Tomando notas con el miedo entre los pies. (Y un viejo libro francés)

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Como quiera que llevemos varias semanas observando las caras risueñas y los aplausos efusivos de los vecinos todas las tardes a las ocho sin faltar, nos queremos hacer a la idea de que después de la catástrofe que nos trae el coronavirus, otro mundo (acaso mejor) llegará. Además, la televisión, gracias a las palabras esperanzadoras de personalidades como Iñaki Gabilondo en promoción y los miles de memes y sketch de cómicos y aficionados al entretenimiento, nos distrae del abismo al que nos lanzan los informativos y esas noticias negras del abuelo en la morgue o la hija atrapada en un ERTE y que no sabe si va a cobrar este mes.

Claro que la inmensa mayoría damos por seguro que las vamos a pasar canutas así que acabe el espejismo del encierro – que ya resulta pegajoso y molesto –   la hibernación, y salgamos a la intemperie de la realidad cruda.

Todos tratamos de buscar, entre palabras espesas, qué nos espera a partir del verano; no hablamos de otra cosa en esa mesa camilla en que hemos transformado nuestra casa y también en los aperitivos virtuales por telemática que compartimos con amigos y compañeros. Porque ya tenemos al menos una certeza: nuestros pensamientos, sentimientos y emociones se expresarán, a partir de ahora y para siempre, a través de las redes por fibra óptica.

Aunque quienes con mayor profusión se pronuncian (y con rotundidad buena parte de ellos, ¡vaya seguridad en sí mismos!) son filósofos y otros pensadores; historiadores, economistas, profesores, escritores y poetas, ¡muchos poetas!, que intentan regar con flores, o sulfúrico, la normalidad contaminada a la que la mayoría aspira a retornar así que afloje la alarma.

Los periodistas no dejan de preguntar, también ellos están preocupados como todo ciudadano que vive este tiempo, ve y escucha. Porque como escribe Enric González en El País el 12 de abril: “En los meses y años que vienen tendremos que salir adelante” ¿Cómo? Tenemos algunas respuestas parciales y un millón de silencios. Son mayoría las reflexiones que concluyen en que la globalización se cuartea; que incluso “ha llegado a su fin “(John Grey); que China y Oriente aguantan y crecen, Estados Unidos declina y Europa puede romperse. Los estados-nación resisten,  salen fortalecidos de la pandemia, y crece la ola proteccionista (nacionalista) en todo el mundo.

Todo ello parece que está ocurriendo mientras caemos como piedras desprendidas por un desfiladero hacia “una profundísima recesión económica mundial no vista desde la Gran Depresión del 29 del pasado siglo” (Kenneth Rogoff). Colapsarán numerosas naciones y las moratorias (también quitas) sobre la enorme deuda serán inevitables.

 

“El liberalismo salvaje ha destrozado la cohesión social”.

 

En otra orilla de pensamiento (y de deseos) – esa que ocupa una determinada izquierda alternativa y creativa – el crac del neoliberalismo se tiene como una oportunidad “para otra forma de vida”. Y vitorean cómo la parada de Europa para protegerse del bicho ha conseguido que la contaminación de nuestras ciudades se haya reducido en más de un 50%. ¿Es esto una victoria o solo la consecuencia de un stop temporal del mundo por el covid-19 desbastador?

Porque el liberalismo salvaje de los últimos cuarenta años ha destrozado prácticamente todos los niveles de cohesión social hasta tal extremo que ha dejado reducido el asidero del hombre a este mundo a un sueldo. (Recordemos la cantinela de los últimos años: “La mejor política social es el empleo”.) Pero también ese mantra era mentira: no solo se depreció el salario tras la crisis del 2008 (llegó el precariado), sino que la epidemia presente arroja a la mayoría a la hoguera del paro sin más red que la protección de unos debilitados Estados y a punto del desborde.

Así que muchos expresan su deseo de no volver a la normalidad de diciembre de 2019; prefieren, y buscan, una sociedad menos consumista, más acorde con la naturaleza y humana; sin ir más lejos, lo que parece fue el deseo de Stuart Mill, uno de los prohombres del capitalismo: “La armonía de la economía y la sociedad”. ¿Pero es ello posible hoy? ¿De qué manera podemos sustituir el empleo de millones, aunque precario, por otro mejor en un mundo que camina a toda velocidad hacia los 7.500 millones de habitantes? Esta ecuación nadie la resuelve porque quizás sea imposible.

 

“Será una transición muy larga y puede que peligrosa”.

 

Al tiempo, gana terreno a diario la fragmentación de las uniones políticas; incluso se aspira con emoción a recuperar añejos y polvorientos hitos de la autarquía (a algunos, ver que la Seat fabrica respiradores sanitarios les pone y mucho). Claro que esto ocurre mientras Google, Amazon, las grandes instituciones financieras del mundo, el comercio oligopolista, las comunicaciones globales se hacen más fuertes, las únicas que en la crisis del covid-19 facturan más, crean empleo, son más necesarias, casi imprescindibles. Y la inercia empresarial del mundo es tan enorme que nadie impedirá que de nuevo los más fuertes saquen la cabeza y se planten en el lugar de honor de las grandes cities mundiales. Ahora parecen detenidas, pero que nadie se equivoque: están pensando  y trabajando para comerse de nuevo el mundo.

Todo está por hacerse y ver. No existen grandes líderes políticos. Lo más probable es que – locuras aparte de tantos idos como deciden hoy sobre el mundo –  nos toque pencar en una transición muy larga, dolorosa y puede que peligrosa. El liberalismo hace crac y sus hijos más brutos quieren apropiarse de los  cascotes  de la ruina en cuya torreta desmochada, pero más alta, intentaran hincar su bandera. Los discursos que apelan a reforzar la colaboración y entendimiento mundiales se rechazan y las ententes económicas y políticas regionales se agrietan. Los que reclaman  un nuevo  Bretton Woods se quedan solos, o pierden elecciones.

A pesar de todo, no estamos en vísperas de la invasión de Tamerlanes futuristas o de hégiras de Mahomas galácticos, sino en el comienzo de la quiebra de la codicia infinita que dominó al mundo hasta hoy mismo. Algo hay de esperanzador entonces. Si logramos capar la avaricia desmedida del capital y sus capitanes insaciables, igual se abren nuevos caminos más razonables sobre los que podamos caminar todos. Se trata de que prescindamos de las mil bagatelas que ahora nos apresan y que se vaya adaptando el progreso tecnológico para la satisfacción completa del hombre, no para transformarlo en el consumidor patológico y dopado de ahora.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.