Un mundo desconcertante y en crisis

Mundo incalificable el de nuestro tiempo. Sin ir más allá de la última semana, tenemos noticias tan sorprendentes como que nuestro Occidente – mayoritariamente republicano y laico – se emboba siguiendo los fastos mortuorios de la reina Isabel de Inglaterra. Hasta tal punto llega el frenesí por los símbolos, las banderas y el boato que atrabiliarios políticos españoles como Díaz Ayuso decretan luto oficial por la reina extranjera en la Comunidad de Madrid; eso sí, luto de una sola bandera a media asta, la estrellada de Madrid. La monarca británica, convertida desde hace medio siglo en enorme símbolo pop, regala su penúltimo y extraordinario favor patriótico mostrando al mundo su reino en decadencia como si fuera un Camelot feliz, rico y despreocupado. De nuevo, el oropel de la ficción a la conquista de las emociones más prosaicas de los hombres y mujeres.

No queda aquí la descompostura de nuestros días. De un día para otro, o sea, las horas que van del sábado al domingo pasados, resultó que el ojo de las vanguardias guerreras de Ucrania (y antes las lentes del satélite) descubrían que no tenían enemigo a las puertas ni a la vista; el ejército ruso se evaporó, había huido con tanta prisa y tan lejos que dejaba un espacio indefenso como la provincia de Gerona entre ambos contendientes. ¿Era previsible algo parecido? ¡No! Rotundamente no. Pero ocurrió. Todo parecía tan felizmente irreal (humo funerario británico) que el presidente Zelenski hubo de acudir de manera apresurada hasta los confines de los nuevos límites donde se situó el frente de guerra, para que se visualizara su victoria y la estampida rusa, también llamada ‘repliegue táctico’ por las autoridades de Moscú.

Y, en tanto la monarquía británica lucía en el mundo “como una fuga de la realidad”, en palabras de Martin Amis; y los ucranianos se esforzaban por hacer visible una victoria fantasma, escuchábamos un discurso en el Parlamento Europeo de Von der Leyen que decía lo siguiente, según leemos en El Confidencial: “En los tiempos en que vivimos no puede ser que algunos obtengan unos beneficios extraordinarios y sin precedentes gracias a la guerra y a costa de los consumidores. En estos momentos, los beneficios deben compartirse y canalizarse hacia quienes más lo necesitan” ¿Cómo? La presidenta de la Comisión Europea, conservadora, convencional y comedida, se pronuncia con la determinación de un socialista convencido. ¿Qué dirán sus correligionarios en Francia, Holanda, Austria o España? La penúltima propuesta más sonada de PP en esta materia, mientras, refería que nuestro Parlamento aprobara la devolución hasta el 40% de las facturas de la luz a aquellas familias que ahorraran consumo. Claro que la inmensa mayoría de hogares ha llegado a duplicar y triplicar el gasto; solo quedan fuera de la norma aquellos que pueden permitírselo y, claro, se les premia. Nuestra derecha ha ido más allá de los eslóganes con que bombardeaba el tardofranquismo en la crisis del petróleo de los setenta: “Aunque usted pueda, España no puede”. Ahora ese esfuerzo habría que remunerarlo.

 

«China se platea eliminar a toda una especie animal».

 

El último caso, casi un soponcio parece, nos llega de China. El país de la dictadura tecnológica más avanzada del mundo, ese inmenso territorio en el que casi 1.500 millones de individuos, con sus vivas y penas, están a buen recaudo del algoritmo de vigilancia, se debate “la idoneidad de eliminar globalmente a los mosquitos. ¡Toma ya! Este sí que es el sueño último de un dictador: arrasar con el Todo que se le resiste, estorba o le hace frente. Informa también, aunque el gobierno chino lo niegue, que ha fracasado en su lucha tan salvaje como absurda contra el bicho de la covid. Millones de millones, y hasta trillones, de horas de confinamiento y el virus les continúa haciendo tararí. Así que no soportando tan ofensiva resistencia, se platean eliminar nada más y nada menos que a toda una especie animal y sitúan al hombre en el mismo nivel destructor que el universo cuando se encabrita. Si una lluvia de fuego y humo acabó con los diplodocus en la Tierra, por qué China no puede exterminar a los insignificantes mosquitos. Mao ya intentó acabar con los gorriones, pero mientras se empeñaba en retorcer el cuello a nuestro pájaro más común, las plagas de pulgas se comían a su pueblo.

Así vamos. A lo grande. Todo ya. Si puedo hablar desde el restaurante de Búfalo con mi abuela que está en Chengdu, ¿cómo no va a ser posible cargarse a todos los mosquitos no solo de China, sino de todo el mundo? Línea de pensamiento, dicho sea de paso, que podría estar rozando la sesera de Zelenski: “Venceré a Putin”. O a algunos ingleses transportados, que creen estar viendo marchar a sus luminosos ejércitos por las calles de Calcuta al ver por televisión desfilar marcial a un joven soldado enjuto y moreno tocado con salacot impoluto. De las derechas españolas mejor no hablar ahora, siempre fueron Mister Hyde y doctor Jekyll.

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.