Combatir la mentira o buscar la verdad

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Se confunde la búsqueda de la verdad con combatir la mentira o la desinformación. No es lo mismo. Buscar la verdad es el empeño más viejo y noble del hombre reflexivo, en tanto que combatir la mentira es intervenir en una guerra muy particular. El empeño por encontrar la verdad resulta tan quimérico que, hace siglos, los hombres se lo dejaron a religiones, reyes, y luego a los ideólogos. Los religiosos deciden sobre el bien (la verdad) y el mal (la mentira) y los gobiernos las convierten en leyes. Así que, este debate es uno de los grandes avisperos de la Historia: quién decide qué es la verdad y qué; qué se puede decir y publicar o qué no; quién puede hablar y quién no, y cuándo. Nadie salió vivo “queriendo proteger la verdad” desde un gobierno. Los que más experiencia tienen en estas lides son los anglosajones y siempre están en trifulcas por la cuestión.

El debate aparece y reaparece periódicamente como un Guadiana ponzoñoso. Ahora, estamos en uno de sus sarpullidos en España y, por qué no, en el mundo. Aunque el empeño más decidido parece estar en combatir la mentira. Desde siempre, el mundo y sus naciones anduvieron a palos con las patrañas y el bulo; contra la difamación y el escarnio de las personas y su ajuar de creencias. El combate tenía un ámbito reducido: la familia, o su clan, una barriada, un pueblo. Pero, cuando la imprenta se hace grande y el periódico llega en tren a las grandes poblaciones, los altavoces de la verdad y la mentira son escuchados por millones. Ahora irrumpe todo en un instante. El muecín, el sacerdote, el mitinero o el periodista se quedan en minucias. Lo cierto y la intoxicación se hacen universales, auténticas bombas de racimo que hieren a millones: pandemias infamantes.

La ponzoña que expande billones de troyanos infectando de desinformación y odio al mundo ha tocado a la manera de vivir y actuar en democracia; desequilibra los procesos electorales libres;  contribuye a romper a Estados y naciones e influye en la opinión pública hasta apartarla de todo lo que considerábamos razonable. Y, aquí entra nuestro gobierno, pretendiendo combatir el imperio del mal que ataca desde las redes con la punta de un pilum romano arropado de su escudo legionario. Como si el follaje de la selva nos pudiera proteger del napalm.

 

«Se debería presionar  a las fuentes de donde mana casi todo el lodo».

 

Un comunicado del Consejo de Ministros anuncia la puesta en marcha de un Procedimiento de Actuación contra la Desinformación en el que intervendrán “demasiadas autoridades competentes”, en opinión de la periodista Sol Gallego, que van desde los servicios secretos hasta el mismo presidente del Gobierno, pasando por las oficinas de comunicación y relación con medios de comunicación del Ejecutivo. Intervienen demasiados políticos y autoridades administrativas,  pero no se concreta en qué se empleará cada uno de ellos.

La iniciativa, puesta en marcha por el gobierno de Rajoy en secreto y, a lo que se ve, averiada como tantas de las suyas, viene a inspirarse en el Plan de Acción para la lucha contra la desinformación aprobado por el Consejo Europeo en 2018, que trataba de potenciar la cooperación entre los Estados miembros para hacer frente a las campañas de desinformación en tiempo de elecciones. El citado procedimiento parece ser, pues, la respuesta española para combatir esta grave amenaza que distorsiona las reglas del juego democrático y hasta su propia esencia.

De momento, su anuncio solo ha creado un nuevo conflicto político que, de no enmendar el tiro el Gobierno, puede ser quien domine la esfera mediática y política los próximos meses. Si de verdad se quiere plantar cara a la evidencia tóxica en las redes sociales, y más allá de ellas, se debería presionar con todo tipo de argumentos reales y legales a las fuentes de donde mana casi todo el lodo. Porque la misma Norteamérica de Trump, quién lo diría, cuando les aprieta fuerte y con fundamento, terminan por responder.

Sin irnos muy lejos, la pasada semana se leyó en eldiario.es que Twitter logra contener la tormenta de bulos de Trump; Facebook, la capea solo en parte; y YouTube naufraga ante la irrupción de Bannon”. Algo es algo, que es bastante. Pero queda casi todo por probar, como ir a la ruptura de los monopolios que construyen las grandes tecnológicas; obligarlas desde legislaciones y acuerdos transnacionales a que paguen tributos allí donde operan y obtienen  sus beneficios; fortalecer el periodismo profesional y el pluralismo informativo, como demandan numerosas organizaciones profesionales de informadores y editores, y hasta economistas e intelectuales, como la del catedrático Andrés Pedreño, que pide “que la UE desarrolle un impuesto que garantice la libertad de expresión y la supervivencia de los medios”. Sin irnos de España, también en estos días “se celebra” la ley que obliga a las plataformas como Netflix o HBO y otras a destinar el 5% de sus ingresos en España a obra europea.

Sí, gran cantidad de tareas a emprender antes de que el Gobierno aparezca combativo contra la desinformación desde instancias en las que, por ejemplo, no aparece lo que llamamos sociedad civil: jueces, periodistas y editores; ingenieros y expertos en ese mundo que nos daña, y sin el necesario andamiaje político y jurídico que impida o dificulte el crecimiento de la miasma de que Pedro Sánchez da un paso más en la construcción de  su dictadura creando el Ministerio de la Verdad.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.