¡Nos espían, qué risa!

Viñeta de El Roto publicada en El País el pasado 28 de octubre 2013
Fotografía: Viñeta de El Roto publicada en El País el pasado 28 de octubre 2013
Viñeta de El Roto publicada en El País el pasado 28 de octubre 2013
Viñeta de El Roto publicada en El País del 28-10- 2013

Las noticias sobre oleadas de espionaje masivo perpetrado por la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana (NSA) en colaboración, o no, con servicios secretos de otros países, crecen en alarma de forma geométrica las últimas semanas, pero a la mayoría les trae al pairo. En España, al menos, el episodio que más ha atrapado la atención de nuestro ojo ha sido el espionaje realizado de forma sistemática sobre Angela Merkel durante una década. Y a renglón seguido la reflexión (?) consiguiente: si no has sido espiado por el NSA no eres nadie. O sea, que Rajoy no es nadie, ni Rubalcaba, ni Aznar, ¿ ni el rey?.

Todo nos dice que nuestras sociedades «han madurado tanto» que trivializan lo intocable hasta ayer. La teoría de la pensadora alemana Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, que ha arrastrado una polémica durante medio siglo, hoy pasaría desapercibida o quizás ni siquiera hubiera tenido editor que la publicara por inocua. Ocurre igual con el sagrado mandamiento del matrimonio. Los ideólogos, y sus políticos ejecutores, que se desgañitaban clamando por que el divorciado/a quedara extramuros de la sociedad, facilitan ahora el esposorio con solo rellenar un formulario que enviarán por Internet, previo pago de un puñado de euros, eso sí. Hay jueces tan livianos y guays que no ven presunción de delito en el descerraje de un ordenador cargado de enorme memoria sobre un caso de corrupción morrocotudo como es el que marida al PP con Bárcenas. Sí, todo lo que nos parecía consistente, parafraseando a Muñoz Molina, se diluye, se derrite, de evapora, deja de tener valor, interesa poco.

Algunos pensadores, quizás apresurados, apuntan que nuestro tiempo de codicia va mucho más allá del vapuleo al Estado de bienestar y el descoser la piel de nuestra democracia. Se estaría apuntando con mangueras de sulfúrico a la peana misma sobre la que se edificó nuestra moderna sociedad occidental: el individuo. Sin intimidad y capacidad para ser libres, ¿qué somos?. Ni el espía, ni el que le manda barrer palabras y datos hasta sus ordenadores lo saben. Pero, de momento, les vale.

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