El Canapé No Muere

Teresa Muñiz. Hondeo. Óleo sobre tela 160 cm x 130 cm. Año 1991
Fotografía: Teresa Muñiz. Hondeo. Óleo sobre tela 160 cm x 130 cm. Año 1991

 

Teresa Muñiz. Hondeo. Óleo sobre tela 160 cm x 130 cm. Año 1991
Teresa Muñiz. Hondeo. Óleo sobre tela 160 cm x 130 cm. Año 1991

Pongámonos en situación. Miércoles 6 de marzo. Ocho de la tarde. Casino de Madrid, ahí es nada. Presentación del libro de Memorias de Enrique Barón, «Más Europa, ¡unida!», Premio Gaziel de biografías y memorias 2012, editado por RBA. La fundación de esta editorial de campanillas, junto la fundación Conde de Barcelona, es decir, La Vanguardia, patrocinan e impulsan el evento dedicándole todo el interés del mundo.

Las expectativas, pues, altísimas. Si se tratara de una película solo podría ser de Almodóvar, si una corrida de Toros, solo José Tomás llenaría el cartel. Además, el acto cultural venía atufadillo de algo de morbo y ciertas extrañezas. ¿Qué hace una editorial catalana presentando un libro en Madrid con el boato propio de un Nadal, pongamos por caso?. ¿No es Barcelona, su casa, la ciudad del libro por excelencia?. ¿Qué se les ha perdido a los señores Ricardo Rodrigo y al Conde de Godó en el Casino de Madrid, ese palacio burgués bañado por el simbolismo de sus frescos y centro natural del más acendrado conservadurismo español y madrileñista por excelencia (para más información preguntar a Esperanza Aguirre)?.

Como suele ser habitual en estos casos, el acontecimiento pasó y nadie acudió para responder a tantos cabildeos. Allí acudieron 300 personas todas notables, faltaría más, y algunas de ellas, además, influyentes. Pero la mayoría, si exceptuamos camareros/as, personal implicado en el desarrollo del acto y algún periodista, sobrevolaba la edad de jubilación o bailaba con ella. Claro que la cosa iba de memorias y ya se sabe; pero también iba de editores catalanes y de catalanismo, y por ese registro no debieron resultar bien las cosas. Claro que esto es material para otra canción. En realidad esta crónica mundana viene a hacerse eco de aquello que vino luego de la presentación del libro de Barón por medio de la entrevista (entretenida) que le hiciera para todos la colega Monserrat Domínguez. Me refiero al cóctel. Punto y aparte.

Verán. Lo que allí sucedió fue memorable, pues desde 2008 hasta ese preciso momento de 6 de marzo de 2013 nunca nadie ofreció gratis en Madrid un cóctel tan surtido, largo e inesperado como el otorgado por los ilustres editores de Enrique Barón. ¡Qué despliegue de canapés!. Cuando al poco ya nos habían ofrecido hasta una veintena de propuestas culinarias empecé a entender el porqué del desembarque catalán. ¡Querían agradar!, ¡buscaban de nuevo buen rollito con Madrid después de tantos desencuentros a propósito del derecho a decidir!.

Qué majos y qué inocentes, es imposible congraciarse con los madrileños a base de canapés y vinos incluso aceptables. Y menos aún si la propuesta que se trae, después de cinco años de sequía, es la misma que nos abandonó cuando los campanarios dieron noticia de la muerte del ladrillo. Llegaron las mismas pijaditas recalentadas y grasientas, las mismas estampas de bocatines esponjosos y saludables en apariencia; el queso impregnado en mil propuestas, el langostino entrenado para dar el salto nada más que alguien abriera la boca; esa empanadilla, laureada con 245 recetas, que se queda siempre en un mismo sabor; el boquerón, el salmón ensartado, ese tomatito que estalla en la boca y te convierte el paladar en una botica.

La insistencia de la agradable camarera que se multiplica y hasta te hace ojitos para que la liberes de peso y ese «amigo» que aguanta hasta que te reblandezca el vino para pegarte el sablazo. O sea, un cóctel como los de siempre. O sea, que la crisis no nos ha enseñado nada. Pensaba yo, tonto de mí, que esta penuria de años acabaría con los carnavales de grasas saturadas y empresas de catering a lo Diego Corrientes. Pero observo que no. Ahí están. Persisten. Insisten. Acechan. Soñaba que así que se alejara la moribunda de estos años de ayuno y penitencia, nos recibiría la sobriedad y la elegancia de esos catalanes alternativos y muy creativos que llegaron a Madrid en los primeros ochenta. Sus celebraciones se cerraban con cava y jamón. Y aquel que deseara algo más se le ofrecía agua o similar. Los actos acaban en un bar próximo concertado. En alguna de esas aventuras culturales fuera de hora tomé un pincho de morro en un bar de la calle de El Laurel de Logroño. Nunca me atrevería a censurar ese bocado por su grasa.

P.D.- Del libro de Enrique Barón daré cuenta en otro momento.

TERESA MUÑIZ es asturiana pero hecha en Madrid, donde estudio en la Escuela de Bellas Artes de San Fernado, y vive. Crea y enseña pintura desde siempre. La abstración, el color, la determinación y el misterio son los puntales de su obra. Admira algunas de sus pinturas en su web.

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2 comentarios en “El Canapé No Muere”

  1. MUCHA COÑA NOS TRAEMOS, PEPE, A COSTA DE LA JALA. EL OTRO DIA LAS ALCACHOFAS, HOY LOS CANAPÉS, CON ECOS DE RELACIONES A OTRAS «DISCIPLINAS» (POLÍTICO-CULTURALES) MUY DIVERTIDO, CON EL HUMOR DE POR MEDIO… A VER CUÁNDO HABLAMOS DE OTROS BOCADOS COMO EL PPITO DE TERNERA, O DE LOS FILETES DE SOLOMILLO DE ALGÚN CERDETE, Y …

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.