Las guerras en marcha y la irrupción de Milei lo nublan todo

El inminente presidente de Argentina, Javier Milei, y otros candidatos dispersos por el mundo libre que aspiran a mandar de forma parecida (nuestra Ayuso, sin ir más lejos); el debate sobre la derechización de Europa, la amenaza china -que ya es parte estable de nuestros malos sueños- y la depresión que produce la sola visión de Trump dando tumbos y mítines de juzgado en juzgado nos tienen tan obnubilados y angustiados que somos incapaces de ver otras amenazas aún más devastadoras que llaman a nuestra puerta.

El pasado jueves por la tarde se cayó la plataforma digital Redsys que da servicio a la banca española. Durante una o dos horas, nada funcionó. Desde el taxista que no podía cobrar la carrera hasta el bróker al que le fue imposible hacer una operación multimillonaria; la camarera que tenía inutilizado el datáfono y los cajeros que no funcionaban. Nuestro país se apagaba a plena luz. Los cronistas de ese día hablaron de caos, estrés y agonía. Los bancos, agobiados; y el Banco de España supervisor, nervioso. El descuelgue de la red anuló el sistema, por fortuna, solo unos 90 minutos. Vinieron, luego, palabras de tranquilidad: “trataremos de que no vuelva a ocurrir”. Pero el sábado 25, hubo otro “chispazo en los plomos”. A las pocas horas, el Banco de España anunciaba la publicación rápida de una reglamentación más exigente y manifestaba públicamente la gravedad del caso.

La llamativa incidencia, sin embargo, no ha llegado a la opinión pública en toda su dimensión y el peligro extremo que encierra. No interesa al sistema y ni siquiera la mayoría de los ciudadanos son conscientes de la fragilidad en la que se sostienen los servicios de pagos y cobros en prácticamente todo el mundo. Dependemos de que funcione Internet, esa maravilla tecnológica y avanzadilla de una nueva era del mundo que, sin embargo, está cogida con alfileres en buena parte. Insegura y desprotegida como un batallón de infantería, incluso perfectamente pertrechado, que cruza una jungla.

 

«La red es un problema: no es segura».

 

Vivimos en un frenesí digital de riesgo y fortuna enormes desde hace ya unos cuantos años. A los líderes económicos e intelectuales (¿) casi no se les ha puesto freno porque “la nave va a todo vapor” y las grandes tecnológicas y sus fieles y muy ágiles propagandistas inundan el mundo con la droga dulce del entretenimiento y el yo. Algunos piensan que la tierra se ha transformado en un Titanic que baila al son de los TikToks, Instagrams y tantas otras orquestas para el recreo y el vicio. Así pues, caminamos sobre un puente de luz sin pensar demasiado si es seguro y hacia dónde nos lleva. Atravesamos uno de esos excitantes momentos históricos en los que se nos olvida pensar si vamos por el buen camino, y no reparamos en la cautela imprescindible que debe mantener todo hombre responsable: repensar lo antes poco pensado. Porque nuestro mundo, quién lo duda, camina a lo loco, como en otras etapas frenéticas de nuestra historia, a la conquista de un sueño de riqueza sin reparar en la piel que se deja en el camino.

Así que se ha decidido prescindir del dinero en efectivo. La red, las tecnológicas y sus mil adelantos casi diarios han hecho posible que el dinero bancario, y la minucia no bancaria, curse por el mundo a la velocidad de la luz comprando y vendiendo, hipotecando y asegurando todo con poco coste. De manera limpia y transparente, se acabó, dicen, el dinero negro. Han sido tan ingeniosos que han hecho creer a los que mandan en la gestión del dinero, los gobiernos y, por supuesto, a los medios de comunicación, que con una tarjeta o un mínimo contacto de móvil todo está resuelto.  ¡Incluso con mirarnos a los ojos se conoce nuestra solvencia!

Claro que no han sido tan exigentes, despiertos y hasta habilidosos para exigir redes seguras y sistemas de control probados y robustos. Han conducido a los ciudadanos, a la práctica totalidad de la economía mundial, al comercio internacional y local, y al mercado bancario e hipotecario por los caminos de Internet sabiendo que surcaban por vías agrietadas y gargantas amenazadas por cuatreros digitales. La red es, de manera creciente, un problema: no es segura, aumentan a diario los atracos, los secuestros, las amenazas y los chantajes. Y de manera también creciente, se desploma. No obstante, a nivel europeo, se realizan pagos electrónicos por valor de 240 billones de euros al año, frente a 1,5 billones de euros en billetes y monedas. De estos movimientos electrónicos, la mitad de las operaciones de pagos son con tarjeta. En España, en concreto, el dato que tenemos informa de que los pagos a través de TPV prácticamente doblan las retiradas por cajero.

 

«El Gobierno se olvidó del acceso y disponibilidad del dinero efectivo».

 

Estamos ante un enorme problema que se adelanta como grave amenaza para nosotros y todo el mundo, pues todo lo que somos pasa ya por la red sin que se conozca si existen normas y medidas adecuadas para atajar caídas que pudieran acarrear auténticas catástrofes. Más bien ocurre lo contrario. Con ocasión de la aprobación la pasada legislatura del anteproyecto de ley para la modificación de la Ley de Seguridad Nacional, cuyo objetivo es adaptarla y hacer frente a las nuevas amenazas (proyecto que decayó al disolverse el Parlamento en junio), el Gobierno consideró ámbitos de interés para la seguridad nacional un gran número de actividades clave para el funcionamiento del Estado, como la seguridad económica y financiera, la ciberseguridad, la seguridad energética, sanitaria, medioambiental…, pero se olvidó de incorporar en el proyecto de ley las infraestructuras necesarias para el acceso y disponibilidad del dinero efectivo en caso de gran crisis.

El olvido fue tan llamativo que la Plataforma Denaria, una asociación que trabaja en la defensa del efectivo, hizo llegar a numerosos grupos parlamentarios una serie de textos para que fueran incorporados a la ley en trámite. El más llamativo es la creación del Sistema Nacional de Dinero en Efectivo como bien de carácter estratégico. Entre sus objetivos principales destaca garantizar a la población española y las empresas e instituciones “el acceso al dinero para el natural desenvolvimiento de su actividad, mitigando los riesgos de una interrupción de los sistemas de pagos electrónicos por brechas de seguridad, caída del servicio, catástrofes naturales o por una dependencia exterior que afecte al recurso del dinero como un bien de primera necesidad o de carácter estratégico”.

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