Comercio: el colmillo y la influencia

Imagen de Teresa Muñiz
Imagen de Teresa Muñiz

La competencia entre supermercados y grandes cadenas comerciales llega a echarse en cara (afearse) qué cobran sus respectivas cajeras a la hora. Es algo horrible no ya por el terreno que han elegido para practicar su pugilato los grandes tenderos, sino por las miserias que se echan en cara unos a otros: “Yo pago 6,5 euros la hora de cajera los domingos y tu escasamente llegas a los 6”. Hasta esta bajeza llegamos, competir en el nivel máximo del fango laboral.

Hasta hace poco tiempo la pugna se mantenía entorno al precio de los productos a la venta y la variedad de los mismos; las ofertas, el valor y la diferenciación del producto propio frente a la competencia; en la accesibilidad a los establecimientos, el número de cajas que te hacían fácil y rápida la compra, además de en el reclamo del producto: leche, cerveza, patatas…

Y también en el marketing. Hay cadenas que han logrado trasladar el convencimiento de que sus productos de belleza son similares a la coiffure de lujo francesa, pero a 1,5€ la barra de labios, y que sus políticas laborales serian incluso la envidia de las fabricas de la Mercedes en los años ochenta. Otros han logrado convencer por la boca: “¡Pero qué yogures!, es decir, te dan duros a peseta, o que sus naranjas son como las veneradas israelitas aunque vengan de Huelva.

Este venía siendo su mérito comercial y el terreno natural donde se establecía la competencia, pero este césped propicio se deteriora con gran rapidez. La crisis de consumo, aún con altibajos según los meses, continúa sin remitir y el negocio made in spain del súper y el centro comercial viaja mal. El Corte Inglés en 60 años solo pudo volar hasta Lisboa y al señor de Mercadona, que parece ser el inventor del zoco, lleva idéntico camino, en tanto que la competencia extranjera, Carrefour antes y Lidl en los últimos años, se fija a nuestro terreno como la mejor rueda blanda.

Así pues, con un juego tan táctico y un continuo achique de terrenos, la competencia en el corazón del supermercado se hace tan enorme que es imprescindible utilizar las piernas a la manera de la guadaña con creciente regularidad. Pasamos de un Beckenbauer a un Gattuso; del melodioso canario Valerón, a una caterva de bravos discípulos del argentino Bilardo. Ya no hay caballeros en el sector, insisten los decepcionados, ya dejó de hablarse solo de los méritos propios para criticar con crudeza los deméritos del contrario.

En esta situación de crisis, gustos y costumbres cambiantes, o de mudanzas, y con nuevas fuerzas políticas con otras miradas en las Comunidades Autónomas y numerosos ayuntamientos, la refriega no puede disimilarse por más tiempo y, por ejemplo, se quiere hacer estallar de nuevo la guerra de los horarios comerciales, o sea, cerrar las tiendas durante el mayor números de domingos y festivos posible porque “las iniciativas liberales no han conseguido aumentar el empleo en el sector y esclavizan aún más al trabajador del comercio”.

O sea, qué existen patronos exigiendo el cierre de tiendas en domingos y festivos porque se apiadan de las pobres cajeras. Ja! ¿No será acaso porque algunos patronos han conseguido –con la aceptación del consumidor- convertir el festivo en el segundo mejor día de caja y otros, los que no abren, se lo están perdiendo?

Así pues para lograr una mejor posición de mercado sobre los competidores, algunos aventan en la pasarela ácida de los medios de comunicación el sueldo de las cajeras en domingo. ¿No sería mejor qué todos les pagaran un salario digno y que todos pudiéramos comprar los domingos siquiera un rábano? Porque parece impensable que los forbes patrios quieran convertir nuestras ciudades en fantasmas comerciales, como ahora son tantas urbes del interior peninsular (den una vuelta por Valladolid y observen pasmados el paisaje de una ciudad cerrada el fin de semana), a causa del insoportable dolor que le producen las pobres cajeras que no pueden conciliar su vida familiar, ¿verdad?
Esto no es competir, es tirar de colmillo e influencia.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Artículos relacionados

Un comentario en “Comercio: el colmillo y la influencia”

  1. Pues no es tan malo que haya tiendas cerradas los domingos que era el día del Señor y para descanso como Dios tras crear el mundo, o eso nos contaron.
    Es cierto que hay un cambio de hábitos pero Dios hoy no es horarios libres y no sé que otras cosas tan liberales, el despido desde hace mucho, pero ahora se trata de ser liberalmente liberal y a ser posible free que es como gratis pero en fino.
    En fin bien está libertad de horarios y de dias – que se lo digan a tiendas de chinos – pero elmercado es equilibrio y tener en cuenta las posiciones dominantes al legislar para no favorecerlas es muy liberal, pero eso no se lleva.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Cerrar

Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.