El virus nos reta

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Llegó el verano con su luz que quema todo mal, pero el coronavirus permanece entre nosotros como un duende invisible que solo da la cara cuando nos ha inflamado los pulmones. Es la encarnación misma de la traición. Ahora ya no son los partes diarios de bajas, altas y contagios que nos participaba ese hombre flacucho de cabello revuelto y voz de flauta rasposa, sino los brotes; no los brotes verdes que tanto ansían ver los ministros de Economía, sino los brotes color azul-oscuro-casi-negro de la enfermedad.

El coronavirus, ahora que la ciudadanía le ha tendido la muralla de la mascarilla y se cuida de tentarlo, se emplea a fondo con aquellos pobres trabajadores que se hacinan en los chamizos esclavistas destinados a quienes recogen fruta o manipulan mondongos; también de aquellos que la fuerza de su juventud les asegura que son inmunes al mirarse en el espejo y llegan a creer – entre risotadas de inconscientes – que este no es un país para viejos; los que urgen a que abra de par en par el comercio, los aeropuertos y las playas; aquellos, que remedando a un Trump de hojalata, priorizan la cadena de montaje en movimiento a la enfermedad y la muerte imponiendo que la economía (y sus beneficios) sean lo primero.

Nuestro país hizo decaer el estado de alarma (que a algunos ahogaba su libertad) el 21 de junio, y solo una semana más tarde bastantes pensaban, y hacían público, que igual habría que volverlo a imponer. ¿Pero cómo? El Gobierno templa gaitas, acelera todo lo que puede iniciativas para el crecimiento y asegura hasta donde puede el derrumbe del mercado laboral, mientras insiste en que se cumplan a rajatabla las medidas adoptadas y conocidas  por la inmensa mayoría que, en síntesis, se reducen a tres: mascarilla en todos los rostros, manos limpias y guardar unas distancias razonables entre unos y otros, o sea: higiene y nada de fiestas tumultuarias. No obstante, los brotes y contagios no cesan tanto en Huesca como en Málaga; en Bilbao o en Badajoz. Ocurre algo muy parecido en otros países de Europa; los brotes como las bichas de la Hidra se multiplican cuando nos divertimos o nos abandonamos.

 

«El virus permanece a nuestro lado».

 

Y traerán (ya evalúan el coste) graves consecuencias de no amainar. Porque aunque se circunscriban a una fábrica, o lleguen a cerrar ciudades y cerquen  solo comarcas, alarman a la mayoría, incluso la muy lejana. La exclamación de miedo será tremenda, no obstante,  si una mañana se nos dice en el informativo que se han puesto en cuarentena a todos los viajeros de un avión y su tripulación, o se cierra un hotel con 1.500 personas dentro. Entonces podremos creer que en todos los aviones o aeropuertos permanece vivo el bicho, y que en los hoteles resiste su hermano agazapado en las cañerías de fecales o bailando en las conducciones de aire acondicionado.

Tendemos a creer que declinada la alarma todos nuestros pasos son posibles, y no es así. El virus permanece a nuestro lado como un Dimon, aunque esperemos que no suceda como ocurrió con aquel otro enfermador imaginario y muy real que dejó en herencia a la población de Macondo la carga eterna de padecer insomnio por siempre jamás.

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.