Agua en la mesa

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Bebemos muy poca agua del grifo,  la tomamos embotellada o son otros mil líquidos los que nos la secuestran. Pero “el agua siempre nos inunda, sobre todo en épocas de sequía”, como decía un periodista veterano y sentencioso en mi etapa de becario o similar. Se refería a que está tan presente en nuestras vidas, sin que lleguemos a reparar en ello, como el aire o el calor (el fuego, la temperatura…).

Nos toca de mil maneras y como consecuencia de innumerables azares. El riego más agradable que nos ha llegado de ella en las últimas fechas viene lanzado por el proyecto de Ley para la Promoción de una Vida Saludable y una Alimentación Equilibrada que acaba de enviar al Parlamento de Andalucía su gobierno.

Resulta que el texto legislativo (quién hubiera podido imaginar siquiera que llegaría un día en el que sería necesario aprobar una ley para que hubiera agua libre en los parques) sitúa al líquido elemento en la parte nuclear de las medidas clave que dispone. Pretende que llegue fácil y gratuitamente a todos los centros educativos, lugares públicos y lugares de ocio infantil en los que se permita la instalación de máquinas de refrescos. Pero también bares y restaurantes deberán servirla de forma natural.

Estamos ante una ley con un marcado sesgo de exigencia a la empresa alimentaria y de bebidas, sí, pero al tiempo con un destacado sello de salud y futuro, pues intenta reponer en el siglo XXI lo que fue costumbre en tiempo de los romanos: fuentes públicas y un vaso de agua para todo aquel que tenga sed. Parece un retroceso en el tiempo para avanzar en salud, el intento de corregir uno de los grandes errores de nuestra modernidad tan acelerada: pensar que lo de siempre era una rémora para avanzar.

Numerosas poblaciones de España, sobre todo en áreas rurales, vivieron hasta hace pocas décadas dependientes de los veneros que derramaban en sus fuentes y pozos. Pero fueron abruptamente cegados con la llegada de las traídas de agua potable. En pocos años desaparecieron las fuentes públicas de la gran mayoría de nuestros pueblos y ciudades (igual que se clausuraron los servicios  públicos de nuestras calles), y también de innumerables plazas, jardines y parques donde juegan, retozan, sudan y acaban exhaustos y fritos de sed tantos niños y jóvenes.

Con la ausencia del agua, remedando a Javier Marías, “empieza todo lo malo”. A medida que se desnucan las fuentes públicas, las casas se llenan de frigoríficos y éstos se atestan de refrescos y cervezas. Por las calles resecas comienzan a pasear (pronto serán legiones) microbotellines plásticos llenos de agua muy llevaderos y cómodos, aunque mil veces más caros (no es exageración) que el agua del grifo e igual de saludables que ella.

 

No se ve un tirillas

 

Pronto, un rápido crecimiento de rentas en las clases populares y medias llenan las casas de Game Boys; de PlayStations muy poco después y, sin interrupción, luego de ordenadores, Internet y la plaga de videojuegos que conseguirán hacer tan sedentarios a nuestros niños que la grasa y las mil chichas les entierran los ojos. En pocos lustros casi no se ve a un tirillas a fuerza de machacarse en la calle, y mucho menos un chavalote que conozca el agua y sus méritos.

Este proyecto, muy criticado por las grandes empresas de alimentación y bebidas pues llama la atención sobre el abuso de grasa, sal, azúcar y la presión publicitaria sospechosa y abusiva, tiene, sin embargo, un problema más difícil de lidiar y en el que quizás no se haya reparado lo suficiente: ¿Le gusta el agua a nuestros chicos hoy? O dicho de manera más cruda: ¿La preferirán frente a los refrescos tan a mano y gustosos? Sospecho que no. Igual habrá que insistir en esta materia en prácticas parecidas a las se empeñan la mayoría de madres y padres para hacer que los peques tomen verduras.

En todo caso, celebremos que al menos en Andalucía se obligan a servir agua del grifo en bares y restaurantes y que en los desayunos de todas las barras de la tierra de Tartesos el camarero pondrá medio vaso largo de agua fresquita junto al café y la tostada. Vamos, como en la ciudad de Sevilla se hace desde siempre.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

Artículos relacionados

Un comentario en “Agua en la mesa”

  1. Pepe, con este tema, en mi forma de ver, abres un melón que nos toca a todos, los profesionales de la comunicación, que son los que con sus ruidos a veces hacen pensar a los políticos, los ayuntamiento, que inauguran el parque, donde siempre hay una fuentes muy bonitas, pero que a los 15 días están inutilizadas, esos jóvenes concejales, que deben pensar en inundar nuestras ciudades y pueblos con fuentes, por supuesto, cuidadas; adelante con esta idea hablemos de ello.
    Siempre con tus buenas ideas. Un abrazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Cerrar

Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.