Cadáveres sin velatorio

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Por sorpresa, de un día para otro, desde la intervención una tarde del presidente del Gobierno en televisión anunciando que había dispuesto decretar el Estado de Alarma en España, todo cambió; el mundo que hasta ese momento percibíamos y sentíamos pasó página, nuevo capítulo acaso; otro cuento en la secuencia de relatos que es la historia de los pueblos y las naciones. O puede que sea un punto de inflexión necesario que ayude a hacer posible ese golpe de timón para hacernos a todos siervos (o víctimas) de un nuevo poder que quiere ser definitivo y sin duda tiránico.

A cualquier hora de la tarde de cualquiera de los últimos diez días, cuando salimos a la calle a comprar alimentos o pasear el perro, observamos con enorme sorpresa, temor o angustia (tome cada cual la emoción que más le cuadre) que la calle ya no es tu calle, ni los árboles los mismos; la acera está más limpia y el total silencio llega salpicado de ruidos imaginarios. Solo camina a su paso la naturaleza inconsciente y el gorrión que atiende a la primavera en celo. No es la calle de un día 12 de agosto, ni la madrugada de invierno que nos acogió un día sin norte. Es una vía nueva muy reciente, parida solo ayer.

Cuando has paseado varias veces al perro, empiezas e entender la razón de un paisaje tan desconocido, ni irreal ni abstracto: otro diferente. Falta nuestra presencia, todas las personas del mundo paseando, hablando o fumando; sus voces, el ruido del automóvil, la terraza tan presente y la boca del metro, esa garganta que nos transporta por toda la ciudad.

Pero ahora no podemos movernos. Apresados en casa, hacemos lo que a cada uno se nos alcanza o podemos. Otra vida, una manera inédita de estar en el mundo. Porque no ha caído sobre nosotros la guerra que nos permite salir al aire unas horas o unos días entre bombardeos y arengas, o sobrevenido  el desastre natural con sus tiempos de angustia y llanto (dura realidad) predecibles, no: vivimos en un arresto domiciliario por tiempo indefinido con el policía atento en la calle por si acaso decidimos burlar las normas.

Nuestra tentación mediterránea nos lanza a la calle, necesitamos toqueteos y besos entre confidencias, bromas y veras;  es más que costumbre, cultura ancestral. ¿Qué podemos hacer en esta situación? Solo los más ingeniosos, mentalmente fuertes o resistentes, aguantan sin excesivas mellas. ¿Y el resto, la gran mayoría? El tiempo dirá. Los psicólogos y sociólogos sociales no aventuran, solo balbucean conclusiones de experiencias anteriores en las que encuentran similitudes.

 

«No dar un entierro decente a nuestro ser amado abrasa».

 

La malicia del virus, la dañina mortalidad que nos trae, viene haciendo estragos enormes. Decenas de miles de enfermos y millares de muertos. La pandemia tomó a Europa desprevenida; con magníficos hospitales, sí, pero solo preparados para el día a día de nuestra mala salud. La urgencia de la epidemia los ha desarbolado en pocos días; las urgencias colapsadas, las UCI saturadas; sin mascarillas, guantes y otros pertrechos de protección. Enseres sencillos, sí; baratos, también; material de chinos. Pero ha resultado que son vitales. Otra paradoja de este tiempo: lo depreciado se convierte en oro de un momento a otro.

Así que los fallecidos aumentan con alarma. Días ha habido en que la fría estadística numérica ha registrado más de 500 en España. ¿Y qué se percibe cuando una persona acaba de morir en el torbellino de esta epidemia imprevista y descomunal para nuestros hábitos? Imaginamos en las víctimas un ardiente pavor en la garganta hasta que se entregan a la guadaña; un sufrimiento indecible entre sus familiares; y en el ánimo de amigos, la congestión más turbadora sentida nunca en el último medio siglo.

Para un español – y en general, para todo ser humano – compartir los últimos días y horas con el ser amado, atenderle, besarle y proporcionarle un entierro decente es uno de nuestros imperativos humanos inalienables. Por el contrario, no poder compartir con él ese tiempo final de agonía es probablemente uno de esos dolores que no aplaca el tiempo que dura una vida. Ese desgarro enorme abrasa a decenas de miles de personas estos días últimos. Cuántas preguntas sin respuesta, cuántas maldiciones desesperadas, cuántas lágrimas.

 

«Los mercados ven tambalear su negocio».

 

Para el resto de ciudadanos que tiene la dicha de no haber sido tocados por la parca invisible que ahoga hasta matar, sin embargo, esa realidad solo es presentida, no les roza la frente. Como escribe el filosofo coreano Byung-Chul Han: “La digitalización elimina la realidad”. Porque la realidad solo es experimentada al forcejear con ella; cuando la combates o disfrutas. “La cultura del “me gusta” nos ha ido alejando de la realidad». Y es por ello – continuamos con Byung-Chul Han: “La violencia y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad”.

Así que bien pudiéramos haber entrado la mayoría en pánico, empezando por los mercados, esos mezquinos defensores de las no reglas cuando les va bien, que levantan cuchillos afilados hasta el cuello de sus amigos en los gobiernos del mundo al ver tambalear su negocio. También a ciertos políticos les escuece la ardiente realidad y huyen de ella abrasando el terreno que dominan en su loca carrera.

Es el caso de nuestros populares cuando exigen el cierre de toda actividad económica en España. Se supone que tal airada se cuece en las mismas ascuas que prendieron el pensamiento de Cristóbal Montoro cuando un día en tiempo de gobierno socialista afirmó que si se hundía la economía española ya llegarían ellos al Gobierno para salvarla. Y esos otros, Trump o Bolsonaro, que atentos únicamente a sus intereses políticos y/o electorales (y a su mesianismo), desprecian este coronavirus de muerte al que igualan a una gripe más.

No todos son así. En Europa, al menos, algunos líderes – y el sentir mayoritario de sus ciudadanos – no se lo toman de la misma manera. Merkel define el mal del momento como lo peor que nos ocurre desde la II Guerra Mundial y se aviene a buscar remedio, como el francés Macron o el propio presidente Pedro Sánchez.  Y no hablemos de Giuseppe Conte, la estampa mas dolorida de un político comprometido por detener una catástrofe.

Por ello, reconforta leer artículos como el publicado el pasado martes 24, en El País, por el profesor Víctor Lapuente. “España esta tensa, desde la Moncloa hasta el pueblo más remoto de la meseta. Esto saca lo mejor de nosotros”.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Cerrar

Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.