Una película infinita

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Leo estos días la autobiografía de Woody Allen, que titula “A propósito de nada”,  y en agosto hice lo propio con el libro de Irene Vallejo, El Infinito en un Junco. Y entre uno y otro, buceo en un río poético de tantas mujeres andaluzas: “Y aquí estamos ahora / sobre la escombrera de un presente”, escribe Josefa Parra. He tenido bastante suerte este verano porque se trata de dos libros disfrutados con ritmo lírico, que avientan mucho más que palabras hermosas, sabrosas ideas, condimentos y grandes sensaciones para el paladar intelectual.

Los textos de Irene Vallejo son la emoción. Esta mujer escribe con la palpitación de quien ama la materia con la que construye sus palabras, esparce sus oraciones y erige los argumentos. Sus páginas son la esencia exquisita de miles de horas, días y años de rebusca y hallazgos en bibliotecas, la mesa paciente de trabajo, el periódico de cada mañana, el cine, el teatro… la vida intelectual prendida siempre. Se nota que mucho de lo que ha percibido, tocado o digerido y nos entrega ha terminado por amarlo o, en todo caso, lo respeta, porque nos lo ofrece con la devoción del mejor cocinero y la cofia reluciente de la camarera más aplicada.

Su manera de traernos el mundo clásico, su experiencia en el trato con él y las gemas de sus hallazgos resultan tan modernas y atrevidas que a algunos se les puede antojar una liviana revolución. Porque recordarnos en este tiempo sin luz que tenemos algunos gramos de Pericles en nuestro ADN, otro tanto de Solón; una pizca de Aristófanes, rasgos de Esquilo y que con Homero y la Ilíada – que antes fue un canto oral – comenzó la historia que aún nos aloja en su camarote. No deja de ser una rareza, o mejor, una extravagancia hoy.

Pero “El Infinito en un Junco”, o la historia del libro contada con el ritmo del corazón apacible de un bebé, ha resultado ser todo un éxito precisamente, o quizás por ello, cuando nuestro tiempo no tiene más densidad que el chispazo de un tuit.

 

«Más de 400 páginas de película que llega hasta tus ojos».

 

El libro de Woody Allen es un texto voluminoso no menos sorprendente. Aunque lo más extraordinario no es su preciosa escritura, y mucho menos las relevaciones sobre las acusaciones morbosas que se mantienen sobre el cómico, sino que te introduce página a página de tal manera en la jungla chistosa y hasta descacharrante de sus comedias, que eres durante horas más espectador de su cine que lector de sus memorias.

Son más de 400 páginas de película que llega hasta tus ojos y te conduce por los meandros de sus neuras hasta las entrañas de su obra enorme e irrepetible. Leyendo este libro fantástico circulas mojado hasta el pecho por todo su trabajo. Eres otro Zelig que comprendes de repente por qué no dejaste de ver ninguna de las decenas de películas, mejores y peores, que se han estrenado en España.

Te da las claves para entender por qué es más escritor de chistes, esqueches y comedia que director de cine, y que su personalidad es tan frondosa y arrolladora que no necesita acudir a la ficción para ser el mago del enredo y el artificio pues, en realidad, él no es otra cosa que la ficción, la  recreación ininterrumpida de su propia persona.

 

«Dos libros que te conducen hasta el mundo civilizado y crítico».

 

Woody te puede cansar (la inteligencia excesiva a veces marea) pero no te hartas nunca de él porque es el desborde mágico del mundo que ha vivido y que, de alguna manera, nos alcanza a todos. Es una mente particularísima que bucea con la luminosidad del rayo en las tripas de la vida, para devolvérnosla entre chanzas de un neurótico asustado e incansable. También descubres por qué maravilló a la Norteamérica de Nueva York y la Costa Este y a la Europa que lee filosofía, a Kafka y se ríe al mismo tiempo de sus gustos.

Cuando se dedicaba a escenificar chistes e interpretaba esqueches en las mejores saleas de USA, obtuvo críticas elogiosísimas, aunque a los pocos días de los estrenos no llenaba los auditorios: “que poco a poco los iban ocupando de macetas”. Ocurre igual con su cine después. Obtiene diez o doce triunfos y decenas de películas que las llama muy pronto el silencio. Pero él no dejará de filmar mientras haya alguien que las financie. “Cobro poco”, dice.

Dos libros, en fin, que te conducen con la mano de la  inteligencia y el humor hasta el mundo civilizado y crítico que viene ardiendo, o que nos recuerdan que nuestra sensibilidad cultural se vino cultivando siglo tras siglo gracias a las diferentes formas que encontró la palabra para quedar impresa y hacerse visible buscando permanecer. Hoy las palabras son más centelleos que otra cosa.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Cerrar

Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.