulminantes y expeditivos que obtuvo en el mundo del fútbol, político y social europeo: la Superliga, impulsada por ricos jeques y grandes empresarios, capotaba en pocas horas.

 

«No les cabía la más mínima posibilidad de que pudiera ser rechazada».

 

La mayoría de periodistas se han extendido – es su primera misión – en relatar los acontecimientos, y algunos – las plumas de mayor responsabilidad y fuste – en latigar a sus impulsores con palabras de ortiga. La mayoría de los textos subraya su gran sorpresa: ¿Por qué los 12 florentinos no sospecharon que podían tener tamaño bofetón? Con el paso de los días se conocerán detalles, aunque no es demasiado arriesgado adelantar que la confianza de estos hombres en el poder de su nombre es tan enorme, que no les cabía la más mínima posibilidad de que su iniciativa lanzada en este momento (el becerro de oro del fútbol en crisis) pudiera ser rechazada. Y menos aún por presidentes de repúblicas y primeros ministros de monarquías.

¿Qué no han aprendido estas personas del fútbol tras décadas manejando y mangoneando en sus despachos? Parece claro que lo que menos les ha interesado es el aficionado y, sobre todo, – parece una perogrullada – el fútbol como deporte. Para ellos, el fútbol siempre fue exhibición personal, negocio y dinero y, al mermar este, hay que hacer lo que sea necesario, incluso vender al demonio el alma de un deporte, de práctica y seguimiento masivos, con tal de salvar sus negocios, bonus, comisiones y mil canonjías más.

Resulta curioso, pero el ideólogo de barbita de tres o cuatro días, ojos algo enrojecidos y varios emebeás, no estuvo fino en esta ocasión, ya que el gran argumento que cimenta la iniciativa Superliga se sustenta en que viene para salvar al fútbol de su crisis (“estamos arruinados”, es la frase). De ser así, ¿quién lo ha arruinado? Sin irnos de nuestro país, Florentino lleva veinte años, más o menos, al frente del Real Madrid, y los doce de la fama han gastado 8.698 millones de euros en fichajes desde el año 2016.

 

«El fútbol: otra emoción que devoraría la ambición».

 

No tienen un pase. El relato florentiniano, en todo caso, está más de acuerdo con los tiempos que corren, que dictan que si un proyecto da dinero suficiente no hay que preguntar nada más. Pase lo que pase, el objetivo único es la bolsa y el triunfo personal. Los posibles desvíos o contratiempos se encargará de diluirlos el marketing, la propaganda, la influencia mediática y política.

Quién podía pensar hace poco tiempo que el fútbol, esa pasión y divertimento que practican centenares de millones de niños y niñas en todo el mundo, la mayoría en descampados, podría ser secuestrado por un puñado de ricos y poderosos por la única razón de que quieren más. Porque si las mejores cámaras y voceros del espectáculo que atraen el dinero enfocan y comentan en exclusiva sus jugadas primorosas, todo lo demás se hará penumbras. ¿Quiénes van a seguir las ligas nacionales cuando todos estén pendientes de los veinte equipos elegidos? ¿Quiénes  llenarán sus estadios? ¿Cuántos millones de chicos y chicas dejarán de soñar?

Un comentarista deportivo en la radio imaginaba que la Superliga podría tener sobre el fútbol parecido efecto al de Amazon sobre las pequeñas y medianas tiendas: las cierra. El fútbol que hemos conocido durante un siglo, con sus más y sus menos y siempre en mudanzas, terminaría por desaparecer. Otra emoción que devoraría el monstruoso poder de la ambición, el ego y el dinero.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.