
La borriquita tordona tenía sus años pero caminaba ligera. Nos habíamos levantado de noche. El abuelo tomó un vaso de café negro y yo otro más grande de leche fría. Pocas palabras. “Vístete, lávate las manos y sal a mear”. Aparejó la burra en un santiamén y la dejó atada Seguir leyendo

