Un perro ladra en el Parlamento Europeo

El ladrido del perro en el pleno del Parlamento Europeo cuando cerraba la sesión plenaria produjo una cierta conmoción entre los asistentes al debate y en millones de personas que lo siguieron por televisión. Pero la gran mayoría de españoles que lo vieron y oyeron no tuvo la menor duda de que el ladrido del can respondía a Perro Sanxe, aplaudía su discurso.

La historia de los populares españoles metiendo cizaña en las instituciones europeas contra los socialistas en el Gobierno viene de lejos; arranca, como casi todo lo lodoso en ese partido, con Aznar. Rajoy mantuvo la costumbre, aunque con manera más modosa. Para el gallego, aquello de Bruselas y su obligado hábito de viajar tan lejos era de una pesadez extrema: hablaban muy raro, no entendía a aquellas gentes. A los socialistas les molestaba (y cabrea hoy) en extremo. Sostenían, y mantienen, que un partido español, aunque estuviera en la oposición, que llevara debates políticos internos hasta las tribunas comunitarias hablaba mal de España y su democracia aún joven. Pero al cabo, nunca hicieron una oposición ruidosa contra aquellas denuncias, pues también las instituciones europeas rehuían de entrar en harina de costal ajeno.

Pasados los años, las cosas van cambiando. Europa, como el mundo al completo, no camina de acuerdo con los increíbles acordes de la guitarra roquera del último medio siglo XX, y luego deslizándose por la eufórica pasarela que extendió el hundimiento del imperio soviético. Hoy, la música que hace bailar al mundo más joven no inspira de la misma manera. Las gentes del poder, el dinero y las influencias se encuentran mejor con el sonido de los misiles cuando vuelan hasta su objetivo programado al milímetro y el silbido galáctico -más bien cinematográfico- de los satélites que ordenan nuestro mundo. La creciente marea que inunda al globo -Trump, Xi, Putin, tecnológicas, bancos, fondos y millones de mensajes que aturden- es casi lo único que damos por cierto, todo lo que atisbamos o deseamos que aparezca para detenerla está en duda o en la penumbra.

 

«Un muro para contener a la derecha».

 

No son muchos los políticos y otras especies de influyentes los que dan la cara y advierten del derrumbe evidente de las democracias liberales. También, o muy especialmente, las europeas. Uno de esos decididos (o atolondrados, como los califica su contra) es Perro Sanxe. De esto va su latigazo en el pleno de Estrasburgo. También allí quiere llamar la atención sobre lo que, a su juicio, nos jugamos los europeos. En España ya conocemos la hoja de ruta que se dispone a materializar en la legislatura que comienza: un muro para contener a la derecha más su hermana extrema.

En Europa, quién lo diría, ha sido la oposición más dura que le castiga en España la que le da la oportunidad para anunciar con más determinación que nunca, desde su institución tan representativa del Parlamento, que también está dispuesto a dar esa batalla en Europa. La pulla política preparada por los populares en la plaza de Estrasburgo le ha valido, sin anuncio previo, para lanzar el primer gran pregón de campaña a las elecciones al Parlamento Europeo de la próxima primavera. Su posición, más allá de la agarrada con Manfred Weber, presidente del Partido Popular europeo (PPE), se resume en pocas palabras: o Europa defiende con uñas y dientes la barca que le lleva durante siglos, llamada democracia liberal; o dejará de ser. De no intensificar la pugna política contra la oscuridad y la radicalidad política y económica, en muy poco tiempo los grandes lobos del nuevo mundo autocrático nos comerán como almendras tostadas por el cambio climático.

 

«Las derechas se han agarrado a la bandera de todos».

 

Más que una sospecha parece evidencia que Pedro Sánchez, asegurada (¿?) la estabilidad de su gobierno, no ha perdido un segundo en animar (arengar) a tantos partidos políticos de la Europa herida que no salen de la desmoralización, asustados por el auge nacionalista en el que se refugian; y crecen las derechas europeas hasta hacer renacer, incluso, viejos valores medievales de tantos pueblos y naciones del viejo continente.

El nuevo curso político iniciado por Pedro Sánchez en el Parlamento Europeo la pasada semana es solo el principio. Llegará a las cancillerías que lo acepten, centros y plataformas de influencia política, económica, social y cultural, y tratará de ocupar grandes espacios de televisión, radio, prensa y otras mensajerías de opinión. La oposición política y mediática en España viene largo tiempo afirmando que solo le interesa moverse por Europa y el mundo a bordo del Falcon. Hasta hace nada, le hacían poca gracia esas afirmaciones críticas. Ahora, quizás les tome la palabra: seguramente viajará más por Europa y el mundo, y hablará con voz más alta.

No sabemos qué tamaño de colmillo traerá Pedro Sánchez en primavera. Como todos, depende de lo desconocido. Pero los primeros y jugosos folios de su discurso, endosados a la derecha, los ha escrito con tinta de desafío. Sánchez sostiene, como tantos, que el viejo patriotismo que envuelve a PP+Vox es la única oferta que tienen para los españoles. Las derechas se han agarrado a la bandera de todos para, con ella en el púlpito, oficiar el discurso del miedo de ayer, de anteayer y del siglo pasado. Gris niebla, romo de inteligencia y con las cicatrices de la piedra caminera mil veces movida. Eso sí, con palabras de acero que esconden un nacionalismo verbalisco pero temeroso que rechaza todo lo nuevo que no posea o entienda.

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