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Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Comer en parques, jardines, plazas o sentados en los tradicionales bancos de las calles es un hábito creciente en las grandes ciudades españolas durante los últimos años. La tartera o el tuperware van perdiendo terreno ante el empuje masivo de las comidas preparadas que ofrecen supermercados e innumerables nuevas expenderías. El sándwich insiste y persiste el buen bocadillo, ese “socorro” del joven sin una perra. Luego está el ansiado y tibio sol de invierno o la semisombra y el airecito callejero de mediodía que te llaman diciendo ven.

El viernes 17, primer día después de semanas de encapotados y acerados cielos o blanquecinas telas de araña ladronas de sol, decidí comer un bocadillo de jamón acompañado de una lata de cerveza Estrella de Galicia bien pegadita a la pierna. Catorce grados mágicos volando en el ambiente y quizá dieciocho al sol. Fantástico. Unas palabras con la cortadora de jamón: “Hoy no damos abasto, todo el mundo quiere patita de cerdito” y el ojeo de un buen asiento en la amplia plaza, perfectamente rectangular, donde los árboles podados este invierno se yerguen hasta el cielo, robustos y desnudos como cuadros en boceto.

Una joven madre trata de dar de comer puré de verduras a un bebé que patalea, ríe y escupe al mismo tiempo. Es tan hermosa como apurada parece. No se desprenden de su boca otra cosa que sonrisas y canciones. Gesticula como un mimo suave y exhibe unos brazos y unas manos múltiples como la diosa Shiva. Ora son las alas de un avión que cae en picado repleto de blandas y esponjosas bombas verdes, ora son un molinillo amistoso que bambolean al bebé tal cual un saquito de amor. Y canta como una cotorrilla contenida cancioncillas de niñera -o solo sus estribillos- sin parar y sin mirar. La salmodia menuda es tan dulce y adictiva que atrae a un buen puñado de gorriones que nos rodean de píos: “Aserrín, aserrán las maderas de San Juan/ piden pan y no le dan/ piden queso, le dan hueso”… “Pajaritos y jilgueros/ que habéis comido/¡sopitas del cielo!”… “Palmas, palmitas/ higos y castañitas/ azúcar y turrón/ para mi niño soooonnnn”.

Es un rato casi imaginario que no termina nunca o se esfumó rápido, no lo sé. Debí de dar dos o tres mordiscos al bocadillo y ni siquiera abrí la lata de cerveza. La madre limpió la boca, la cara y las manos del bebé con la determinación de quién escamonda una mesa después de un festín, pero con bayeta de seda. Se levantó entre canciones: “Tic, tac, el reloj hace tic, tac/ tic, tac hace el reloj…”, me dejó boquiabierto y borró de mí para siempre el recuerdo más insulso del mundo llamado sopa de verduras.

Después de décadas había visto realizado ese milagro de las madres que logran hacer comer semejante menjunje – soso, amargo y aburrido- a unas criaturas que no tienen otras marchas que escupir, tragar o berrear. Y entendí por qué las mantuve tiesas durante una eternidad con estas cocidas de la huerta.

Las verduras me encantan, pero acompañadas de “algo que arrastre”, que decía mi abuela Gonzala; abundantes en el cocido, mezcladas con huevo o repletas de condimentos y caldos sabrosos. Claro que, como la mayoría de nuestros tabúes, este rechazo absoluto por las “verduras cocidas y viudas” se me cayó un día de forma tan inesperada como se me desprendió aquel diente de leche al atacar de niño una magdalena. Fue en un restaurante de las inmediaciones del Chillida Leku, aquella maravilla de esculturas en la naturaleza que la codicia de los herederos del gran artista español y la mollera de sebo de las autoridades vascas impiden que el mundo disfrute. No recuerdo su nombre. Era grande y parecía estar perdido en la espesura verde del monte. No daré más vueltas. El cocinero y dueño me retó: “Si no te gusta esta sopa de verduras, te sirvo el plato que quieras y os invito a comer a los cuatro”.

Una sopa única. Le acompañé a la cocina al terminar; observé la gran olla de acero casi mediada de aquel manjar y luego atravesamos una suerte de pérgola apartando sillas y acariciando dos o tres perros rabotineros hasta llegar a la huerta. “Hago sopas de verdura todo el año. Son iguales y diferentes siempre”. “¿Siempre están así de buenas? ¿Cuál es el secreto?” “Sé de varios secretos; el mío debe de estar en los productos que nunca faltan: aceite de oliva, que me llega de Jaén, patatas y puerros de la huerta, nuez moscada, clavo y una cucharada de nata de leche de nuestras vacas adornando el plato” “¿Algo más?” “Sí, canto mientras cuece y a veces le echo un vaso de chacolí, jajaja”.

En mi tierra andaluza se dice que “en febrero busca la sombra el perro”. El viernes en Madrid no me hizo falta el árbol: me olvidé hasta del sol. El espectáculo de alimento y amor fue todo. La joven madre llamó al bebé Whu en todo momento. Cuando se marchó abrí la cerveza y me la tomé de un trago.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Una sentencia sin más

www.elpais.com

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Por fortuna existen jueces y juezas que no atienden a los truenos de Twitter y ni siquiera escuchan a los políticos de “la limpieza extrema”, simplemente tratan de dictar justicia atendiendo a las pruebas acreditadas, los códigos y las reglas técnicas que, según los casos, permiten atenuar el resultado de las penas. Nada de justicia ejemplar, que es la peor de las justicias, ni penas exageradas y al límite, difíciles de explicar.

El fallo de la Audiencia de Palma sobre el caso Nóos es una de esas sentencias que por su propia sencillez y moderación hace que muchos creamos todavía en la justicia, aunque no nos quepa del todo en la cabeza la absolución de la infanta Cristina y de esa gran patulea valenciana, por ejemplo. Y si ha habido error, falta de tino e incluso presiones sobre el tribunal o este se mostró cobarde, ahí está el Tribunal Supremo para enmendarlo.

La etapa convulsa que nos toca vivir dando tumbos nos tiene airados más tiempo del debido. En este estado es difícil discernir con cordura. No distinguimos el grano de la paja porque, además, políticos ambiciosos, tertulianos del escándalo y el tumultuoso furor de las redes tienen la única misión de confundir para que ellos puedan continuar nadando en el fango.

Todo está predispuesto para que siempre haya un sambenito paseando por las televisiones al que escupir creyendo que el esputo nos libera. Durante varios años ese reo fue el duque de Palma, Iñaki Urdangarín, al que pronto se le unió en el banquillo su esposa, la Infanta Cristina. El ruido sensacionalista y el nuevo revanchismo político los querían entre rejas ya.

Ahora, cuando la Audiencia palmesana absuelve a la Infanta, su enfado trae el ruido de la horda. En esta situación, ¿quién puede argumentar, sin que le partan la boca, que la absolución era lo esperado toda vez que no había acusación del fiscal contra ella?
No, la sentencia de Palma no es injusta, no beneficia a una Borbón; la mala justicia es la que llamamos ejemplar, la que tarda lustros en hacerse efectiva, la que permite a poderosos bufetes de abogados ahogar los juzgados con requerimientos y mil mareos que los colapsan y la que se resiste por décadas a la transparencia.

Sí, un tribunal ha absuelto a la Infanta Cristina y condenado a su marido a 6 años y 3 meses de carcel, pero el Supremo puede modificar el fallo sin que este sea injusto. Claro que la Infanta absuelta nunca volverá a ser lo que fue; se le acabó la grandeza en buena parte porque la justicia, manifestándose como debe, entendió que las diligencias iniciales practicadas sobre ella apuntaban a la existencia de delitos que, al final, el tribunal sentenciador entendió no probados.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

El comercio mundial observa con admiración y miedo al tiempo cómo los conglomerados galácticos como Amazon, Alibaba y otros lo invaden todo. Son tarántulas siderales que con sus patitas de seda invisible te llevan “todo lo que pidas adonde quiera que estés”. Qué hacer, pues, con la tienda o el restaurante.
Aliados con la revolución del transporte, las telecomunicaciones y los inventos diarios de drones, apps y legiones de jóvenes en busca de trabajo, se adueñan con pasos de gigante de un espacio que tradicionalmente dominó la calle: mercados, tiendas, bares y terrazas.
El teléfono inteligente, ¡ese prodigio!, las aplicaciones de móvil que te abren la puerta de cualquier deseo por increíble que parezca y esa economía colaborativa que se extiende como una mancha de aceite incolora por el mundo han decidido que pueden con todo y están empeñados en transformar nuestros gustos y costumbres y poner patas arriba nuestra vieja civilización, que viene de la Revolución francesa.
El comercio de grandes superficies y almacenes se agrieta. Pronto esas enormes naves de luz y lujuria consumista serán achatarradas o transformadas desde las raíces. Todos seguiremos comiendo, vistiendo y disfrutando de los mil reclamos del ocio. El mismo dedo y tableta parecida a la que hoy nos traen las noticias hasta la pantalla, nos alcanzaran la comida, abrirán el restaurante y adornarán con un ramo de flores nuestra casa (o allí donde quiera que estemos). Y todo será progresivamente más barato.
Los artefactos digitales que ya adivinamos se irán abaratando hasta hacer posible que podamos disfrutarlo todo; será algo similar a lo que ocurrió con el precio de electrodomésticos, ordenadores o los vuelos transoceánicos.
En las grandes ciudades del mundo va desapareciendo el ruido temerario del chico con moto del Telepizza; en su lugar aparece la silenciosa bicicleta sobre la que unas piernas jóvenes mueven todo: las comidas y las cenas te las sirve el restaurante en tu casa o en el parque.
El comercio que conocimos lo viene transformando la digitalización y las nuevas formas de vida que acarrea. La misma inteligencia que vigila el crecimiento de las diminutas planteras de cebolla en el Campo de Cartagena y ordena el momento en que hay que pincharlas en tierra por mulas que son robots, nos descubre que faltan leche, huevos o cerveza en nuestra nevera y rauda los repondrá a la hora en que sabe que estamos en casa.
¿Para qué valdrán, entonces, tantos supermercados grandes y pequeños, restaurantes, tiendas, incluso especializadas, y miles de locales de la vida loca? El afán principal de aquellos que piensan para grandes inversores financieros e industriales empeñados en este negocio viene siendo idear fórmulas para retrasar todo lo posible los efectos de esta avalancha tecnológica que ya tiene agarrado el futuro por “allí mismo”.
Pero a pesar de tanto esfuerzo, los hipermercados de lunes a jueves son desolados óleos a todo color, al tiempo que el pequeño súper de cadena se cuela por las callejas del barrio como hasta hace bien poco lo hacían los colmaos chinos o paquistaníes. Es una resistencia que se sabe vencida, como las industrias dependientes de motores que consumen combustibles fósiles o las empresas periodísticas de papel y camiones de reparto.
¿Se replegarán pronto como hacen ahora los bancos hasta ayer mismo faros del poder en las esquinas postineras de España? Nadie sabe cuándo, aunque pronósticos los encontramos a barullo. Cuando en los primeros setenta los hipermercados franceses aparecieron por España, en nuestras ciudades -que no eran otra cosa que la suma de sus barrios- se daba por seguro que nunca entrarían porque jamás nadie ganaría en confianza (y proximidad) a las tiendas de siempre. Al cabo de pocos años esas tiendas son ceniza.
Hoy la figura que asoma por el horizonte es más radical aún que aquella ferocidad de lineales; lo que cambia es el hombre y no el tamaño y la oferta de la tienda. El hombre digital, que ya no compra periódicos y pronto ni siquiera tuiteará golpes de palabras porque su pensamiento se traducirá instantáneamente en un texto sobre la pantalla, viene dispuesto a que el mundo le siga hasta donde se desplace él; ni oficina, ni tienda, ni casa para toda la vida; busca que el mundo acuda a su encuentro y no al revés, como ha sido hasta ahora en la historia de la humanidad. Algo así como el gran invento futbolístico de Johan Cruyff: que corra la pelota, no el futbolista.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Congresos

www.elconfidencial.com

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Ahora llegó la temporada de congresos de los partidos políticos. Los plantean como grandes actos solemnes. Se celebran en lugares enormes y sus organizadores se esfuerzan para que impacte la simbología que les identifica.

Las primeras grandes asambleas políticas en democracia las trajeron los socialistas. Después del 28 Congreso (y medio) que repuso a Felipe González en la secretaría general del PSOE y hasta bien entrados los noventa, todos sus congresos fueron triunfales; deslumbraba la palabra y la democracia interna, se celebraban los éxitos propios como si fueran de España y se votaba a la búlgara.

Aznar los copió después, aunque realizó dos cambios significativos, uno, aparentemente inocuo, fue el cambio de color rojo al azul (neón, ironizaba entonces el mordaz Alfonso Guerra) y el otro, más hondo, consistió en que el señor del bigote se autoerigió en César del PP, al no entender demasiado bien qué significaba la estampa de Faraón que exhibía Felipe González entre los suyos desde hacía años.

Luego los congresos socialistas declinaron; la aparente fragilidad de Zapatero no encajaba bien con las músicas épicas que hilvanan esta clase de exhibiciones políticas. Entonces los congresos pasaron a celebrar victorias parciales y solazar a sus militantes con emociones concretas. El partido dejaba de pensar que lo era todo.

Pero el PP de Aznar y luego Rajoy continuaron con trompetas y pífanos, como si siempre celebraran la toma de Perejil. El pasado viernes se presentaron al país como los reyes de la unidad y liquidadores de la corrupción internas. Pero el globo se les agrietó en unos segundos: la primera sentencia sobre los “gurtélidos” venía con decenas de años de cárcel y la todopoderosa y muy soberbia Cospedal no fue apeada de la secretaría general por 25 votos. Claro que este partido insistirá en su paripé siempre que pise grandes escenarios, hasta que un día un grupo de amotinados apuñale políticamente al líder en una reunión de aparato.

El tiempo de los políticos hoy es de fuertes borrascas y embarradas retiradas. Fijémonos en el cónclave taurino que protagonizó Podemos el pasado fin de semana: en Carabanchel no existía memoria de duelo fratricida tan resonante. Los nuevos redentores de la izquierda española y “la patria” no se permitieron siquiera dos días para disfrutar de la victoria obtenida, en un tiempo mínimo llegaron al apuñalamiento masivo y, a pesar de la clara victoria de Pablo Iglesias, nada se cerró el domingo 12. A partir de hoy lunes la batalla continúa.

Resta aún la cita socialista. Estos son doctores en batallas internas, con árbitros o sin ellos. Hace unos meses lograron abrazar el espanto al expulsar a su secretario general tras doce horas ininterrumpidas de un combate, solo apto para sádicos y dramaturgos. Curados de espanto, puede que el constante escozor de alma modere sus competiciones de primavera. Claro que Pedro Sánchez aspira al desquite sobre todo. Es inimaginable que sus palabras suenen a las bendiciones con que Petrarca regalaba los oídos de Laura.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

“¡Qué asco, comer ese pescado que sabe a nada mezclada con cieno!” decía mi mujer. En nuestra casa nunca entró “la parca del Nilo”, más tarde llamada “la panga” de Vietnam o del Mekong. Y menos aún la elegí como segundo plato de un humilde menú en día laborable. Pero todo pudo suceder porque en mi casa habita gente avispada que dispone de un olfato culinario sólido; pero a menudo no sucede igual a tantos miles de trabajadores de nuestros barrios a los que la crisis les expulsó de la pescadería de fresco.

España y Europa han importado panga “mekonita” por un tubo durante los últimos años, y aunque disminuyen las importaciones que realizamos desde Vietnam de 33.798 toneladas en 2013 a 25.358 toneladas en 2015, continuanos siendo el mayor consumidor de Europa de este pez tan enorme como insulso. Ahora Carrefour (¡Aleluya!) ha decidido retirarlo de sus pescaderías, aunque no cuentan qué otro pescado lo va a sustituir; porque el pobre de solemnidad y el trabajador pobre, que no dejan de crecer, tendrán que seguir alimentándose; porque nuestra alimentación hace años que viene siendo segura pero no de mejor calidad.

Desde que alguien poderoso alcanzó a comprender que su negocio estaba en procurar ofrecer alimento a la persona que no gane más de 500€ al mes, todo empieza a cambiar deprisa. El vastísimo mundo del comercio (de la patata nacida en el desierto a la chip ondulada que nos llevamos a la boca, frita en una mezcla de grasas desconocidas, pero traída hasta nuestras manos en una bolsa de plástico impecable) es la industria más fabulosa de la tierra.

Se trata de alimentar a miles de millones de personas de carne sin que se vea un animal en la pradera o la estepa; atestar de berzas y otras verduras, que vienen de un cielo de plásticos; y sacar la fruta de árboles tan futuristas que afloran piezas de idéntico tamaño y en mismo número cada uno de ellos. Un mundo donde la azada y el estiércol crecen en laboratorios ocultos entre mares de plástico y las estaciones del año son recreadas por un ordenador. Somos una gigantesca fábrica de fantasía inimaginable para la mente humana, pero tan real como un buque cargado de 54.000 toneladas de soja o maíz o un pequeño territorio que envía al matadero tantas cabezas de cerdo como habitantes tiene Europa.

Todo es una confusión de transporte, almacenes, mataderos y locales comerciales. La Tierra se ha convertido en una cigüeña de ciencia ficción que lo muda todo de aquí para allá para que el químico y el cocinero puedan mezclarlo hasta conseguir el milagro de que nada sepa a nada. Se valen, eso sí, de que nuestra lengua y paladar almacenan “adeenes” remotos que logran averiguar que por aquella tortilla llegó a pasar en ocasión festiva una patata y la hamburguesa aún conserva trazas de carne de vacuno. Estamos en el tiempo de los platos preparados, tan populares como el billete de autobús, y los pescados de criadero, tan iguales en sabor que llevan a pensar que todos vienen de hueva de la misma madre.

Pero, insisto, comemos alimentos seguros; no se nos reblandece la panza a menudo ni nos distraen del hambre como los refrescos. Ocurre solo que no sabemos de quiénes son hijos, de qué coyundas o injertos vienen. Porque las etiquetas crecen cada cierto tiempo en leyenda pero, cual prospectos del fármaco, no entendemos casi nada de lo allí se escribe. Sí, tenemos que agradecer a Carrefour que haya retirado del mercado un producto que “cumple con la normativa” y ” es perfectamente seguro”. Que cunda el ejemplo; que de inmediato otra gran cadena lamine otro alimento seguro y pronto otra y otras sigan el ejemplo. Porque, ¿cuántas pangas más se venden en nuestras tiendas?

Cuando nuestro paladar no distingue un sabor hay que pensar no sólo que somos analfabetos en la materia, sino que una ingeniería alimentaria (¡otra!) ha dado con la fusión más precisa y barata para atraer la mayor cantidad de salibilla ansiosa. Así que cuando se habla de fusión y maridaje (todo el tiempo en los últimos dos lustros) sospecho siempre. El plato que alcanza la mezcla perfecta es aquel que, teniendo un sabor único y reconocible, permite detectar todos y cada uno de sus componentes porque no han perdido la identidad. Por ejemplo, la mítica menestra del restaurante Etxaurren, en Ezcaray, La Rioja.

Ahora que retiran la panga sería curioso preguntar cuál de los nueve brazos del delta del Mekong es el que inyecta más olor a barro en estos robustos peces ciegos. Pero no insistiré. Como tampoco voy a describir someramente siquiera cómo transcurre un día cualquiera de una ciclópea granja de cerdos blancos, pongamos que en Holanda. Qué limpia parece, pero qué peste.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.elmundotoday.com

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El ayer nunca deja de pugnar por ser futuro. Ocurre con todas las materias que trata el hombre. En ocasiones sus profecías se cumplen y observamos, incluso maravillados, acontecimientos como en la última final masculina del Grand Slam de Tenis de Australia compiten Federer y Nadal, dos grandes deportistas que sobre todo son historia. Pero no es lo habitual. Lo normal, la rutina casi, es contemplar como quien no pudo llegar a culminar sus ambiciones persiste en ello a lo largo del tiempo, la lógica y hasta el decoro en ocasiones.

Otros, quizá los menos inteligentes o capaces, aprovechan las experiencias más brillantes de quienes sí fueron realmente decisivos para intentar escalar hasta la consecución de sus metas. Una de esas personas es Albert Rivera, siempre con citas de Suárez, Kennedy o Churchill en la boca, pero todavía sin haber conseguido una frase propia a la que otorguemos el mérito de ser recordada.

En las últimas semanas, dos políticos protagonistas de numerosas portadas informativas recientemente, pero muy castigados, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, pugnan por romper las camisas de fuerza que les trenzaron sus errores y sus respectivas formaciones políticas, para volver a proclamar a gritos el NO que los apartó del liderazgo absoluto. Y en sus partidos políticos se reavivan de nuevo las ascuas de la inquietud y el mundo institucional al completo gira la mirada, frunce el ceño y se pregunta: “¿Los unirá de nuevo el NO a Rajoy y su música?

Se hacen cábalas -que insisten en ser muy posibles- que ven a Iglesias ganador de Vista Alegre II por la mínima, pero que será suficiente para despeñar a Errejón y su “tropa de vendidos”. En el PSOE temen también que Pedro Sánchez y-el-verbo- radical-del-dolorido-por-tantas-injusticias- que-contra-él-cometieron, se apodere de la mayoría del militante político más baqueteado del mundo.

Así que se presume la escena próxima de ambos troceándose un gobierno imaginario: el uno pensando que se comerá al PSOE por fin, y el otro, ufano de haber salvado el honor del gran partido de la Rosa. Esa es la historia de ficción con la que sueñan, aunque lo que ocurriría en realidad, si a la postre el pasado se impone al futuro, es que el PSOE entrará en el colapso previo a la agonía de la muerte y la barbarie se apoderará de Podemos.

Pero puede ocurrir. El demonio de los milagros se muestra generoso de nuevo con nuestro mundo. Reparemos sin ir muy lejos en el regalo con que ha distinguido a Norteamérica; ni el mismísimo Dios -tan pendiente de la nación de la Tierra que más le nombra- ha podido impedirlo. Los corazones rotos del hombre blanco no soportan por más tiempo a los globalizadores y echan mano de las fronteras de nuevo. Este demonio duerme invisible en el vértice más alto de la Torre Eiffel desde las pasadas Navidades.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Tropiezan mis ojos con la imagen fotográfica, seria y serena, del cocinero gaditano Ángel León (restaurante Aponiente, dos estrellas Michelin) que inunda el acristalado principal de una de esas modernas dependencias de tratamiento dental, una de esas cadenas que, a menudo, aparecen destacadas en las páginas de sucesos del periódico. En esa misma instalación e idéntico lugar de privilegio de una zona muy concurrida de Madrid he contemplado en pasadas fechas los rostros de Iniesta y antes, Iker Casillas, dos futbolistas campeonísimos y archifamosos.

Pero ahora tropiezo con el bueno de Ángel León, un cocinero que promociona una de esas cadenas de implantes dentales a mogollón, subrayando un lema un tanto ramplón: “La constancia es la clave de mi método”. Al doblar la esquina, a solo seis pasos nada más, me asalta un brinco de confusiones: ¿En qué se parece León a Casillas? ¿Qué méritos acumula para llamar la atención masiva del variado gentío hacia el que se dirige la cadena de curetajes bucales? No los encuentro. Cinco minutos dando vueltas a las meninges y no hallo respuesta. Me rindo y me respondo de manera idiota que, a lo mejor, el señor León es accionista del grupo.

Pero no. Pronto me saca del error mi amiga Ruth, la joven reina de las redes y las tendencias: “¡Si Ángel León, como David Muñoz, Joan Roca, Paco Roncero, Subijana, Arzak … son más conocidos que la Chelito! Si están todo el día y a todas horas en las televisiones haciendo malabarismos culinarios en mil ferias, concursos y saraos!”. Tiene razón. Los cocineros estrella son los pop star del nuevo milenio; la cresta de David Muñoz (así como los glúteos de su compañera) es más conocida que las cabriolas narcisistas de Sergio Ramos; el narizón de Joan Roca es tan reconocible como la calva de Iniesta, y hasta en Sevilla pronuncian el apellido Ruscadella sin el menor tropiezo.

He realizado algún comentario al hilo de parecidos episodios en meses pasados, sobre todo a propósito de la retórica publicitaria que los viene acompañando. En ocasiones son los nuevos conquistadores españoles que rinden al mundo a fuerza de sabor y fantasías, y en otras son los nuevos guías del universo que influyen tanto como Copérnico, Descartes o Picasso. Pero la fotografía de Ángel León, que transpira una seriedad ritual, me lleva a pensar que estas gentes (y los propagandistas listos que les conducen de la Ceca a la Meca como millonarios cómicos de la legua) estarían cubriendo los penúltimos escalones de esa torre imaginaria que crece bajo sus pies en los últimos años. Porque, si hacemos memoria de sus éxitos – y tantos sucesos acaecidos- en los últimos tiempos, solo nos alcanzan imágenes de concursos celofán y filigranas de fuegos de artificio para que Ooooohhhhh, los admiremos.

Salvando las distancias, acontecimientos como el Madrid Fusión (cuya XV edición acaba de terminar y buena parte de esta troupe monta maletas y se dispone a volar rumbo a Manila para celebrar la misma representación de Doña Rosita la Soltera, solo que con ojos rasgados) se parecen bastante a las Cumbres de Davos. Durante más de dos décadas los más ricos y poderosos del mundo -con sus economistas y matemáticos de cabecera al lado- se han dado cita en la exquisita ciudad suiza para enseñar al mundo el armiño de su poder, con la excusa de que se daban los mejores discursos. En la última cita de Davos – pero también las dos o tres anteriores- ya se olía el humo de que igual sería oportuno cerrar este santuario de poder, pues los labios de tantos oradores no saben decir lo que le ocurre al mundo en realidad. ¡Para qué pontificar entonces!

Sí, a los grandes cocineros, como a los más ricos y sus adjuntos, se les aprecia parecida fatiga de materiales. Hace tiempo que se olvidaron del valor de las salsas madre y el olor de auténtica cuadra.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

tomarlapalabra.wordpress.com

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Crece la alarma internacional ante el acumulo insólito de bravatas de Donald Trump. Pero el mundo no debería desesperar tan pronto. Solo estamos en los comienzos del concierto de twitter más feroz de todos los tiempos. Escuchemos con atención qué palabras (como balas) utiliza para atacar; qué nueva degeneración lingüística y poses de matón nos trasladan las televisiones del mundo. Observemos, escrutemos y estudiemos con ojos y paciencia de entomólogo los registros de la bestia; conozcámosle de manera suficiente; procuremos memorizar sus amenazas, esas que nos levantan el estómago y cortocircuitan la inteligencia, y vayamos cartografiando al ogro de la manera más atinada posible.

Disculpen, pero este tiempo es un regalo de escupitajos a la luna que nos otorga Trump sin advertirlo. Si logramos permear bien su personalidad; si alcanzamos a sistematizar sus arrebatos narcisistas; si podemos anticipar qué garrotazo nos endilgará mañana desde las redes, habremos dado un gran paso para hacerle frente. Porque muy pronto habrá de pasar de la prosa vesánica a las decisiones concretas; de voy a construir “el muro que nos proteja de los mexicanos”, al acarreo ingente de cubas de cemento hasta la frontera. Entonces veremos cómo mezcla la prédica con el trigo. Ese será el momento de atacar. Ahora es el tiempo del fogueo, de recopilar información, de atestar los fortines de la inteligencia de armas suficientes con las que parar al loco (o lo que quiera que sea el presidente norteamericano) así que pasemos de las salvas al fuego real.

Alejandro Rojas-Marcos, un político nacionalista andaluz de la transición, era muy aficionado a provocar grandes escándalos informativos excediéndose en declaraciones. Le servían para trasladar el foco mediático hacia su persona y asustar a los adversarios. Cuándo cesaba en su escalada verbal, se sentaba con el contrario y sacaba una tajada adicional gracias al nuevo miedo que su furia verbal había logrado transmitirle. Esta podría ser una de las tretas de Trump: asustar al mundo con el diluvio universal para satisfacerlo, a la postre, atizándole sólo una buena ración de gota fría. Porque a pesar de su egolatría delirante, deberá reconocer que ni siquiera él puede cambiar la historia del mundo; que con satisfacer de forma razonable a sus votantes ya habrá hecho suficiente.

En el frente mundial contra Trump hoy se presentan dos posiciones: enseñar los dientes desde el primer momento, o esperar a que escampe su ordalía tuitera de amenazas (si es que ocurriera) y actuar en consecuencia después. Entiendo que la comunidad internacional debería otorgarse algún tiempo más para empaparse aún más de asombro y estupefacción; pero también para medir el tamaño y la vocación real de la fiera.

El fenómeno Trump es lo más grave que nos ha ocurrido desde la crisis de los misiles de principios de los sesenta. Convendría no calentarnos la cabeza demasiado pronto, pero sí reponer los arsenales de la inteligencia para darle cabal respuesta a su tiempo. No se pueden derrumbar dos siglos de democracia en el mundo con unos cuantos rebuznos de 140 caracteres.

Madrid te come

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

El mundo de la cocina ha crecido de tal manera en los últimos años en España, que ocupa la extensión de un océano. Ya no olemos a ajo, que escribió el francés desdeñoso, sino que se ve y se oye con gusto y grandes emociones el estirón geométrico que hemos dado en el adictivo y muy sofisticado universo de eso que llamamos restauración.

En esto sí que hemos cambiado. No nos reconocería ni la madre que nos parió y menos aún la tía Encarnación. No necesitamos datos precisos para confirmar que el vasto mundo del fogón se convierte en una seña de identidad propia y una más que probada salida empresarial y laboral. A España ya no vienen forasteros solo por aquello del sol, la simpatía, las paellas y las sangrías; cada día acude más personal por el gusto de comer. Algunos llegan a escribir que el 15% de quienes nos visitan lo hacen atraídos por la golilla de nuestras viandas. No obstante, se me antoja que parecen demasiados doce millones los enganchados por nuestros chefs. Pero estoy seguro que son muchos más los que llegan atraídos por nuestros menús que por la oferta cultural.

Es seguro que no hemos alcanzado a identificarnos con la excelencia, el gusto y la sofisticación que distinguen a Francia, y puede que nunca lleguemos a ser tan sabios como los italianos, que convierten toda arcilla en la más fina de las porcelanas. Pero ahora somos más numerosos los españoles que emprendemos la carrera de la diferencia, la variedad, la calidad y la osadía. A pesar del éxito de Master Chef, y que los buscadores de Google te sirven las mismas recetas de ordinario, lo cierto es que estamos creciendo y experimentando en mares más profundos que ningún otro país de la Tierra.

La competencia y el desparpajo se observan en la lujuriosa oferta de ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, San Sebastián, Bilbao… Pero me detengo ahora en Madrid: ojo, una ciudad que pone de moda en Europa la movilidad enorme y barata de decenas de miles de jóvenes del Continente, y más allá, porque sencillamente le cae bien. La almendra de la capital viene siendo transformada de manera vertiginosa por una ambición llamada “comida and risas” que transforma sus locales comerciales a la velocidad de un decorado teatral.

Todos compiten contra todos, y allí donde el azar o el dinero derraman una lágrima de oro, crece la sorpresa. Aquí, como ocurriera antaño con cantaores y otros artistas, llegan todos a probarse y demostrar su talla. Se ofrecen todo tipo de exhibiciones, competencias y modas. Una de las últimas olas que ha rozado mi curiosidad se llama restaurantes andaluces y, más concretamente, algunas dignísimas apuestas de jóvenes gaditanos.

Uno de los primeros restaurantes que me llamó la atención es Bache (Rodríguez San Pedro, 2), un esfuerzo del joven cocinero Alejandro Alcántara, que nos trae su Cádiz en forma de ensaladilla de buey de mar o gyozas de carrillada ibérica (y también algún tinto curioso de esa tierra de no tintos que es nuestro Sur, con permiso de algunas gemas que de vez en cuando se hallan en las hondonadas granadinas). Lambuzo, (Ponzano, 8) ya tiene dos locales en Madrid; sabor a Cádiz en pequeñas raciones, mucho ruido y guasa, la justa, porque no puedes dejar de disfrutar con raciones como los cigarritos de langostinos y albahaca.

Y termino. Anoto un tercero: Kulto (Ibiza 4): la celebración del atún más atinada que he conocido en Madrid en un restaurante que es necesario dar patadas para entrar en él. Acierto en la calidad y en las salsas ligeras, que rozan lo exquisito.

Sí, Andalucía ya no solo es pescaito frito, salmorejo, ibérico y fino; se acompaña en crecida de un festival de sabores nuevos que manan de sus fuentes tradicionales: mar, matanza, aceite, el fino que destila el sol y los milenios de hombres de campo que comen en las besanas. No hay que perderse La Malaje (Relatores, 20) el restaurante de un cordobés que sería el nuevo lujo de Madrid si los españoles fuéramos chovinistas.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

legislacionperiodistica.wordpress.com

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En España te pueden meter en la cárcel con relativa facilidad. O al menos los escollos son menores que en otros países democráticos de nuestro entorno. Tenemos las prisiones más pobladas de Europa en números relativos, estando nuestros niveles de delincuencia por debajo de las medias europeas. No siempre fue así. Todo comienza a invertir a finales del siglo pasado y la primera década del presente. Unos medios de comunicación crecientemente alarmistas junto con Gobiernos (Aznar y Zapatero, luego) atentos “a dar satisfacción a la opinión pública de inmediato” de manera precoz, llevaron a endurecer de forma súbita numerosos artículos del Código Penal, que se retoca en decenas de artículos en pocos años, y en la mayoría de las ocasiones todo se concreta con la incorporación al mismo de nuevos delitos y penas más severas.

Sucede así que el delito de opinión en sus múltiples variantes reaparece como la novedad imprescindible. Ya te pueden entalegar por escribir una ordinariez en twitter o ironizar con los sueños de un secuestrado por ETA. También pueden acusarte de humillar a las víctimas del terrorismo por recordar “el viaje espacial” de Carrero, o incitar al odio por tuitear que “el fascismo de Esperanza Aguirre me hace añorar hasta los Grapo”. Pero buena parte de estas soflamas, o patéticos encadenamientos de palabras de descerebraos tétricos, no son nada, acaso los restos de ceniza de unas mentes abrasadas. ¿Tienen que dar con sus huesos en la cárcel, además?

Banalizamos el significado de la palabra cárcel de la misma manera que hemos desangrado el contenido de libertad. Una y otra parecen importar poco. Así, privar de libertad a una persona no sería algo diferente al inmovilizado que padecemos en los atascos, en tanto que una temporada en la trena no es más que un tiempo en la sombra a gastos pagados. Se nos olvida con increíble rapidez que hasta en la dictadura de Franco el insulto y la blasfemia se sustanciaban con multas. Y -profundizando algo más- conviene recordar siempre, que el humor, en sus millares de variantes, la crítica, la sátira, el sarcasmo y las innumerables formas de la ironía son los componentes esenciales de esa materia intangible que hace a la persona libre. Encerrar la crítica equivale al encarcelamiento del hombre.

Además (qué patanes son estos impulsores de los delitos de opinión) desconocen que la materia que persiguen con mayor saña por zafia, destemplada y nula carga poética es la más insignificante de todas, la que a muy pocos importa, en la que nadie repararía si los editores de grandes medios de comunicación no la elevarán a titular o la lanzaran al pudridero de la red.

Nadie con talento cae en la torpeza de propalar este tipo de exabruptos que ahora se denuncian. Pero es a esta misma gente a quien repugna más su persecución. Ya les valdría con una buena multa. La sátira de altura, el sublime panfleto están al alcance de muy pocos artistas. Darío Fo y Arrabal los han construido excepcionales, luego, casi nadie más. Animemos a que Fernando Savater o Javier Marías, por ejemplo, lo intenten. Ellos podrían. Sería divertido contemplar qué harían después los señores de las cadenas como remedio universal.

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