La mala reputación

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Georges Brassens – el cantante poeta francés que nos dejó una montaña de vinilos en los que sonaba la vida sin hojarasca: saliva y poema; pobreza y opresión, y la necesidad tanto de protestar como de amar siempre y en cualquier circunstancia – logró que entre su torrente de canciones prendiera una sobre las demás: La mala reputación. Cuenta que a la gente no le gusta que cada uno tenga su propia fe, que al diferente todos le miran mal, menos los ciegos, como es natural.

La reputación, antes y después de Brassens, es algo muy serio, casi tan importante como el dinero o el éxito; más que la fama y, en ocasiones, tan definitiva como el incendio o la plaga.

Los últimos años de Occidente son tiempos de creciente mala reputación. Se empezó por mirar mal a los políticos y los grandes empresarios, y concluimos, tras la crisis económica, que extendemos el rechazo a los partidos y discursos de los primeros, y las empresas y marcas de los últimos. Aunque no falten razones, sospechamos de casi todo aquel que se acerca a nosotros buscando nuestra atención al creer que trata de encandilarnos para meternos la mano en el bolsillo con mayor facilidad.

Así, todos los partidos tradicionales – y los que en absoluto lo son – se derriten, y recelamos de bancos, industrias y comercios que hasta hace bien poco identificábamos con el éxito. Buscamos calcinar con nuestras palabras rugientes y los ojos en llamas a bancos y energéticas, por ejemplo, y no digamos a las inmobiliarias. Pero no son los únicos. La empresa alimentaria, ese vasto mundo que va desde la semilla de la patata al filete que comemos en el restaurante, tiene también un problema de reputación creciente.

 

Recelo y desconfianza

 

Llueven sobre la cadena alimentaria miles de preguntas, no todas desatinadas, y acusaciones como rayos que van del maltrato dado a los animales que nos alimentan, los pesticidas utilizados y sus efectos para nuestra salud, las bebidas azucaradas y los alimentos grasos, las golosinas, el fraude, el plástico… El alud de sospechas más voluminoso de las últimas décadas en el tiempo histórico que más seguridad alimentaria existe.

¿Por qué? Nadie en este sector encuentra la respuesta, sólo tiene sospechas, como el contrario. Y ni siquiera el dueño de la furia que acusa a través de la red conoce siempre el origen de su repulsa. Gritan: “Nos roban, nos engañan, nos envenenan”.  ¿Por qué? ¿En qué productos? ¿Quiénes son las tiendas bandoleras? La mal reputada industria alimentaria, tan confusa como ofuscada, trata de ofrecer respuestas apelando a la ciencia (no siempre con transparencia),  y a las administraciones públicas. Pero el recelo y la desconfianza no disminuyen.

Debatimos en numerosas ocasiones sobre el imposible tapiz que enfrenta a ciencia y creencia. Porque, por ejemplo, el 40% de los franceses cree que las vacunas son nocivas, cuando es científicamente palmario lo contrario. Porque la mayoría de europeos sostiene que el azúcar es dañino, cuando la miel y la fruta acompañan al hombre desde que se hizo erectus. Y algunos intentan disfrazar tanta superstición como si hubieran encontrado la arena de la playa bajo los adoquines de París.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.