El político infinito

Felipe-González
Fotografía: Felipe-González
Felipe-González
Felipe-González

Felipe González no deja de hablar. A sus 73 años, y ya pasados diecinueve desde que dejó la presidencia del Gobierno, sigue presente en la arena política con pensamiento y verbo punteros. El suyo es un caso bastante raro. La mayoría de los políticos de su generación se perdieron en el follaje del tiempo. Pero él no. A González le siguen preguntando. Y aunque sólo responde una de cada veinte demandas, el vuelo de sus opiniones trasciende.

El viernes 8, de manera sorpresiva, apareció para hablar en una tribuna política de prestigio en Madrid, el Foro Nueva Economía, del incansable José Luis Rodríguez. ¿De qué? De elecciones, de Europa, de su batalla venezolana, del PSOE, de la crisis y cómo salir de ella, de los banqueros italianos que no salieron tan abrasados como el resto porque no sabían hablar inglés, de… Habló de todo y obvió hablar de la nada, que también de eso conoce, e insinuó mucho más. Pero la amplia audiencia estuvo pegada durante más de una hora a la magia expresiva del político que más y mejor comunica en España desde que nos dimos democracia.

El eterno presente de Felipe González tiene mucho que ver con lo que fue, pero también con lo que nos dice ahora. A los seguidores de este hombre, una legión, les debe de ocurrir algo parecido que a los fans de los Rolling Stones, que acuden a sus conciertos no sólo por oír una vez más Satisfaction, sino para recoger los nuevos sonidos que se desprenden de cada actuación.

Es un político al que quizás ya se pueda ordenar su legado de manera bastante completa, calificar su aportación política al decurso de la nueva España, y también medir el peso de sus errores. Claro que todo esto cabe en los libros, o puede dar para la celebración de múltiples seminarios.

Pero la figura de Felipe González difícilmente cabe en un libro, ni puede ser descrita solo por un río de palabras. González es un personaje que espera a un inspirado dramaturgo (en nuestro país son grandes esos trajinantes de almas, afortunadamente) que le meta el brazo en el estómago y luego un actor de la talla de un Ramón Barea o un José Luis Gómez dé vida.

Este hombre, que tantos años estuvo al frente del Gobierno, que se ganó el odio eterno de una determinada derecha porque la mantuvo fuera del poder más tiempo que nadie en la historia de España, y que muchos de los suyos vienen diciendo bajito desde hace mucho tiempo: «¡Por qué no se calla de una puta vez!», sólo puede ser conocido en su totalidad como personaje de ficción en las tablas o en el papel de un hombre de acción en el cine.

Felipe González es la comunicación. Todavía hoy cuando parece que casi todo lo hizo ya, deja caer perlas que ninguno de su generación advertiría: «Vamos a Gobiernos a la italiana, pero no pasa nada» o estamos «en el fin de un ciclo político, pero tampoco pasa nada». Cuando tantos «matan» por defender una transición sin mácula, él advierte que sólo tenemos futuro si modificamos la Constitución.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Cerrar

Acerca de este blog

Este blog nace de la necesidad de contar algo, por insignificante que sea, sobre todo aquello que me interesa o inquieta y que casi siempre tendrá relación con la comunicación humana en su sentido más amplio.

La política, la economía, las artes, los placeres de la vida, como la gastronomía, el cine o la literatura tienen aquí cabida. El mundo actual en crisis se ha convertido en una noria de opiniones libérrimas, con frecuencia desencajadas, que se afanan en la crítica feroz más que en tejer futuro.

Los líderes sociales de aquí y allá, lo admitan o no, se han quedado sin respuestas. Continúan sus tareas con torpeza ayudados por viejas recetas que abandonan de inmediato porque ninguna le sirve.

En esta especie de equivocación colectiva en la que estamos embarcados, este bloguero sólo pretende vivaquear en nuestro azaroso caminar a tientas con la pretensión de encontrar en alguna ocasión esa pepita de luz que nos recuerde que la esperanza es la emoción humana más necesaria de recuperar en este tiempo.