Bandera de navidad

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Decenas de años después, llama la atención que la derecha española – también otras muchas en diferentes países donde Caín y Abel se dieron con las mocarras en algún tiempo – mantiene en tiritona al gobierno en el que no manda, con acusaciones y campañas a las que ninguna mente lógica daría mayor importancia. Ahora, el ogro que se sienta en la Moncloa (y decide) se llama Bildu, de la misma forma que ayer lo fue (y puede serlo mañana) el separatismo catalán y, no hace tanto tiempo, ETA (Josu Ternera marcaba el ritmo).

Esos absurdos obscenos continúan teniendo gancho entre los seguidores más aguerridos de la derecha, y los dejan pasar con fina cintura muchos otros que no se lo creen. No acaban de agotarse nunca los demonios. En temporadas como la presente: gobierno de coalición de izquierdas, cambio de era, zozobra y crisis múltiples, incluso ganan prestigio y proyección. Muy pocos saben en realidad qué es Bildu, más allá de un partido de la izquierda separatista vasca contaminado por ETA, pero llega con todo el tufo de El Maligno que despedía el viejo marxismo y el azufre con el que se bañaba La Pasionaria.

Décadas de monsergas, largos años de mentiras y odio. Como si la guerra (la civil, la única guerra que en el mundo ha habido) continuara tronando o, mejor, como si no la pudieran perder nunca por los siglos de los siglos, amén. De la boca de la derecha –algunas de sus personalidades aparte, algunas etapas aparte – no han desaparecido nunca en democracia palabras o frases rodadas desde la dictadura para descalificar al adversario (enemigo político), al socialista normalmente. Pero este y la mayoría de españoles – exabruptos aparte de algunos de ellos – hace tiempo que se olvidó de aquella guerra, aquella represión y aquella bandera del águila; con la Transición política, la Constitución y nuestra inclusión en el Occidente democrático, se acabó todo aquello: adiós a las banderas de nuestros abuelos, territorio para historiadores y memorialistas.

 

“La bandera llega a las luces callejeras de navidad”.

 

Pero no ha sido posible: la patria y su bandera rojigualda permanecen para los vencedores con las cuernas en punta de los toros de Guisando. Patria, palabra que viene del lugar donde en la antigüedad se enterraba al padre, que luego acoge al territorio donde nace y muere y, al cabo, es la nación que hay que conquistar o defender a sangre y fuego. Y la bandera, que es el símbolo de tamañas proezas.

Ahora, el alcalde popular de Madrid ha dispuesto enormes lienzos lumínicos de navidad con los colores de nuestra bandera; de la misma forma que hace siglos militares y ministros engalanan tantas imágenes de vírgenes y cristos con la rojigualda. Ahora también llega a las luces callejeras de las fiestas de navidad. Si nuestra  bandera no tiene otra forma de crecer y extenderse que imponiéndola, nos debería preocupar. Así que veremos tirabuzones de rojigualdas cubriendo las vergüenzas del Niño de Belén.

Cómo apesta el nacionalismo cuando deja libre la tripa. Hace diecisiete o dieciocho años, Felipe González mantuvo una polémica con Aznar y Arzalluz a propósito de esta cuestión, y dijo (hablo de memoria): “Que cada uno de nosotros tiene su manera de sentirse español”. No nos dejan.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.