Caminar en campaña

No me gustan las campañas electorales. Más claro: las detesto. Son excesivas en todo. Ruidosas y mentirosas. En mi opinión, deberían ser solo unos días tasados destinados para que los gobiernos de cualquier administración pública rindieran cuentas al ciudadano de sus ejecutorias y avanzaran sus propuestas futuras. Y la oposición, hacer lo propio: ubicar las insuficiencias y errores de los gobiernos y exponer sus propuestas.

Pero casi nada sucede de esta manera. Se han convertido en larguísimas batidas verbales y algo más a cargo de diferentes brigadas políticas, supuestamente organizadas, destinadas a latigarse mutuamente como única forma de atraer el voto.

Todo es un enorme y costosísimo tinglado destinado a atrapar al votante con la euforia que generan las emociones. Y sí, a votar animan los colores de un partido y el calor de las ideologías, pero no deben ser los únicos estímulos y mucho menos los más relevantes. Hoy casi todo lo mueven las emociones fabricadas, o estimuladas, y las múltiples estrategias -no siempre legales- destinadas a reventar la verdad y confundir al elector de camino. ¿Qué tendrá que ver, por ejemplo, que Bildu haya colocado en sus listas a unos indeseables, aunque rehabilitados por las leyes, con el voto del elector de la alcaldía de Pulpí?

Es por ello, quizás, que estos días de mayo me dedico con mayor interés a uno de mis gozos favoritos llamado caminar. Porque andar lo hacemos todos menos, claro, los imposibilitados. Pasear es un hábito social, pero caminar es diferente. Para practicarlo es imprescindible, primero, tener voluntad de hacerlo y después, ya tirará de ti el gozo.

Los motivos para caminar son múltiples, variados y hasta contradictorios entre sí. Al principio, tras una caminata siempre hay un motivo, una razón que normalmente suele estar próxima al placer. Pero este solo llegará después, cuando todo en nosotros quede seducido por la droga de nuestros pasos vivos, el alivio del sudor al doblar una esquina que mira al parque o el tacto de esa pantorrilla con impronta de músculo que nos tocamos.

 

«Caminar es un placer inmenso, variado y múltiple».

 

Caminar de forma masiva por placer, curiosidad o simplemente para buscar nuevos estímulos emocionales, supongo que es una actividad relativamente nueva consecuencia, quizás, de la asfixia que difunde la gran ciudad sobre nuestras sociedades hacinadas y, en especial, contra esa mayoría alienada y nerviosa ocupada en trabajos sedentarios. Las sociedades del colesterol y la grasa masiva, y también del humo y las viviendas mínimas escaladas en colmena, no hemos tenido más remedio que salir a caminar para no dejarnos morir. Y hemos acertado de pleno.

Pero todo esto parece una digresión seudomédica de la que la mayoría no sabemos gran cosa más allá de lo que leemos en el reclamo propagandístico de una bota deportiva o unas calzonas chulas de gimnasio.

Caminar, para quien superó la hazaña de varios meses sin desmayo, es un placer inmenso, variado y múltiple. Es conocer la calle, y por sus aceras, parques o senderos toda la ciudad con su naturaleza dispar, su contaminación y, también, su belleza. El camino te despierta a nuevos sentidos que llegan a regalarte, en ocasiones de forma inesperada, parábolas asombrosas.

La ciudad en la que naciste, o hiciste tuya hace años, te mira de repente con un nuevo guiño y así descubres sus recovecos más inesperados. Caminando, aun con la distracción propia del exigente jadeo, vas a descubrir un mosaico de detalles en los que nunca antes reparaste. Ese chaflán historicista de ladrillo rubio que parte en dos la gran avenida, los geranios rojísimos que se exhiben milagrosos en un lienzo inmenso de cristal, y un gorrión que se esmera distraído picoteando con punta de bala la flor temprana de la acacia que tumbó un vientecillo pirata. También la extranjera sorprendida ante un escaparate con piononos, que se relame.

Tenemos a mano otro mundo a paso ligero en nuestras calles; un divertimento inesperado lleno de toda clase de pequeñas sorpresas, y hasta añejas emociones en el olvido. Incluso llegas a imaginar que el orín en la ferralla de una vieja cochera espera ser plató de una película gore.

 

«Sientes que cuerpo y mente se entienden como siempre quisieras».

 

Los estudiosos de nuestros corazones, con sus emociones, y la empírica médica también, tratan de explicar esta desazón tan nutritiva con palabras difíciles. A mí me parece que es nuestra respiración completa la que abre el pecho y los ojos del corazón de una manera tan delicada que llega a interpretarla siempre como la caricia de una espiga y, en ocasiones especiales, como el beso de la estrofa que busca encajar en un poema.

Caminar rápido o más lento, una hora continuada o tres, según tu afán y el tono de tu cuerpo en ese momento, tiene miles de consecuencias, casi todas positivas, gozosas y hasta inspiradoras para nuestra corteza material y, sobre todo, en favor de nuestra achacosa variante espiritual. Sientes que cuerpo y mente se entienden como siempre quisieras que fuera; templado y con un punto de anhelo, el primero, y afilada, atentísima, creativa y hasta risueña, la segunda. Caminar es asomarse cada día a la sorpresa cotidiana, confirmar que nada es igual que ayer aunque tus ojos te informen de lo contrario, de un cambio solo aparente.

Claro que no dejas de ver el cafre de la calle o el competitivo que te adelanta goteando sudor mientras mira con ojo de hora su reloj y declara la fealdad de tantos ansiosos mustios de alma.

La calle, el tartán o el paseo contaminado y ruidoso de la gran avenida no desaparecen; nuestros ojos nunca están ciegos a la realidad. Ocurre, sin embargo, que caminando logramos vencer a la mugre que porfía desde siempre para mantenerse como la costra del mundo.

Caminar, observar, admirar, sentir, a veces pensar, y siempre respirar hondo en tanto de nuestro cuerpo mana un sudor nutritivo al compás de nuestro paso vivo es, simplemente, vivir.

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