Empitonados por las fiestas

Paula Nevado
Fotografía: Paula Nevado

Otro año más que nos empitona el toro báquico de las fiestas navideñas; con un cuerno nos convierte en pobres y felices ocas tupidas de grano hasta el gañote; con el otro, nos riega de vinos, combinados y burbujas para mantenernos durante dos semanas en un baño larguísimo de vapores y sueños. Las encuestas más voraces del mercado de los manteles y la copa – ElTenedor en esta ocasión –  nos dicen que las reservas para cuchipandas y tragos aumentan un 30% este año sobre el pasado; que la mayoría gastamos entre 30 y 40 euros de media por persona; que los grupos de zampones fiesteros los formamos entre 6 y 10 personas. Vamos, que somos nutridas bandas de despendolados por los centros urbanos.

La encuesta se queda aquí, no entra a indagar en el porcentaje de enganchados a la bulla que celebramos en casa este festival consumista tan larguísimo. Ese dato no le interesa, pues va contra su negocio que solo se da en la calle.Pero no hace falta manejar el mejor periscopio para confirmar que cada día festejamos menos en nuestros domicilios, si exceptuamos quizás la Nochebuena. Fuera del también arriesgado encuentro anual del langostino y la gamba; el cordero, el pavo y el pescado; el cava y el cuñao, todo lo domina la llamada comida mediterránea o italiana (o que de allí pudo venir inspirada) que papeamos en los miles de establecimientos que nos ofrece la rue.

Casi no se cocina en casa. La antropóloga social Isabel  González conoce bien esta materia y afirma que no dedicamos ni una hora al día de media a cocinar en nuestra casa. Pero, ¿cómo es posible esta huida de los fogones en pleno frenesí de Master Chefs, las recetas que se nos caen a chorro por el teléfono y los grandes cocineros pontificando a través de las pantallas de todas las esquinas como sacerdotes egipcios, o más propiamente como curas de una nueva cruzada? Misterio por desvelar.

Se dan, no obstante, mil explicaciones, la mayoría ridículas, claro, porque son demasiadas para que entre ellas encontremos alguna certeza. Deberíamos detenernos en desmenuzar las más sencillas, por ejemplo: las casas son cada día más pequeñas, las cocinas mínimas, los horarios laborales interminables… y una oferta para jalar, o acaso picotear y matar el hambre, enorme ahí fuera. Ocurre así que disfrutamos de los programas de platos y más platos extraordinarios, sofisticados y con mil ingredientes, mientras cenamos una lata de atún o esa pizza congelada que nos prepara el microondas en 4 minutos.

Porque nuestras ciudades, playas y centros urbanos están repletos de restaurantes y mil locales, destinados al paladar y el buche, que ofrecen pinchos y platos magníficos y baratos. Sí, baratos, y “casi tan buenos como los que saborean los ricos”. O eso pensamos. La oferta es casi infinita. Cada día se abren para nosotros en España 280.000 bares o restaurantes con sus diversas especialidades para que las devoremos.

 

«Cocinar se convierte en un acto revolucionario»

 

Así que otro elemento esencial en la milenaria vida del hombre, cocinar en casa,  que nos  arrumba  el nuevo tiempo; no la cocina de la abuela, esa ya desapareció, quedó como reclamo publicitario, un “tal como éramos” goloso y melancólico en manos del restaurador avaricioso para que le paguemos 35€ por un cocido o 25 por un estofado de corzo. Nos lega, eso sí, una cocina ridícula de tamaño y virgen de humos, grasas, aceite derramado y otros salpicones; pero, cuidado, repleta de cacharros, que nos van regalando en cada cumpleaños, llenos de polvo y pena de no usarlos. Objetos de los que pronto nos desprenderemos (en la próxima mudanza, cuando el casero suba el alquiler un 30%). Al fin y al cabo, ¡qué carajo!, nunca supimos para qué servían.

Así que nuestro tiempo tan tecnológico nos roba otra perla. Ya nos forzó a olvidar cómo realizar las cuatro reglasal imponer la calculadora;  la buena escritura es una antigualla superada por el WhatsApp que resuelve todo con su memoria prodigiosa tan rápida. ¿Quién necesita escribir cartas? Y prontono sabremos leer porque la pantalla escribirá nuestras palabras y dominará el audio libro. Ya empieza a no ser necesaria la cocina en casa, su espacio mejor será dejarlo para añadir medio metro a nuestra cama, solo en ella se puede hacer y disfrutar de todo lo imaginable.

Vistas las cosas de esta manera, cocinar, como mantener vivas las cuatro reglas y leer, se convierten en actos revolucionarios, golpes antisistema, una llamada al futuro desde el conocimiento de un presente inane y opresor. Así que me quedo con esta frase de Michael Pollan, un escritor y polemista que concluye en quecocinar es una manera de protestar contra la especialización, contra la total racionalización de la vida, contra la infiltración de los interés comerciales en todas las facetas de nuestra existencia”.Pues eso.

PAULA NEVADO
A Paula Nevado, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo. Puedes seguir su trabajo en Instagram: @paula_nevado

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Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.