Desnudos y felices

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Hace unas semanas, sentado junto a unos amigos en la barra-bar antesala del restaurante madrileño El Columpio (veganismo y huevos rotos con foie en un gran espacio adornado con objetos simpáticos) en el Chamberí palaciego más exclusivo, me llamó la atención cómo los jóvenes clientes, ellas y ellos, salían rojizos y felices del local y pagaban rozando la pantalla del teléfono sobre un mínimo cabezal negro que emitía diminutas ráfagas de luz. Apoquinaban de esta manera el condumio y la bebida ingerida.

–José Luis, aquí parece que nadie conoce los billetes.
–Pues sí; con qué alegría pagan: menean el teléfono como si bailara. Es como si estuvieran jugando.

La secuencia me llamó la atención. Como sin querer, sin apremiante voluntad, comencé a pensar sobre el particular y reuní una serie de datos de aquí y allá. Resulta que en el mundo existen más de 5.100 millones de líneas de móvil. De ellas, 55 millones en España y,  al menos, el 83% de nosotros hemos pagado en alguna ocasión a través del móvil. Además, qué paradoja, 8 de cada 10 de nuestros bancos (los depositarios de la bolsa de efectivo) ofrecen a sus clientes al menos una aplicación para pagar con el móvil u otras herramientas de la misma familia.

¿Qué nos sucede? ¿Los jóvenes, y los que ya no somos tanto, nos volvemos locos? El teléfono espía, que siempre nos acompaña, nos birla vestido, pantalón y abrigo, y el uso masivo de la tarjeta y otros sistema de pago digitales nos despoja de la ropa interior? ¿De verdad queremos convertirnos en el mono desnudo?

Le estamos poniendo fácil el trabajo al Gran Hermano que nos venderá todo a medida que nos conozca mejor: qué pensamos, qué deseamos, a qué tememos. Si el móvil es ese ojo que sigue nuestros  pasos, la tarjeta sella nuestras paradas y anota nuestros actos concretos. Ese ordenador súper poderoso, artillado con miles de algoritmos y la inteligencia artificial que crece en eficacia y prestaciones con la rapidez del hongo, decidirá todo lo demás: informará al poderoso (pongamos que China o la NSA) que no mantendrá a raya; al empresario universal que nos venderá gloria bendita, y hasta ese maligno infinito (también llamado Belcebú de la Nube) que se remueve a placer entre los bytes de la discordia.

 

«Grandes empresas antes de contratarnos piden nuestra memoria digital»

 

Creemos que el vertiginoso y hasta milagroso desarrollo tecnológico nos hace todo más fácil, cómodo y gratis; multiplica nuestras posibilidades de acción y ayuda a ser más eficientes y productivos. Y es cierto. Ocurre, no obstante, que nadie  proporciona datos sobre “la contaminación” que vamos dejando en nuestra atmósfera vital; qué precio pagaremos por nuestra desnudez extrema. Comienzan a llegar noticias que trasladan como grandes empresas antes de contratarnos piden nuestra memoria digital (qué dijiste, qué enseñaste, con quién hablaste); que los hackers (los malos siempre llegan antes) siguen el rastro de nuestras cuentas a través del uso de la tarjeta y afines; que la tienda de moda en la red va a inducirte a la compra de las botas que anhelas al doble de precio.

Comienzan a llegar noticias de estudios independientes que sostienen que “el pago con tarjeta incrementa un 15% el gasto familiar (…) impulsado por  factores psicológicos”. Y apuntalan: “Siempre se ha tenido la percepción de que utilizar dinero efectivo frena las compras impulsivas. (…) La proliferación de todo tipo de medios de pago está eliminando esa barrera de gasto grande (digital) versus gasto pequeño (efectivo) y ha ampliado a casi todas las opciones los efectos sociológicos negativos asociados al pago digital”.

Es natural sospechar entonces que la fabulosa campaña mundial para incentivar el uso de tarjeta y análogos digitales no obedece solo a la noble causa de combatir el fraude fiscal o crímenes horrendos ligados al terrorismo, el narcotráfico, la prostitución o la trata de blancas, sino que incita a satisfacer objetivos menos honorables que podríamos resumir en pocas palabras: conocimiento exhaustivo de las personas al objeto de venderle consumos y sueños a placer y tenerlas controladas.

Hacer compras en efectivo a menudo los despistará. Claro que cada vez desaparecen más cajeros y las oficinas bancarias obligan a que todo lo realicemos con las maquinitas.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.