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Europa no se cae

www.albertotome.com

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La Europa institucional y política celebra estos días el 60 Aniversario de la firma del Tratado de Roma. Las imágenes, con sus palabras, y hasta las músicas que componen los discursos, destilan tristeza. Se extiende delante del proscenio europeo una pancarta gigante que denuncia lo peor: refugiados, Brexit, un euro en crisis, populismo… Es verdad que se citan los grandes logros: alta prosperidad económica, paz, democracia, etc. pero suena a recapitulación de los viejos triunfos de un gran equipo que embarrancó.

Sin embargo, Europa no es un sueño que acaba en derrota ni mucho menos; es solo una nave golpeada por una brutal tempestad. Pero saldrá de ella. Es cierto que los diez últimos años vienen zurrándola con saña. La recesión de 2008 -que a punto estuvo de laminar al euro- ha arrojado a grandes capas de clases medias y populares al paro, la desprotección y el miedo; ha revelado las dificultades de convivencia con los países del Este -que avanzan alocados hacia el autoritarismo-; ensanchado la brecha económica (y la desconfianza) entre el norte y sur, y dando entrada al populismo y nacionalismo más rancio.

Pero Bruselas, a pesar de todo, a pesar de Berlín, el Brexit y el deshilache generalizado de la clase política europea, resiste. Curiosamente esa burocracia, que tanto se criticó en años pasados (y siempre, habría que convenir), es la que mejor aguanta. Los grandes asuntos: unión económica, monetaria y bancaria, la tecnológica, energética, etc., se ralentizan o duermen en los cajones de la Comisión hasta mejor momento. Pero las pequeñas tareas, no; son como carreras de hormigas que, al cabo del tiempo, acaban por llenar enormes despensas de directivas, normas, subvenciones, becas, ayudas, inspecciones, avisos y presencias. Esa cara b de Europa nunca ha dejado de sonar y las lianas que han venido trenzándose entre los respectivos países no han dejado de ser utilizadas por millones de comunitarios: la libertad de movimientos -pues no existen fronteras- y las becas erasmus, por ejemplo, son algo así como un milagro: una red de intangibles que crea cada día más ciudadanos de Europa.

Claro que todo puede saltar por los aires un día. La historia ha demostrado que los mismos labios que provocan el beso más dulce, pueden abrirse como la persiana que esconde las fauces de la fiera. Pero ahora no va a ocurrir nada parecido. Le está viendo las orejas al lobo del populismo nacionalista y pondrá compuertas. Si Francia y Alemania contienen a las Furias esta primavera, estaremos a salvo y en condiciones de continuar el camino de la construcción europea. Aunque habremos de despojarnos de algunos estorbos pues, ¿es imprescindible continuar soportando a tanto filofascista como crece en el Este? y redefiniendo algunas políticas clave: ¿va a ser Alemania la única nación que dé asilo? ¿por qué no cambiar las vallas que expulsan siempre por las puertas que se abren y se cierran?

Es cierto que inquieta sobremanera observar los apretones de manos entre Putin y Le Pen, o Trump y Farage. Esas amenazas tan explícitas nos deberían animar a ser aún más europeos.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Nos están mareando (confundiendo) demasiado con lo que comemos en los últimos tiempos. Mal asunto. Si de algo debemos de estar seguros es de que lo que ingerimos no daña y, además, es sano. Pero no ocurre así en el clímax máximo de cocineros y fogones, cuando preparar una merluza en salsa verde es prime time y los cocineros Michelin son todos hijos de Zeus, aunque muchos tengan cara de cemento. Resulta que son sospechosos el azúcar, las harinas, todas las grasas, las salsas, los platos preparados, las sacarinas, los aceites de palma y cacahuete y ¡cuidado con el agua que bebes!

Aunque lo más grave es esa amenaza fantasma que sostiene que los platos preparados, precocinados y los aditivos, de acá y allá, que se añaden a centenares de alimentos básicos como el pan, la leche, el jamón… no son de fiar: o te engañan vendiendo por leche de vaca lo que es suero, o te meten grasas saturadas divinas de la muerte hasta por el orto.

Lo más curioso, no obstante, es que quienes divulgan masivamente estas advertencias te aseguran que el alimento sospechoso lo come el pobre. Claro que es un alimento seguro, eso sí, pues casi nadie muere de diarrea ya, pero que te enferma lentamente hasta conducirte sin remisión al mundo de la diabetes, el cáncer o las enfermedades cardiovasculares. Y claman porque abominemos de esas salsas de las que el fabricante solo sabe que no matan; o pugnan porque impongamos al azúcar los impuestos del alcohol (¿por cierto, la cerveza normal tiene alcohol?) y se quedan tan panchos: más sabios y responsables que un Nobel.

En esta situación,  muy pocos de ellos ayudan a dar pistas sobre cómo podemos ir cambiando el ambiente obesogénico en el que vivimos, de qué manera abandonamos las costumbres enfermizas de ingerir el super whopper. Es decir, por qué puñetas la fruta no se ofrece al precio de la gaseosa o el pescado deja de parecerse a la carne (?) de pollo. De esta parte del dilema público solo hablan algunos locos extremistas y ningún poder público ha decidido trabajar en la búsqueda de fórmulas que resuelvan el enigma de por qué el tomate cuesta 5 euros el kilo.

A mí siempre me ha parecido que poner en duda la calidad, y mucho más la seguridad de los alimentos, es una especie de terrorismo. Ese es el miedo “que más mortifica”, y el que más beneficio aporta a los malvados que lo propalan con el fin de achatarrar al adversario.

Estos intrigantes abundan hoy en las administraciones públicas y universidades, centros de investigación, redes y medios de comunicación, convencionales y los que no lo son tanto. Nos cuentan que para alimentar a una población mundial, que se duplicará en el horizonte del 2050, es imprescindible continuar el camino emprendido hasta ahora. Pero al tiempo, su contraparte en la investigación y la ciencia asegura que la mayoría de la ingesta de los países ricos es crecientemente insana y ayuna de calidad, que necesitamos políticas sociales que nos ayuden a salir de este manglar.

La confusión, pues, es máxima y el aparente choque entre la industria alimentaria y una sociedad atónita no acaba de alumbrar resultados saludables. De momento, a los únicos que les va de escándalo es a los vendedores de comida barata, ropa barata, frigoríficos baratos y motos de saldo.

P. D. Un centro de investigación alimentaria valenciano acaba de anunciar el descubrimiento de los genes del tomate de pueblo, o sea, el bueno. Pronto crecerá bajo los plásticos con esa gracia. ¿A qué precio pondrá el kilo el mercado?

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.elperiodico.com

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La noticia de la semana en España quería haber sido el anuncio de que ETA entrega las armas sin condiciones. Pero no. A pesar de tratarse de ETA -la banda que nos tuvo endemoniados durante décadas- ya no estamos para hacerle el más mínimo caso. Que informe a la policía francesa de los lugares donde esconde sus látigos asesinos, y ya. Hasta el día que anuncie su disolución no debería ser más noticia. Ahora que sabemos con certeza que la propaganda conseguida tras la comisión de sus crímenes fue para estos falsos gudaris y su entorno como el oxígeno de los héroes, no vamos a darle ni un titular más.

Quedémonos entonces con otra no noticia de la semana: la torpeza del Gobierno. Sí, porque Rajoy -que se enteró del enredo etarra por boca del lehendakari Urkullu- le abandonan los aliados en el Congreso hasta hacerlo hocicar en una derrota parlamentaria casi inédita: tumbarle un decreto ley. Y es que el Gobierno popular no está entrenado para negociar, y Rajoy, aún menos. No tienen esa habilidad ni están predispuestos al acuerdo. En realidad el PP de los 137 escaños funciona de idéntica forma que cuando tenía la mayoría absoluta en la pasada legislatura: quiero-hacer- lo- que- quiero-hacer-y-si-no-me-lo-aceptan -espero-a-una-mejor-oportunidad. Su especialidad es ver pasar el río y dormir. Solo abandona esa práctica cuando no tiene más remedio que moverse, cuando Bruselas le encañona o la realidad le arrastra en algunas de sus grandes riadas.

Ahora se trata de dar salida al problema de los estibadores en España. Lleva más de dos años sin aplicarse en la búsqueda de una solución y la Comisión multa a España, al tiempo que los consignatarios de buques (más del 60% de todo nuestro comercio pasa por los puertos) amenazan con llevarse el negocio a otros puertos. Después de perder un año largo mareando la perdiz (¿verdad señora Pastor?) al flamante ministro de Fomento no le queda otra que moverse rápido y buscar un acuerdo. Pero los estibadores son gente dura. Los marinos son pajaritos de colores a su lado. Pronto lo sacan de la mesa de negociación con los gorrazos tremendos de sus demandas, una numantina determinación y las simpatías políticas (la mayoría tácticas) de un buen puñado de la oposición.

Entonces el gobierno pasa al plan B, el que mejor maneja y mayores resultados le da: demonizar a los estibadores. Unos señores que ganan 60.000 euros de media, una casta sindical que hacer pasar los puestos de trabajo de padres a hijos… una mafia. Pero no termina de colar del todo. Esta vez no. Vuelve a sentarse con ellos después del tremendo enroque de los descargadores y el fracaso de la negociación de estos con las empresas. Pero lo hace mal: ofrece dinero a cambio de lo que estibadores consideran su derecho y dignidad. Y no tiene más remedio que fiarla a los acuerdos con otras fuerzas en el Parlamento. El PSOE no apoya porque el decreto no va avalado por los sindicatos y Ciudadanos aprovecha la angustia de los populares para desquitarse de tanta humillación a que les somete este partido.

Aunque lo peor de todo es a la conclusión que llegan, y radian al mundo, después del traspié: la legislatura se tambalea porque el Gobierno no tiene seguros los apoyos parlamentarios. De esta manera otorgan otra nueva victoria a la estiba: un puñado de sindicalistas inteligentes y a por todas hace tambalear a todo un Gobierno. Y algo aún más nefasto: vuelve el bloqueo político cuando, que se sepa, Pedro Sánchez no ha ganado las primarias socialistas.

Embassy, closed

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Un Madrid muy amplio prepara de nuevo los avíos del luto: cierra Embassy el día 31 de marzo. Y no es poca cosa la noticia, venida de sopetón. La tetería, bar y restaurante a la vera del Paseo de la Castellana más burgués es uno de los últimos estandartes al aire que quedan del convulso siglo XX madrileño. Rincón singular para la conversación y el disfrute de la gente acomodada de la zona durante los últimos ochentaitantos años, que convivía con los mitos que mejor han aguantado de la II República, la guerra civil y la España de Franco plagada de espías, represión y penurias. Un lugar que creó la inglesa Margaret Kearney en 1931 para que la gente de su clase y cultura pudieran tomar té y pastas en Madrid que, en muy poco tiempo, terminó convertido en la quintaesencia de la comida madrileña tan refinada como estándar: croquetas, micuit de pato, ñoquis de patatas a los cuatro quesos, huevos trufados con patatas, alcachofas confitadas con aceite de oliva, pulpo a la plancha con patatas panaderas, habitas salteadas con langostinos, merluza al vapor con crema de erizos, steak tartar al armañac…

Claro que Embassy no pasará a la historia de Madrid por su carta, sino por detalles como sus insuperables emparedados (que no sándwiches), los filetes tártaros, el delicioso bloody mary y, sobre todo, por sus historias ciertas o inventadas (exageradas siempre) emergidas de entre sus encogidas mesas que terminaron por inundar el barrio y trascenderlo al ser tomadas por la pluma de tanto periodista que por allí pasó, o recreadas por la fantasía de novelistas y poetas.

Su origen británico fue un reclamo para los muchos anglófilos españoles durante la II Guerra Mundial. Entonces la pérfida Albión era un enemigo de igual tamaño que la Rusia comunista. En torno a sus mesas se sentaron toda clase de espías tratando de descifrar las carreras de las mariposas que volaban en la estancia. Las marquesas y las putas (o las putas marquesas que escribió Raúl del Pozo) empedraron sus entrepaños con secretos que, cuando resultaban sustanciosos, eran recompensadas con un choque líquido del mejor polvo de los Andes, que penetraba como una corriente marina de placer bajo la liga de sus tibios y nerviosos muslos.

Más tarde sería la crítica apagada de la ordinariez del régimen de Franco, el aspaviento molesto ante las rudas maneras falangistas y el lamento aristocrático ante la escasez de casi todo. Pero nunca llegó a perder el estilo y se esforzó siempre porque no se cayera de su carta la clase y una cierta distinción. Siendo un refinado local burguesón en el cogollo de la margen derecha de la Castellana, es decir, zona nacional, no perdió nunca el imán que atraía a una cierta bohemia de la pluma y el teatro y, más tarde, del cine y la publicidad. A diferencia de otros lugares distinguidos del gris Madrid del XX, como Jokey, Balmoral o Príncipe de Viana, la izquierda culta se encontraba cómoda en su mesa de desayuno o tomando sus combinados y gin tonic de aperitivo o media tarde. En los últimos años su mito se desvanecía; sin dejar de ser el lugar distinguido, atildado y hasta familiar de siempre, ya no destacaba, no llamaba la atención del nuevo profesional encumbrado, el creador de futuros y el snob. Era solo un clásico.

Sabemos qué ocurre con las frutas maduras en el tiempo del capitalismo rampante y codicioso: se las comen los caimanes o mueren. El lugar es tan apetecible para el especulador como la joven miss para el millonario rijoso. Indemnizarán convenientemente a los cuarentaitantos trabajadores de la plantilla y a otra cosa. Embassy quedará prensada en un puñado de libros y revistas hasta el tiempo de ratas que acabe con ellos y en la memoria frágil de todos los que pasaron por allí.

Los dueños insisten en que el viejo local de la Castellana cierra pero quedan otros dos o tres Embassy en la periferia adinerada de Madrid. Pero es un cuento. Miguel Ángel Aguilar jamás se inspirará en sucursales como la que se abre en vulgares cristaleras chinas junto a la clínica de la Zarzuela, un lugar donde te sirven la ginebra con la cadencia de una meada. El tiempo de las grandes barras y mejores restaurantes desaparece, ahora todo es bulla y música irreconocible.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Periodismo distinto

www.jotdown.es

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Es preciso estar muy atentos para advertir la existencia de nuevos periodistas que -entre tanto tráfico de palabras e imágenes en buena medida vacías y casi siempre dudosas- nos traen relatos diferentes, historias novedosas que llaman nuestra atención y algo aún más raro: estamos dispuestos a creerlas.

Algo nuevo se empieza a mover y crece en el mundo periodístico, precisamente en los tiempos de la muerte del papel prensa, el auge de los monopolios tecnológicos que dominan internet y la sensación creciente de que buena parte de lo que se nos cuenta es mentira o medio verdad, sesgado o parcial.

Cuando los principales púlpitos públicos son ocupados por políticos vociferantes y obscenos, y el llamado periodismo crítico se afana en chapotear a su lado (corrupción, desigualdad, migraciones…), ocurre que por los registros más inverosímiles aparece la grabación de un periodista que se infiltró en una banda criminal y descubrió cómo el tráfico de órganos no es un delirio más de la literatura fantástica, o ese grupo de colegas destripa denuncias, conversaciones y sumarios de víctimas del acoso escolar para revelar que no son hechos aislados, sino una plaga.

Observamos también, aunque aún con los ojos nublados del que padece cataratas, que los nuevos informadores se esfuerzan de manera obstinada en contarnos los hechos de nuevas maneras. Crecen los que insisten en descubrirnos sus hallazgos utilizando las herramientas de la literatura, a fin de dar una dimensión de gran dignidad formal y emotiva a los actos humanos más sencillos o incluso triviales. Es el llamado periodismo narrativo: contar largo y de manera hermosa e indagatoria cómo se rastrea en lo desconocido hasta desvelarlo. Parece un contrasentido esta forma de narrar los hechos en un tiempo en que millones de personas han dejado de leer y cuando la metáfora culta o no se la entiende o se la despacha como una cursilada. Pero es una forma de periodismo que es al tiempo un acto de valentía y acaso una advertencia.

Asistimos también al llamado periodismo transmediático: contar un hecho utilizando todo tipo de soportes: texto, voz, fotografía imagen, el cómic y hasta mil formas del collage, buscando sorprender al distraído de lo cotidiano o el ángulo más atractivo para atrapar al que se aburrió de convencionalismos y abandonó al periodismo acomodado o sometido. Renace, en fin, el periodismo gonzo, protagonizado por jóvenes profesionales que se hacen pasar por otras personas con el fin de rastrear en las inmediaciones de la verdad.

Los grandes de este oficio, cuando la libertad zozobra, han sostenido desde siempre que el periodismo remonta a la postre, porque la curiosidad es algo innato en el hombre. Ahora los nuevos periodistas, en medio del páramo, añaden a esta convicción su determinación para contar lo que nos sucede en este mundo de otra manera sorprendente y más atractiva. En cierta manera el nuevo periodismo tiende a bañarse, una vez más, en las fuentes del reporterismo de los años treinta y cuarenta del pasado siglo para volver a reconocerse socialmente útil, mirar de manera directa qué le sucede al hombre y observar los campos, fábricas y hogares donde vive hasta desvelar sus emociones.

Sí, asoma una nueva forma de narrar qué ocurre a nuestro alrededor, pero todavía es muy débil. Es nuestro deber cuidarla.

La comida del beso

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Comer con un cocinillas suele resultar muy pesado. Y más si el susodicho está en el trance de acabar el segundo curso de Cordon Bleu. También son muy latosos aquellos que en la jubilación les dio por recrearse en su gran afición cocinera y de agasajo que el tiempo de una vida laboral intensa les impidió desarrollar.

Afortunadamente no abundan, o al menos en mi entorno; somos gente de pocos platos, aunque suculentos, y curioseamos solo en aquellas mesas ya catadas por el amigo de confianza. No está mal comentar qué nos parece el plato que empezamos a comer y detenerse incluso unos instantes en aquello que nos llamó la atención especialmente; pero cuando el cocinillas la emprende y da una lección de salsas, a propósito de la exquisitez de una velouté que acabamos de probar y, a continuación, viene un relato exhaustivo sobre las mil maneras de cortar el atún, cuando nos sirven tres formidables trozos de morrillo sobre un plato verde de Tito, y luego ese vino de Toro, que se “viene arriba” así que transcurre la cena, un vino que tiene más historia que el primer viaje de Colón en la búsqueda de las Indias, la cosa comienza a filtrar por el lado más feo del hartazgo, porque llevamos solo dos platos y el menú reza que trae nueve y postres, alamares y las mil despedidas después.

Y nadie puede pararlo so pena de un disgusto colectivo. Porque el cocinillas es simpático, te ha acariciado el buche y los sentidos mejor que nadie en numerosas ocasiones y de él has aprendido que los momentos en torno a una mesa son algo más que vivir disfrutando. Pero cuando se pone palizas resulta imposible. Todos tenemos que saber qué significa sancochar, escaldar o suquet y hasta tener noticias detalladas del lugar donde corre el crestas David Muñoz acompañado, o no, de su explosiva compañera. Aunque es mucho peor en los momentos que alcanza el sublime estadio de la intensidad. Entonces quiere hacer de un trocito de coliflor al dente una poesía a lo Rilke y hasta la olla que dispone para los caldos es depositaria de tanta memoria de sabor como la que exhibe la hija de Arzak en la hornacina principal de su antigua cocina.

Por estas y muchas razones más, siempre que me resulta posible huyo de su cercanía como de la peste y procuro la proximidad del buen conversador, que es muy diferente. Comer deleitándote también con la música de la palabra añade a este placer necesario nuevos e insospechados alicientes. Mover los cubiertos escuchando una buena historia, masticar sonriendo y olvidando ese estorbo eterno llamado tiempo es nutrirse el doble.

Hoy acabo de tener una de esas comidas en un restaurante clásico de Madrid, La Taberna del Puerto (Diego de León, 58). Hemos bebido un rioja agradable y tomado unos berberechos frescos y sabrosos; he pinchado tres rodajas de buen pulpo a la gallega y disfrutado de una lubina a la sal terciada para dos. Y nada más hubo. Félix ha estado hablando hora y media y escasamente dos minutos quien esto escribe. Me ha contado la historia de su primer beso. Sus palabras no han destacado por el calor, el ardor y acaso el paisaje que rodeó tan especial momento, no, han descrito, como acaso pudiera haber hecho un Kafka enamorado, su alboroto íntimo, sus pulmones a punto de estallar y un calor interno que le asfixiaba: algo parecido a la sangre convertida en lava. Y luego la impresión que le produjo el roce de su lengua tibia y las salivas mezcladas: una rareza incalculable entre el asco y el paraíso. La sonrisa enrojecida de ella, después, le sonó a triunfo y limó esos instantes de vergüenza que envuelven los primeros actos íntimos de amor.

Sí, esto es una buena comida y no las que da el chapas del cocinillas. ¡Cuánto mal está haciendo Master Chef y qué miedo da esa señora con apellido de psiquiatra!

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Los rusos

www.taringa.net

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Antonio Ramos, un desenfadado parlón que se presenta como hacker ante el público que acude a la charla/entrevista a dos (el otro es el exministro Eduardo Serra), pregunta a un alto mando militar que asiste al acto (a quien debe de conocer) cuál es el precio de una corbeta de las que fabrica España y vende a Arabia Saudí. “Unos 800 millones de euros”, responde el militar, “ y 350, una patrullera”. Antonio agradece el dato y comenta: “No se puede despreciar el daño que puede infringir esta corbeta en combate al enemigo, pero no creo que llegue a ser nunca tan demoledor como el trabajo de auténticos saboteadores de las redes dispuestos a poner patas arriba a un país por unos cuantos millones de dólares”.

Habla del hostigamiento ruso en el largo periodo electoral norteamericano, que nos trajo a Donald Trump, y del canguelo que ha metido a Europa después. Alemania y Francia, en vísperas electorales, están en alerta; la patria de Voltaire, en concreto, duda sobre si en el caso Fillon, y otras penurias que manchan a su establishment político, no intervienen, además, manos y mentes de fuera del país. La práctica Holanda avanza que no se fía de que no puedan trucar sus redes y manipular los resultados de los cercanos comicios. ¡Hasta debaten sobre la eventualidad de asegurar los resultados llevando todo el conteo al papel como se hacía antes!

Internet nos ha revolucionado. Es tan fenomenal su efecto que conduce al mundo a una nueva era. Pero en esa red inmensa y rapidísima -también barata y plagada de agujeros- se han colado bien pronto “los malos” con la intención de espiar, robar, asaltar, mentir y, al cabo, dirigir a las personas a su antojo. Muy pronto un número suficiente de humanos sospechará de ella y buscará armas para combatirla. Ya son muchos los Juan Sin Miedo que le atizan porque está regando el mundo de odio y mentiras.

¿Y qué nos parece a los españoles el espectáculo? De momento creemos que todo va bien, si exceptuamos unos cuantos episodios de ira, odio y asco. Internet es la ahijadera de los nuevos políticos y la autopista gratis total hasta hace bien poco por la que circulan los flamantes medios de comunicación digital y vuelan sus contenidos de sensación. O sea, un mundo provechoso aún. Nadie nos advierte de que “los rusos” tengan interés por nuestras cosas. Pero, ¿será esto cierto? ¿Tan insignificantes somos que nadie estaría interesado en desestabilizarnos? No deberíamos estar tan seguros. A los malos jamás le gustó la estabilidad. Fijémonos en la ejemplar Suecia, en unos meses de presión la han forzado a recuperar el servicio militar obligatorio.

Nuestra España institucional y política -a pesar del cuajo que exhibe el Presidente Rajoy– pende de un hilo. Faltaría con que Pedro Sánchez ganara las primarias socialistas por 9 votos para que el país vuelva a estar patas arriba: un PSOE hundido para siempre y Rajoy convocando elecciones de forma apresurada. ¡¿Y qué decir de la euforia del podemismo en sus redes?! Si alguien quiere tumbarnos de manera fulminante no tiene más que destinar un puñado de dólares a la red para que esta se emplee a destajo en propalar mentiras, cizañas y basuras.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Se lamenta mi amigo Domingo porque el día que leyó mi artículo sobre la mejor sopa de verduras del mundo -que celebraba las primeras horas luminosas del año- “no le acompañó el tiempo”. El jueves 23 de febrero el cielo de Madrid estaba encapotado por un toldo amarronado de “brumas del Sahara”. Los amagos de primavera en febrero son demasiado engañosos; los belfos del invierno ahuyentan los rayos del sol y el empuje de la primavera aún es niño. Si buscamos luz, claridad, lumbre o el esplendor de la tarde dorada, debemos de acudir a la imaginación o -si esta se resiste- bucear en los recuerdos tibios que nos devuelve nuestra vida o nos lega la literatura.

Por ejemplo, llevarnos a la boca un verso, el último y acaso más sublime que escribiera Antonio Machado en su exiguo exilio francés, en febrero del 39 y solo unos días antes de fallecer: “Estos días azules y este sol de mi infancia”. Ahí se encuentra todo el calor necesario donde acurrucarnos y buscar la caricia feliz de los días de abrazo. Porque el bienestar, el optimismo, la esperanza que estimula la sonrisa y los estados más dulces del hombre vienen de la mano de la claridad y el sol.

Nuestro Mediterráneo está repleto de canciones, inscripciones, papiros, discursos y literatura en los que la felicidad, el placer y las emociones que perduran en la memoria vienen de la mano de la transparencia de nuestro sol, su tibieza y color. Los unimos a la infancia al creer que solo los alcanzamos siendo niños, pero no es del todo cierto. Lo verdad es que la niñez -estado de inocencia- atrapa de manera más intensa y sincera lo auténtico, que se nos agarra al alma como tatuaje indeleble. Pero la claridad, el calor que se nos cuela domado por la piel y “los momentos”, no es privativo de la infancia, nos sigue como beso de enamorado toda la vida sin que nos demos cuenta la mayoría de las ocasiones, pues estamos demasiado ocupados en defendernos de ese pulpo que nos ahoga en la vida diaria.

No es casualidad que todo el mundo blanquísimo del norte busque de manera tan desenfrenada el sol, ni que los habitantes del sur, tan curtidos a causa de sus rayos, le continuemos adorando como el único dios cierto. Como casi todo lo sustancial que hemos llegado a conocer los hombres, fue anticipado por los poetas. Luego vinieron la experiencia y la ciencia para confirmar la relación íntima de nuestra temperatura corporal con esa parte del cerebro que llama al optimismo, la celebración y, en general, los estados de bienestar sensual.

Así que a falta de sol y de lumbre, acudir al recuerdo es como vivir ese tiempo de panales silvestres. Todos hemos consumido el mejor vino de nuestra vida bajo una parra de levante, o disfrutado de una cerveza única plantando cara a un sol rojizo que se revienta en el horizonte. Buscamos en el restaurante la mesa que mira a esa luz que nos alcanza esa maroma de aire transparente a través de la cual penetramos el horizonte y, en nuestra terraza de verano, tenemos una hora fija para hablar de amor con el vientecillo.

Sí, amigo Domingo, se trata de reanimar el niño escondido junto al corazón y dejar que busque el mejor recodo para nuestro bienestar. Para saber dónde anida la mejor temperatura, no necesitamos averiguar el lugar de la plaza donde se sienta el cura a leer el breviario, o se hace un ovillo el gato, sino arrumbar de manera rutinaria tanta consciencia que nos refleja una realidad tan triste.

Anoche llovió barro en Madrid. Lo supe al ver por la mañana los coches hechos un churrete. Pero no me he dejado vencer. Ahora sueño que viajo en un jeep polvoriento, con aquellos que quiero, camino de un oasis en el corazón de Libia. Google Maps nos informa de que allí la guerra no llegó y se mueven unos cuantos puntitos blanquecinos que nos esperan.

Es un lugar al que ahora no van los ricos por miedo y los precios caen en picado. Con un gran esfuerzo nos lo podemos permitir. Vamos a pasar unos días bajo el sol de las palmeras y la paz del Islam. Domingo, ¿a que este viaje es tan excitante como nuestros juegos de niños? El placer siempre está más cerca del calor y la imaginación. Si a ambos le unimos la piel, ya tenemos la otra triada divina.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.eldiario.es

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España no sale del juzgado. Tras una década empleada en la instrucción de innumerables casos de corrupción y derivados, enfilamos otra larga temporada de densas vistas orales, fallos judiciales, recursos mil y casaciones. Este desvarío histórico es demasiado largo en el tiempo como para que nuestro viejo edificio nacional no se resienta y mute en ruinas de la más diversa índole.

Las alarmas de la corrupción lo pringan todo. Estamos en un momento en que nadie sabe si podremos salir del légamo de la desesperanza. Cualquier detalle de color en el horizonte pardea en días u horas a veces. Los datos sobre la mejora de la contratación laboral a pocos animan; la gran noticia, ya estable, del turismo en crecimiento permanente no satisface, y quién sabe si no vuelve a haber elecciones generales este año de nuevo, a pesar del gesto del razonable PSOE de la gestora, que se abstuvo para que nuestra nave tuviera siquiera un piloto tuerto y mutilado.

¿Qué nos pasa? Los comentaristas políticos y analistas sociales tienden a buscar los culpables en los grandes directores sociales: gobiernos, políticos, empresarios…. élites, en definitiva. Sus grandes equivocaciones han hecho crecer el monstruo de la desconfianza (y el hastío y la ira) hasta convertirlo en una hidra que multiplica sus cabezas por el mundo atufando con su hedor, primero, y amenazando con destruirlo a dentelladas después.

Pero no deberíamos descargar todo el vacío de nuestro despiece sobre ellos. Algo tendrán que ver también aquellos que deciden tirar por calle de en medio y buscar la solución a golpe de plebiscitos. Y llegado hasta aquí, es obligado volver, una vez más, al pensamiento de Hannah Arendt (siempre Arendt cuando rondamos las inmediaciones de los totalitarismos) y recuperar textos como este: “El populacho es principalmente un grupo en el que se hayan representados los residuos de todas las clases. Esta característica hace fácil confundir el populacho con el pueblo, que también comprende todos los estratos de la sociedad. Mientras el pueblo en todas las grandes revoluciones lucha por la verdadera representación, el populacho siempre gritará en favor del hombre fuerte, del gran líder”.

A estas alturas son demasiadas las personas cultivadas, inteligentes y ponderadas que advierten del peligro. Mas, como hace más de una década, la ausencia de reglas y la codicia impidieron ver el colapso que se cernía sobre la economía y el aplastamiento de amplios grupos sociales en Occidente, ahora la imperiosa necesidad de los nuevos políticos de “asaltar los viejos sistemas corruptos para achatarrarlos y redimirnos como sociedades” hace imposible detener esa deriva de ofuscación, que tiene todas las trazas de conducir a la liquidación de la democracia.

No hay nada más que observar nuestro patio y alzar la vista por encima de la endeble tapia que nos separa del mundo. Aquí, Podemos y populistas orgánicos como Pedro Sánchez se presentan como la solución acudiendo a la opinión de la gente (¿el populacho de Arendt?), y allá en el mundo, Trump es la hidra que no logró matar Hércules, que reaparece de nuevo en la historia multiplicando sus cabezas en Europa. En tanto que no advirtamos que son la libertad y la democracia las que se nos vienen licuando, no entenderemos lo que nos ocurre. La ira contra el corrupto inspira más que la necesidad de libertad.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Comer en parques, jardines, plazas o sentados en los tradicionales bancos de las calles es un hábito creciente en las grandes ciudades españolas durante los últimos años. La tartera o el tuperware van perdiendo terreno ante el empuje masivo de las comidas preparadas que ofrecen supermercados e innumerables nuevas expenderías. El sándwich insiste y persiste el buen bocadillo, ese “socorro” del joven sin una perra. Luego está el ansiado y tibio sol de invierno o la semisombra y el airecito callejero de mediodía que te llaman diciendo ven.

El viernes 17, primer día después de semanas de encapotados y acerados cielos o blanquecinas telas de araña ladronas de sol, decidí comer un bocadillo de jamón acompañado de una lata de cerveza Estrella de Galicia bien pegadita a la pierna. Catorce grados mágicos volando en el ambiente y quizá dieciocho al sol. Fantástico. Unas palabras con la cortadora de jamón: “Hoy no damos abasto, todo el mundo quiere patita de cerdito” y el ojeo de un buen asiento en la amplia plaza, perfectamente rectangular, donde los árboles podados este invierno se yerguen hasta el cielo, robustos y desnudos como cuadros en boceto.

Una joven madre trata de dar de comer puré de verduras a un bebé que patalea, ríe y escupe al mismo tiempo. Es tan hermosa como apurada parece. No se desprenden de su boca otra cosa que sonrisas y canciones. Gesticula como un mimo suave y exhibe unos brazos y unas manos múltiples como la diosa Shiva. Ora son las alas de un avión que cae en picado repleto de blandas y esponjosas bombas verdes, ora son un molinillo amistoso que bambolean al bebé tal cual un saquito de amor. Y canta como una cotorrilla contenida cancioncillas de niñera -o solo sus estribillos- sin parar y sin mirar. La salmodia menuda es tan dulce y adictiva que atrae a un buen puñado de gorriones que nos rodean de píos: “Aserrín, aserrán las maderas de San Juan/ piden pan y no le dan/ piden queso, le dan hueso”… “Pajaritos y jilgueros/ que habéis comido/¡sopitas del cielo!”… “Palmas, palmitas/ higos y castañitas/ azúcar y turrón/ para mi niño soooonnnn”.

Es un rato casi imaginario que no termina nunca o se esfumó rápido, no lo sé. Debí de dar dos o tres mordiscos al bocadillo y ni siquiera abrí la lata de cerveza. La madre limpió la boca, la cara y las manos del bebé con la determinación de quién escamonda una mesa después de un festín, pero con bayeta de seda. Se levantó entre canciones: “Tic, tac, el reloj hace tic, tac/ tic, tac hace el reloj…”, me dejó boquiabierto y borró de mí para siempre el recuerdo más insulso del mundo llamado sopa de verduras.

Después de décadas había visto realizado ese milagro de las madres que logran hacer comer semejante menjunje – soso, amargo y aburrido- a unas criaturas que no tienen otras marchas que escupir, tragar o berrear. Y entendí por qué las mantuve tiesas durante una eternidad con estas cocidas de la huerta.

Las verduras me encantan, pero acompañadas de “algo que arrastre”, que decía mi abuela Gonzala; abundantes en el cocido, mezcladas con huevo o repletas de condimentos y caldos sabrosos. Claro que, como la mayoría de nuestros tabúes, este rechazo absoluto por las “verduras cocidas y viudas” se me cayó un día de forma tan inesperada como se me desprendió aquel diente de leche al atacar de niño una magdalena. Fue en un restaurante de las inmediaciones del Chillida Leku, aquella maravilla de esculturas en la naturaleza que la codicia de los herederos del gran artista español y la mollera de sebo de las autoridades vascas impiden que el mundo disfrute. No recuerdo su nombre. Era grande y parecía estar perdido en la espesura verde del monte. No daré más vueltas. El cocinero y dueño me retó: “Si no te gusta esta sopa de verduras, te sirvo el plato que quieras y os invito a comer a los cuatro”.

Una sopa única. Le acompañé a la cocina al terminar; observé la gran olla de acero casi mediada de aquel manjar y luego atravesamos una suerte de pérgola apartando sillas y acariciando dos o tres perros rabotineros hasta llegar a la huerta. “Hago sopas de verdura todo el año. Son iguales y diferentes siempre”. “¿Siempre están así de buenas? ¿Cuál es el secreto?” “Sé de varios secretos; el mío debe de estar en los productos que nunca faltan: aceite de oliva, que me llega de Jaén, patatas y puerros de la huerta, nuez moscada, clavo y una cucharada de nata de leche de nuestras vacas adornando el plato” “¿Algo más?” “Sí, canto mientras cuece y a veces le echo un vaso de chacolí, jajaja”.

En mi tierra andaluza se dice que “en febrero busca la sombra el perro”. El viernes en Madrid no me hizo falta el árbol: me olvidé hasta del sol. El espectáculo de alimento y amor fue todo. La joven madre llamó al bebé Whu en todo momento. Cuando se marchó abrí la cerveza y me la tomé de un trago.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

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