Acidez de estómago

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Bullito tiene apenas dos años. Todavía va con paquete y duerme con pijamas de ositos. Recibe a todo el mundo con la sonrisa enorme de su boca empedrada de dientes blanquísimos, y te ofrece un bocado de pepinillos en vinagre. Acaba de tomar un biberón, pues se le nota una mancha fresca y blanca en el pecho. Pero no ha sido el postre, su último bocado del desayuno son dos pepinillos que lleva bien sujetos en la mano derecha y la aceituna gordal exagerada que agarra su mano izquierda.

A Bullito le van los alimentos ácidos. El mejor momento que cosechó con ocasión de su primer cumpleaños lo obtuvo rechupeteando durante largos minutos el medio limonazo que acompañaba al plato de rabas. Este niño ha nacido para devorar carnes rojas de todo el mundo, marisco, arroz integral y guisantes verdes; la cerveza, el vino y los fuertes licores. Y todas las frutas del bosque.

Pero no es un niño raro sino bastante corriente. España es un país de buenos vinagres y estómagos dispuestos para trabajar con la valentía del torero de miuras; para recibir a portagayola todo lo que ruede esófago abajo.  Los retortijones vendrán mucho más tarde; las primeras gastritis, luego, y tiempo después las úlceras en plenitud. Pero todo esto ocurrirá un lejano mañana cuando el Almax no sea suficiente para atemperar las moliendas imposibles del estómago.

Sé de lo que hablo. Desde niño supe que mi estómago no estaba preparado para combatir el ácido excesivo. Y bien que lo he sufrido. Porque un niño (y no digamos un adolescente) que no consiente con los encurtidos, la casquería y los primeros botellones, es sospechoso. Como poco se le tiene por un débil. Y ese calvario se sortea haciendo de tripas corazón tomando con un asco infinito el último zarajo que quedó.

Claro que nuestra dieta ha cambiado bastante. Algunos de los productos estrella para provecho de los estómagos premier se consumen bastante menos en los últimos años, aunque son pocos los que han desaparecido del todo. La casquería,  que fue situada en el rejú del mercado municipal, reaparece hoy rutilante de diversas formas. La carrillera incluso está de moda; y los callos nos llegan por barcos desde Argentina y Uruguay. Los riñones  de los más diversos bichos nunca abandonaron del todo los bares y muchos restaurantes; y se devoraría toda la carne de monte disponible de tener un precio asequible para la mayoría.

Seguimos bebiéndonos la mitad de la Mancha cada año, y en los supermercados del centro de las ciudades se abren espacios muy a mano para el disfrute del encurtido. El consumo de chocolate barato de marca de fabricante no deja de crecer y no digamos los quesos, trozo a trozo, y sobre todo perneando los trillones de pizzas o preñando las toneladas por miles de pastas que zampamos. Y no olvidemos la carne de cerdo y las cisternas de zumos procesados.

 

El sacrilegio del ceviche

 

Pero ojo, no se confundan, no soy de esos fundamentalistas que predican la abolición del alimento que produce acidez para ensalzar los otros alcalinos.  Esto, como tantos otros inciensos o admoniciones, tanto da, forma parte de la farsa de nuestro tiempo que no comparto. Necesitamos todos los alimentos, los alcalinos y los ácidos; lo que ocurre es que algunos tenemos unos estómagos menos feroces que otros. Por ejemplo, a mí me gusta el albariño, pero sólo una copa y ya; y los escabeches, pero no para trastearme medio kilo de boquerones en vinagre, con su aceite, su poquita agua, unas bolitas de pimienta y el rociado de laurel. Y es muy duro terminar una perdiz escabechada.

Disfruto, pues, de estos alimentos en pequeñas diócesis, pero no de todos. No me entran las aceitunas y transijo con dificultad con las alcaparras de la patria chica; y tampoco ¡oh, sacrilegio! soporto el ceviche, o mejor dicho, los ceviches que preparan en nuestro país decenas de restaurantes dizque peruanos. No me va el pescado con lima, y es una lástima, porque cuando este cítrico está lejos de él no existe alguno que no me guste. Sin embargo, los expertos aseguran que el éxito de la cocina peruana popular en España se debe en gran parte a su reclamo ácido y frutal. Ello habla bien de los estómagos españoles, primos hermanos de la cuba hormigonera.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.