A la calle con el bolsillo vacío

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Vivimos un tiempo a la carrera. Todo debemos hacerlo muy deprisa: me gusta, no me gusta; quiero o no quiero. Estas son las órdenes con  las que nos apremia el teléfono, el clic metálico del ordenador  y, sobre todo, la adrenalina que nos domina como un alma superior. Somos marionetas a demanda, portadoras de algunas habilidades técnicas y presas del “valor” de nuestro trabajo. Así que no tenemos ni un segundo para pensar en lo que estamos haciendo o nos piden; simplemente decimos sí o no dependiendo del peso del coscurro de pan que se nos ofrece.

Esta vampirización del tiempo (el verdadero maná de la nueva etapa del capitalismo), sin embargo, no solo se ceba con el trabajador normal o el último de la fila, alcanza a todos: a los que se dedican a gobernar, los escogidos que piensan y quienes se enriquecen en esta carrera sin sentido del mundo. Damos por bueno sin pensar todo aquello que nos dicen que puede ser negocio. Lo que se paga bien es la herramienta (aplicación, algoritmo…) que con mejor maña y rapidez obtiene el mayor y más rápido beneficio. Ahí está el éxito, ese es el invento premiado, el esfuerzo  imprescindible que, de inmediato, se convertirá en comunicación masiva y, pronto, en generosos dividendos.

Ocurre que a fuerza de tecnología, redes y marketing masivo “de lo que tiene éxito”,  aquellos con mayor desparpajo y habilidad  (y enseguida poder) se van quedando con todo, bien absorbiendo al que compitió con ellos, bien arruinando a aquel del que van a sacar poco provecho. Existen miles de ejemplos de éxitos y fracasos en estas operaciones abrasivas. Los primeros terminan por concretarse en enormes conglomerados empresariales dedicados principalmente, pero no solo, a la información, las finanzas, el comercio, el entretenimiento, la salud y la educación (la cultura es otro  valor que han introducido en el lavadero hasta que muy pronto quede sin sustancia), y los segundos son esos enormes trozos de mapas de nuestras naciones en los que solo crecen los desiguales.

 

«Ronchones rojizos en la barriga de miles de usuarios de tarjeta».

 

En las últimas semanas, asistimos a uno de estos episodios: los grandes de las finanzas que controlan las tarjetas de pago y otras aplicaciones con las que operar con solo el roce o una mirada (digamos que Visa o Mastercard a título de ejemplo) han decidido aprovechar la pandemia de la covid-19 para alertar de que el dinero en efectivo contaminante puede ser transmisor de ese virus de moda que, de manera tan eficiente, acaba con la vida de decenas de millares de personas. Así que asustan a todo el mundo, excepto al joven y el moderno que ya se habían olvidado del billete porque su faltriquera estaba tranquila y a buen resguardo en  el móvil. La cajera de tienda rezonga ante el billete y el ama de casa joven no quiere las vueltas en moneda. Nadie se detiene a pensar (no hay tiempo) en cómo se las apañará el abuelo que nunca tuvo tarjeta de crédito, y aquel otro – es verdad que raro – celoso de su intimidad.

La población dominante de la sociedad se sube al caballo desbocado del no efectivo sin que se le haya ocurrido pensar a dónde le lleva el despendolado corcel, pues le vale con la satisfacción y la comodidad que le da pagar alargando una tarjeta y mostrando una sonrisa. Claro que ya empezaron a  aflorar (y picar) numerosos ronchones rojizos en la barriga de decenas de miles de usuarios de tarjeta,  o similar, que al caerse la electricidad se quedan sin tarjeta; que cuando se desvanece Internet o se funde el datáfono, sucede lo mismo. También vienen escuchando que a fulanita y fulanito les vaciaron las cuentas, y a nuestra amiga Celia no le llegó a la clínica el ramo de flores que le envié. Claro que la inmensa mayoría desconoce – tampoco es necesario estar al tanto de todo – que los bancos centrales de todo el mundo están con la mosca detrás de la oreja, empiezan a preocuparse ante el acaparamiento excesivo en pocas centrales de pago de este servicio esencial en el mundo; que naciones más atrevidas como Suecia, intentan dar marcha atrás en el acoso al efectivo porque  observan los nuevos problemas que puede traernos un mundo sin dinero en el bolsillo de los ciudadanos. ¿Le entregamos a los cuatro apples del mundo el manejo de nuestras cuentas corrientes?

En Hacienda y mil centros de prestigio se sostiene todavía que la tarjeta es un arma de primera magnitud para combatir el fraude y el dinero negro. Cuando empecemos a conocer en detalle (será pronto) algunos de los grandes atracos que cometen los nuevos cuatreros de las redes, nos sacudirá un enorme escalofrío. Entonces puede que miremos a quienes nos gobiernan y les preguntemos por qué no nos advirtieron, y algunos los denunciarán, como ahora sucede con la pandemia de la covid-19. ¿Por qué no alertaron? Así estamos, la cabalgada codiciosa para alcanzar el poder absoluto coloniza con la misma rapidez que el virus.

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.