Umberto Eco

Umberto Eco
Fotografía: Umberto Eco
Umberto Eco
Umberto Eco

Ha muerto Umberto Eco. Casi no me lo puedo creer. Para los periodistas de mi generación es el intelectual europeo que nunca defraudó. Hasta ayer mismo deslumbraba con «Número Cero», una crítica feroz e irónica sobre el mundo de los medios de comunicación de hoy que atropellan más que iluminan. Anota la crónica periodística que llega de Roma que su última aventura intelectual fue crear una editorial llamada La Nave de Teseo, esa barcaza mitológica que nunca nadie supo si dejó de ser la misma cuando le cambiaron todas sus piezas originales por otras nuevas.

El diario italiano La Repubblica amanecía anteayer, sábado, rotulando en su portada que «Murió el hombre que lo sabía todo». Es una exageración, claro, aunque no es una frase del todo incierta. Eco siempre deja algo para retener en todos y cada uno de sus libros, conferencias, artículos, entrevistas… Somos innumerables los españoles que hemos leído casi todo lo que se ha editado aquí en español del semiólogo nacido en Alessandria en 1932, porque sus ríos de páginas siempre están repletos de nutrientes. Desde «Apocalípticos e Integrados» (el libro que leía todo aquel que aspirara a ser periodista) hasta «Número Cero», la mano de su palabra y la brillantez de su talento tan claro nos han ido introduciendo en las cuevas de nuestro mundo de masas, primero para mostrarlo en su desmesura y complejidad y, después, para despiezarlo hasta que pudiéramos reconocer sus miembros.

Toda lectura de Eco deja algunas certezas y numerosas dudas, y son estas últimas las más adictivas. Poseedor de una enorme cultura y una curiosidad aún superior, siempre conduce su pensamiento hasta un abismo en cuyo límite hay que detenerse  y pensar -el tiempo que sea necesario- hasta descubrir cómo lo vas superar.

Claro que, hombre de nuestro tiempo, va poco a poco acumulando algunas certezas. La principal es que el hombre moderno, racional y democrático, siempre debe estar atento para combatir la superstición y toda clase de supercherías y, la segunda, que la aventura del hombre por esta tierra merece la pena si se guía afanado en la búsqueda de la felicidad y disfruta consumiendo belleza. Uno de sus libros, «La Belleza»,  me acompaña desde hace años; en él, Eco demuestra que el canon de belleza varía con el tiempo, las geografías y la historia, aunque casi siempre se sustenta en el equilibrio de las formas.

Pero este libro hermosísimo de estampas incontestables le retrata con mayor precisión que ninguna otra publicación de su basta obra. Umberto Eco fue un humanista con una raíz clásica de la profundidad de un Montaigne al que el colorido y la volutas barrocas nunca engañaron,  aunque las utilizara en ocasiones para decorar su sólida arquitectura literaria. Y se adentró en los pantanos de la Edad Media  («El Nombre de la Rosa») para mostrar al mundo que la verdad absoluta es la peste.

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