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Banquero, banquero

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La banca mundial cometió tantos abusos de codicia que sumió a Occidente en una crisis económica monumental, que aún arrastramos. La española no le fue a la zaga. Aquí, cajas y bancos, por ese orden, concedieron hasta 2008 hipotecas y préstamos personales a todo aquel que llegaba a sus oficinas con una nómina o su primo como aval. El vendaval que provoca la caída de Lehman Brothers lo desarbola todo hasta tal punto que nuestro país supera los seis millones de parados y cientos de miles de familias no pueden pagar la hipoteca.

En un primer momento, las instituciones financieras hacen poca cosa para aliviar el drama de tantas familias. Crecen de forma alarmante los desahucios. Las primeras protestas ciudadanas fueron incluso festivas (el vídeo de un grupo sevillano cantando y bailando la rumba “Banquero, banquero” en el amplio hall de la sede del Banco Santander en Sevilla dio la vuelta al mundo). La banca se preocupaba sobre todo de que estas protestas no tuvieran eco en los medios, mientras el movimiento de protesta crecía tanto que las manifestaciones ante las viviendas a desalojar y los escraches sobre responsables políticos de actos tan insociales, se generalizaron hasta abrir los telediarios durante largos meses. La corrosión de la imagen de la banca fue tan enorme (aún está muy lejos de recuperarse) como la sangría económica a que le condujo la pésima gestión de la crisis.

Y no aprendieron. Poco después vinieron las preferentes. Las miles de personas (buena parte jubilados) que las habían comprado -“porque la melodía que las promocionaba sonaba a música de Mozart” – se opusieron, incluso con fiereza, pidiendo ser resarcidos del engaño. Pero la mayoría de las entidades, casi todas cajas, trancaron las puertas y dejaron hacer a una legión de abogados ávidos de comisiones y porcentajes que empapelaron los juzgados, primero, y ganaron luego millares de pleitos por goleada. A la postre, desalojos y preferentes han costado a la banca un potosí y su descrédito. En estas batallas solo ganaron de verdad los abogados y el periodismo sensacionalista.

Ahora tienen una nueva patata caliente entre las manos: cláusulas suelo. El Tribunal Superior de Justicia europeo sentencia que la banca debe pagar. Se calcula que el nuevo desembolso puede superar los 4.000 millones de euros. Pero las financieras, otra vez, comienzan a remolonear, a dar pasos contradictorios y trasladar un malestar enorme. Vamos que no quieren ver el problema de frente. Los abogados, claro, se frotan las manos. Vislumbran otro momio. Más de mil millones se podrían quedar en el camino entre tasas y servicios profesionales si se va a la confrontación judicial.

En esta ocasión el Gobierno espoleado por el PSOE (en concreto por Valeriano Gómez, un socialdemócrata sin adjetivos, que sostiene que la negociación y el acuerdo están en la base misma de la democracia) quiere meter cuchara en el guiso. Pero es muy difícil tomar decisiones ejecutivas cuando el caso exige resoluciones judiciales. Con todo, un acuerdo, que espantaría a tanto abogado moscón sería factible si la banca se aviniera a razón; porque está obligada a pagar, pero si yerra en el método de nuevo, seguro que le tocará apoquinar más una vez más.

El presidente de Bankia (¡qué aguante el de este hombre¡) afirmó el pasado jueves en un acto público que la banca española ha tenido que elevar a reservas durante la crisis un monto total superior al 30% del PIB, o sea, unos 300.000mill€. De continuar con la miopía tendrán que seguir provisionando aún más. Y es que los banqueros no están de moda, para más inri.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

La intolerancia de nuestras sociedades, que se licúan, ha encontrado un nuevo agente patógeno causante de grandes males: el azúcar. Como ayer ocurrió con el tabaco, el terroncito del café de cada día se nos presenta como la ración de cianuro que ingerimos de ordinario por inconsciencia. Ante el alud de ira dulce que despeñan los medios de comunicación infectados por las redes, no es posible la réplica por parte del hombre desnudo y aislado en que nos convierte esta paradójica sociedad global.

La penúltima ventisca, imposible de batir, la trae un señor anónimo hasta hace unos días que con una cuenta de twitter de veintitantos seguidores y una máquina de fotos va prendiendo las redes (y de inmediato los llamados medios de influencia) con imágenes bien construidas de modestos y cotidianos productos alimenticios que esconden el mal tras una presentación impecable: el yogur, el bote de mayonesa, la lata de refresco…. ¿Quién hubiera pensado jamás que una hamburguesa chorreaba de ketchup te conduciría de la mano, y con toda satisfacción, a una diabetes irremediable o a un corazón tan chirriante como una caja de cambios antigua.

Pero eso ocurre. De repente se desvanece la evidencia de una alimentación humana contrastada durante siglos, que informa de que ningún alimento es pernicioso per se, sino el uso y abuso al que le sometamos y en compañía de quién lo hagamos manduca. Las redes pretenden matar en unos meses la historia de la alimentación humana y un siglo largo de rigurosos estudios bromatológicos. Ya nadie desempolva y trae a la luz de nuevo el magisterio de Grande Cobián: “Comer de todo un poco de forma regular, dar largos paseos con los amigos y hablar y procurar divertirse con la familia”. Bien sencillo, como se ve.

Es cierto que en la eficaz propuesta del hombre sin historia armado de una cámara de fotos, una web y una cuenta de twitter con la que repicar desde el campanario de internet, no hayamos nada incierto, pues cada producto contiene el gramaje de azúcar que indica. La radicalidad de su mensaje (el miedo) lo encontramos al contextualizar el discurso: el azúcar lo envenena todo. Si hasta ayer el foco de esta forzada nueva plaga se puso en las bebidas azucaradas hasta hacerlas merecedoras de castigo con un impuesto especial, hoy ese estigma quiere alcanzar incluso a la muy popular y humilde pizza.

Como quiera que apretando un botón, más de veinte millones de españoles abren una ventana íntima al mundo a través de Facebook, o con sesenta euros, ida y vuelta, puedes aplicarte una juerga de escándalo en Berlín, empezamos a creer que nuestras costumbres e historia pueden modificarse de manera tan caprichosa y rápida como se nos presenta la exitosa serie “El Ministerio del Tiempo”.

Lo queremos todo y ahora. Si el consumo de azúcar mal administrado ayuda a la obesidad y está en una larga lista de estragos médicos, eliminemos el azúcar de la alimentación encareciéndola y metiendo miedo al personal. ¡Qué receta tan magnifica! ¿En qué desván abandonamos eso que llamamos educación, información cierta, formación de profesionales, publicidad veraz y comercio regulado? Parece que trabajar con esos materiales es demasiado complejo, improductivo y lento en el siglo de las redes.

Hasta se hacen experimentos para certificar cómo vive, segundo a segundo, el ser humano sin consumir un gramo de azúcar. Y concluyen que es un hombre más feliz y relajado. Qué pena, esta lógica dictatorial puede conducirnos a buscar en breve al hombre anaeróbico, pues nuestro aire está tan contaminado que nos mata. Es claro que la razón está en un estado de forma pésimo, la burricie gana por goleada a golpe de pantallazos e intolerancia.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.lalegiondeakhtnazael.blogspot.com.es

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El año político y algo más empieza el 20 de enero, el día que Donald Trump toma posesión de la presidencia de Estados Unidos. Todo lo demás son cuestiones de índole menor. El mundo entero está pendiente de lo que pueda hacer en los próximos cien días un personaje tan estrafalario como decidido, pero sobre todo inimaginable en la presidencia del país más decisivo de la Tierra.

El destino ha querido que el gran ensayo general de los populismos más silvestres aparecidos en Occidente como consecuencia de la crisis de 2008, se haga realidad en la primera potencia política, económica, militar y cultural del mundo. Todo está por comenzar. Hasta ahora sólo hemos asistido a conjeturas y alertas, pero poco más. El ricachón de los casinos en esta larga transición, que va del 9 de noviembre al 20 de enero, viene mejorando a Lenin: por cada paso que da hacia atrás avanza dos hacia adelante. A pesar del horror que ha causado su elección en el mundo democrático y lo impracticable de muchas de sus políticas anunciadas, todavía no ha renunciado a ninguna de sus locuras. Llegará a la Casa Blanca con las mismas promesas y las mismas maldiciones que vociferara en sus mítines del pasado otoño. Este toro está sin picar.

El ghota de Nueva York y Washington y la sorprendida aristocracia de las tecnológicas de la Costa Oeste no han dejado de hacer tronar las alarmas desde la noche del 9 de noviembre; de la misma manera que el mundo de los negocios no sabe cómo calmarse y, sobre todo, cómo serenar a los mercados. Pero de nada ha servido derramar tanto miedo. Trump mira al frente, como sus fervorosos votantes blancos de las amplias zonas industriales de Norteamérica devastadas por la crisis, sin permitir que por los rabillos de sus ojos se le cuelen otras imágenes que las que lleva grabadas en su cabeza.

La razón nos traslada que es imposible que un presidente norteamericano cambie el whisky por el vodka y que maltrate de palabra a los chinos que le mantienen su fenomenal deuda pública; espanta a cualquier estudiante de segundo de económicas que pretenda hacer trizas las reglas del libre comercio mundial siendo su país eminentemente exportador, y que pretenda llevar a Centro y Suramérica al colapso económico. Pero nadie nos puede asegurar en este momento que no vaya a intentar con toda determinación y ahínco cumplir con estas barbaridades.

Teniendo esta noticia sobran los demás titulares. Sobre todo si observamos por un momento el traqueteo de nuestra España sin alma. Tenemos por fin gobierno, ¡Aleluya! Pero el único cambio habido es que a los ministros se le ha caído la coletilla de “en funciones”. Rajoy sólo saca adelante aquello que el resto de las fuerzas políticas ceden por debilidad, porque él no se esfuerza lo más mínimo. Le fue de perlas durante un año en funciones: ¿por qué había de irle mal otro más si hace lo mismo?

El Gobierno, más allá de la lucha de Santamaría y Cospedal para intentar salir más y mejor en la foto, y los fuegos artificiales marca “diálogo, diálogo”, va al tran tran. Estamos en enero, sin Presupuestos del Estado para este año, y Montoro ni siquiera ha tenido necesidad de elevar un decreto ley de prórroga de los anteriores. ¿Qué más da, parece decir, si nadie le va a pedir cuentas. ¿Están en ello los socialistas? ¿Podemos sabe qué significan los Presupuestos? ¿Y Rivera? ¿Dónde está Rivera?

Definitivamente, sigamos a Trump y sus tropelías que pronto vendrán las elecciones francesas y alemanas después; y por favor, que no lleguen noticias de China durante mucho tiempo.

Restaurante único

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Uno de los grandes dolores de cabeza de las administraciones públicas occidentales durante los últimos cincuenta años ha sido cómo establecer normas para regular la competencia entre empresas o, más en concreto, que trabas o impedimentos poner para que el pez grande no se trague al pequeño. Se han librado batallas por millones en todos los países de la OCDE, pero las medallas -sobre todo en los últimos tres lustros- se las vienen colgando casi siempre los grandes, al tiempo que los bufetes de abogados de postín se hacen de oro.

Así las cosas, los grupos empresariales atacan al mundo y se hacen tan enormes que emprenden nuevas batallas contra los gobiernos (o lo que queda de ellos) para conseguir no pagar impuestos, o que estos sean ridículos. De estas maniobras más recientes comenzamos a tener interesantes noticias en Europa en los últimos años. Las grandes tecnológicas y monstruos del transporte, la logística y el entretenimiento, en su mayoría norteamericanos, le echan un pulso a Bruselas que todo el entendido en la materia predice que solo es cuestión de tiempo para que Europa ceda.

Pero no son sólo los empresarios adolescentes y millonarios californianos los que arremeten, también los chinos -ocultos tras sus caretas de ópera- y decenas de miles más de otras zonas del mundo practican similares desafueros a cubierto de paraísos fiscales, banca informal y demás tramoyas jurídicas inextricables para el conocimiento humano. La misión que persiguen todos ellos es siempre la misma: ser únicos, aniquilar la competencia, convertirse en el Uno por encima de las leyes (o escribirlas ellos mismos) e incluso de la historia más perversa. En menos de medio siglo observamos cómo vamos pasando de estados regulados y con un razonable poder tutelar público, a enormes empresas casi sin control que pasan sobre las naciones y sus ciudades como Godzilla por las torres de un Nueva York apocalíptico.

¿Quién queda a salvo de este poder absoluto de la empresa? Hasta hace bien poco creía que estábamos a cubierto de esta mudanza salvaje los últimos poetas libres -pongamos que de Baudelaire a Ginsberg y una docena más entre ellos- y yo cuando les leía. Y también al caer por la tasca de Serafín para tomar unos vasos de cosechero de Zamora acompañados de unas rodajas de chorizo picante y rabanillos cortados. Pero resultó que estaba equivocado: mi gusto era de quincalla; le dieron el Nobel literatura a Bob Dylan -un recolector aventajado de aquella herencia de versos- y “el mundo de la cultura” vomitó. Además, Serafín nos dejó al pasar el verano. Cerró el bar y marchó a su pueblo. El pasado domingo me dijeron que apareció colgado de la viga maestra de la cuadra donde creció junto a sus padres.

En los resúmenes del año a los que con tanto afán se aplican los periodistas becarios y otros que no lo son, leo sin que me cause estupefacción alguna que los restaurantes en cadena concentran ya un tercio del mercado en España, y que la franquicia es su principal vía de expansión: un 65% de estos establecimientos están organizados en cadenas (Diario de Gastronomía 29/12/2016). Tenemos que rendirnos, en pocos años nuestra opción de restaurantes (no siendo ricos, claro) serán dos: el azul y el rojo. Claro que ambos estarán financiados por el mismo grupo bancario y operados por la misma tecnológica.

P.D.- Un vecino me dice que Serafín cerró el negocio porque no quiso traspasarlo a un chino, el único que se mostró interesado. Pero ya nadie lo podrá comprobar.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

La comida o la vida

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Acabo de salir del restaurante El Pimiento Verde (Quintana esquina con Princesa, en Madrid) y me dispongo con voluntad firmísima a dar un largo paseo hasta mi casa. Pep y yo hemos comido lo mismo: alcachofas nuevas a la plancha y dos lenguados medianos al horno. Apenas hemos catado el pan y nos han abierto un rosado navarro de este año, recién embotellado (un buen número de palets de este vino, aún bailando en carbónicos, camina hacia Norteamérica en barco para hacer más llevaderas las fiestas navideñas a los demócratas yanquis, tan ricos como llorosos las últimas semanas). Una comida, como se puede entender, ligera; pero necesito caminar, andar una hora al menos a paso vivo, para destrenzar la barriga y aflojar las sienes, pues este diciembre de comidas, copas y cuchipandas está siendo demasiado duro.

La pasada noche fue la cena de la peña de amigos, que nos encontramos los segundos jueves de cada mes (¿por qué esa fecha?) desde 1985, y aún resistimos en ella a pesar de tantos estómagos maltrechos y los muy cambiantes humores de unos y otros. Fue en el restaurante El Llar (Fernández de los Ríos, 9), un antiguo asturiano de fabadas feroces y exquisitos pixines entonces, y hoy de la mano de Hilario, un portugués que parece no haber roto un plato jamás y que creo que es del Madrid. Croquetas, ensalada mixta tapada con ventresca corriente, huevos rotos del montón, aunque, eso sí, con patatas correctas, buena merluza frita, vino de Rioja, apretado y sin restricción, y la condición inexcusable de que esa noche solo puedes hablar con el que tienes al lado y enfrente (éste, con esfuerzo), pues el ruido es el denominador común incluso disfrutando del reservado.

Pero a mediodía había sido la comida de la empresa. Santa Rita (Santa Feliciana, 16) se llama el restaurante. Abrió este verano y parece ir bien. Se trata de una brasería con platos inspirados en la cocina vasco-francesa, en ocasiones exquisitos. Pero en estas fechas -aquí como en la gran mayoría de restaurantes- no lo son. ¡Bastante tienen con que casi todo le salga correcto con el trote que damos a cocinas y camareros! (Algún día contaré por qué baja la calidad y el servicio en estas fechas). Tienen una ensaladilla rusa para recordar y una atención encomiable, aunque la bodega es demasiado corta.

Claro que la noche anterior había cenado con un nutrido grupo de viejas glorias en pasadas guerras en un club privado de la Plaza de Santa Ana, cuyo nombre no recuerdo ahora (espero que salte del bombo de mi cabeza antes de que ultime este repaso mínimo de zampadas y flatos). Aquello parece un club de tíos antiguos que resistieran en pie, nadie sabe cómo, después de muchos años de guerra y centenares de noches de bombardeos. Una escalera desangelada, turbia y laureada con mil desconchones, se abre desde sus cinco o seis entreplantas a amplísimas salas que bien pudieran servir para ensayar bailes o almacenar añejos atrezzos de teatros costumbristas y barrocos ¡Pero nunca como salones de comedor!

Nos dispusieron a la veintena larga de viejos gladiadores (incluidos los ingenieros de caminos, todos ellos dispuestos en perfecta alineación) en torno a una mesa enorme y rectangular -que más parecía la tarima de un escenario de teatro universitario- y nos trajeron una serie de pequeños platos que no recuerdo ninguno, a pesar de que aún me molesta la estampa, entre el pálido y el beis, de unas albóndigas de merluza. Lo mejor de todo fue el vino que nos regaló el amigo Rafael. Irving se llama; es un syrah que se hace en la parte más alta de las heladas mesetas granadinas de Baza y que acabará redondeado en un magnífico caldo así que pasen unos años y las cepas adquieran cuajo.

Ese mismo día había comido en Bienmesabe (Santa Engracia, 72) con mi antiguo y obsequioso amigo Alfonso. Nos había dado por la cosa andaluza y nos pasamos de raciones. Una buena almáciga de boquerones fritos y tiernos taquitos de cazón fueron retirados por la camarera paraguaya con cara de asombro.

Y no sigo. De esta guisa suceden los días en este Madrid, decembrino y prenavideño, de la representación, las costumbres sociales, ja, y el estúpido postureo moderno. Así que los Reyes Magos se pierdan en la penumbra de la noche del día 7 de enero, legiones de personas abrumadas por el exceso y la culpa llenarán los gimnasios hasta inundarlos de sudor, en tanto que otros miles atascarán las farmacias en búsqueda de cataplasmas que les reparen. El resto nos arrollará de nuevo en las calles con sus carreras alocadas y a deshoras, como he contado con reiteración y lujo de detalles en estos apuntes que nunca quieren alejarse en exceso de eso que llamamos buena vida.

P.D.- Ahora recuerdo el nombre del privado, se llama Club Argo, Plaza de Santa Ana, 7. Joder, qué lugar.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Rendirse a lo pequeño

alberto-ilieff.blogspot.com.es

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Nuestro mundo institucional y público (también el cultural y periodístico) está saturado de grandilocuencia; palabras y eslóganes como globalización, cambio climático, inteligencia artificial, espionaje planetario y tantos más lo impregnan (manchan) todo. Con ellos nos quieren describir qué es el mundo actual y al tiempo imponernos unas metas imposibles de alcanzar, sobre todo porque no entendemos lo que nos quieren decir.

“Estas políticas nos llevan al pleno empleo”, proclaman, “España ya ha dejado atrás la crisis, todo el mundo nos felicita”. Pero aquello que observamos en nuestras casas y alrededores no nos traslada nada de ello; con demasiada frecuencia canta lo contrario. Así es que cada vez estamos más alejados de esas personas y sus máquinas que nos anuncian un mundo feliz tan abstracto.

Claro que nuestra decepción no acaba aquí. Si tenemos sentido crítico y acudimos en búsqueda de luz y consuelo en la orilla de aquellos que dicen representar a la gente, nos encontramos con que sus soluciones más extraordinarias consisten en poner un impuesto a la Coca Cola o que Iberdrola proporcione luz gratis a los pobres, pues ambas multinacionales ganan demasiado dinero y sus máximos dirigentes son ricos.

Así que no entendemos a nadie y ningún líder social del momento parece que toque tierra de verdad. Un buen alivio para zafarte de las garras de este extravío histórico que nos aturde pudiera ser el retorno al disfrute de lo pequeño, de aquellas cosas, palabras o emociones, que se pueden tocar, comprender y sentir.

Si nos abrimos a espacios por donde caminan personajes de ficción tan humanos como mágicos, lo probable es que vengan a nuestro encuentro los cuentos breves, intensos y precisos de Munro, o los relatos de Chejov, sensibilidad y humor recostado siempre; incluso nos atreveremos de nuevo con la fantasía dolida del Kafka más selecto o la explosión del miedo más innovador y desconcertante que creó Poe para siempre jamás.

Pero también tener el oído alerta a las historias mínimas que cuentan en la radio mujeres pobres que reconocen como un gran logro personal el haber podido comprar este invierno una estufa con la que calentar el salón; o ese recado que sale de la boca de un sindicalista cuando sostiene que a medida que hay más trabajo, más pobre es el obrero. Palabras como las de Manuela cuando denuncia con voz serena cómo la diputación lleva cinco años prometiendo que ya va a llegar la acometida de la luz, pero ella lleva más de un lustro a oscuras, o la petición de Lorenzo clamando por un préstamo de 10.000€ con el que mantener en pie su negocio de queso artesano, pues de lo contrario tendrá que cerrar así que pasen las fiestas.

El arrinconamiento del populismo y la recuperación paulatina del crédito de los políticos también pasa porque nos rindamos ante lo pequeño. Nadie nos relata el mundo que nos envuelve con palabras emocionadas que se entiendan. Sin ir muy lejos, ayer mismo el periódico de mayor difusión en España, El País, titulaba en portada así: “PP y PSOE pactan los límites de la reforma constitucional”. ¿Y qué? dirá la mayoría. Las palabras ya no viajan con el morral repleto de significados concretos; parece que también hubieran sido secuestradas por la realidad virtual o el gigantesco performance en que el nuevo capitalismo ha convertido el mundo .

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Cada uno siente que está más cerca de los dioses donde quiere. Ese cerca (o con) suele coincidir con un momento de felicidad o, más modestamente, de placer. Nuestras iglesias -y muy especialmente la católica- nos situaron la gloria en los cielos y la pena en el suelo: lo bueno está arriba y abajo, la rebusca. Merodear por el cielo es, entonces, sinónimo de felicidad y gusto: en tanto nuestro deambular sea más alto, mayores serán los goces.

Claro que esa visión tan acabada de Dios=felicidad eterna la viene erosionando el tiempo desde hace algunos siglos. Relatar los pasos dados en esta deriva sería obra de enciclopedistas; quedémonos para el caso (este artículo) solo con una conclusión muy provisional: también en el suelo lo podemos pasar muy a gusto. La gran mayoría de occidentales al menos lo cree así. Provistos de un beso, un buen tenedor y los ojos abiertos a la naturaleza y las gracias de los hombres, estamos dispuestos a esperar la llegada (o no) del paraíso sorteando con la risa esta tierra sembrada de cepos como calvarios.

Este pensamiento en acción es el que detestan miles de curas, imanes y popes. Pero qué le vamos a hacer, al fin y al cabo nadie les impide atiborrarse de angulas y buenos vinos en sus refectorios tan confortables.

Hoy tocar el cielo es sentir que estás en él después de trasegar una jornada particular desvelando el vino nuevo en los lagares de la sierra de Montilla. (Vino chiquito, algo carbónico, con chispas dulces y esa arquitectura del caldo grande que será dibujada en el paladar); en el primer bocado que das al rugette, recién salido de la piedra ardiente y apenas abierto, que te ofrece un chiringuito de Asila; en dos copas de champán barato en un bar anónimo y limpio de la Viena otoñal que comienza a devorar la noche al paso de una carreta de percherones, que lleva el último porte de cerveza del día a la Ottakringer.; en el café arábigo que te sacó del vértigo único que es despertar en el oasis egipcio de Siwa… O en aquel pisto campesino con morcilla lustre que comiste en una raña que te transformó en gladiador, siendo tú solo un hijo de la sierra.

Y no me resisto a contar mi último paseo por los bordes de la gracia. Partimos la familia hace unos días hacia El Escorial filipino. No buscábamos exactamente comer allí, más bien queríamos sierra que nos llenara de aire y claridad y nos proporcionara unas setas del tiempo, un asado de cabrito, acaso, y un buen tinto de nuestra meseta. Trepamos por la sierra. Entonces tenemos que superar el Puerto de la Cruz Verde, con sus montañas a calvas, y enfilar hasta Santa María de la Alameda.

Hacía bastantes años que no llegábamos hasta este pueblo diminuto. Está igual que siempre, parecido número de casas aunque todas remozadas y lustrosas. Incluso alguna buena influencia ha procurado la instalación de un pequeño polideportivo a la intemperie, al que no le faltan sus dos pistas de pádel (160.000 euros la broma, canta un vecino).

Llegar hasta el límite más bravío de la provincia de Ávila no es cualquier cosa, y más si la señal de la carretera te indica la proximidad de la población de Peguerinos, primera victoria de la República sobre el ejército sublevado de Franco, primera gran exhibición de milicianos y los jefes que ya famoseaban como Mangada, el general del pueblo.

El asador Santa María está próximo a llenarse; fuera, once grados y sol; dentro y fuera, día de fiesta. El dueño del restaurante (“Hemos cumplido noventa años, somos la cuarta generación”), se mueve por la sala como un viento a cincuenta nudos, ventisca a ratos, veleta desbordada otros. Se detiene en una de sus múltiples pasadas ante tanta llamada y manoteo. “Buen vino de Ribera o Toro, boletus a la plancha, unas croquetas y nos das a probar el cabrito asado”. “Así me gusta, con determinación. No se arrepentirán. Volverán”. “Ya hemos vuelto”. “Entonces sabrán que están ustedes en la casa que fue cuartel general del ejército republicano en el frente de la sierra. Aquí mismo comió Líster”.

Y nada más hubo. Comimos como Dios en la casa que acogió a Líster. Serpenteando cuesta abajo en el coche después de una larga caminata entre fortines, trincheras, refugios, casamatas y nidos de ametralladora, pensé que quizá Miguel Hernández habría hecho verso de los sucesos habidos en tan altos collados. Y lo encontré: “Mañana de Peguerinos/con El Escorial al fondo/ ladra la ametralladora./Suben lo mismo que troncos/ entre los troncos, los hombres./Son españoles y moros…/Bustamet Alí Mohamed/ barba blanca, negros ojos/ arrastrándose en la hierba/ dice alzándose de pronto/ ante los fusiles solo:/¡Camaradas, no tirar/no tirar, que yo soy rojo”.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Fuera humos

www.scoopnest.com

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De vez en cuando los burócratas (como los policías, jueces, periodistas o ciudadanos con determinación) nos sorprenden positivamente al recordarnos, con abundancia de datos y razón, que las autoridades políticas se olvidaron de hacer cumplir la ley, o no realizaron las tareas encomendadas con el tino y la diligencia exigida por las normas y el buen gobierno.

Una de estas advertencias la acaba de hacer pública Bruselas cuando anuncia que abre un procedimiento contra España y otros países comunitarios que se “han olvidado” de sancionar a la multinacional del automóvil Volkswagen, que engañó durante años a todo el mundo simulando con trucos tecnológicos que determinados modelos de su amplísima oferta de automóviles no contaminaban por encima de las normas, cuando ocurría exactamente lo contrario: llegaban a emitir gases perniciosos hasta más allá del 50% de lo permitido por las normas europeas.

La poderosa VW, de la mano de la no menos fuerte Alemania, acompañada del silencio culpable de otras naciones influyentes, fabricantes también bajo sospecha, y al resguardo de más Estados donde el gigante teutón mantiene inversiones y fábricas (o podría instalarlas), se venía escaqueando así de las sanciones clamorosas que traía de la mano el gran caso de fraude. Incluso -se leyó en la prensa crítica alemana- empezaba a dar por cerrado el asunto. Y pelillos a la mar.

Pero el funcionario aplicado tramitaba, lento pero sin pausa, su expediente. Ahora los siete países señalados tendrán que dar la cara por aquello que se les demanda y quizá algo más: ¿Qué hacen por la salud de sus ciudadanos que se asfixian? Porque la fuerza del automóvil -mito de la libertad y uno de los grandes lobbies del mundo- viene estorbando, por ejemplo, para que no aumenten las restricciones de sus emisiones en la Unión Europea en la última década, que el automóvil limpio crezca a trancas y barrancas y que a las autoridades de las grandes ciudades no les moleste el hongo apestoso que envuelve a sus vecinos, a pesar del grave daño como les procura.

La ciudad limpia de humos es una de las grandes ambiciones (acalladas) de la ciudadanía en todo el mundo. Pero se le hace poco caso. Solo las ciudades/ejemplo (que suelen coincidir con las naciones/ejemplo) se lo toman en serio. En España estamos en pañales. Hace una semana el ayuntamiento de Madrid decidió ensayar un corte de tráfico durante días en la Gran Vía, una de sus grandes avenidas. ¿Cuál fue la reacción de los de siempre? Apelar al derecho de quien tiene coche, olvidándose del derecho de quien solo quiere respirar. Claro que este derecho no existe para ellos. Será porque respirar es gratis y no se le pueden exigir impuestos.

Isla Mayor

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

“Por el río abajo” llegamos desde Sevilla hasta Isla Mayor un grupo de amigos. Recordé el libro clandestino de Alfonso Grosso -nuestro particular Zola andaluz (jornalerismo y denuncia)- que relataba en un texto titulado con estas palabras, tan sencillas como expresivas, su experiencia por aquellos páramos en la pobreza de los años sesenta del siglo pasado.

Pero nuestro viaje no tiene el propósito de asombrarse con la luz de la escasez del bracero o el cielo más cegador del mundo que se estrella contra los arrozales. Viajamos para tocar con las manos el asombro que nos hizo vivir hace años las imágenes captadas por el helicóptero de Juan Lebrón y comer arroz con pato de la marisma. O eso creíamos.

Al terminar el almuerzo, casi los últimos en levantarnos del restaurante El Estero de Isla Mayor, algo pesados pero satisfechos, y con la lengua de la emoción inundada por el disfrute de una mesa que fue un descubrimiento, el dueño del local nos retiene con una pregunta: “¿Así que son de Valencia?” “Sí, la mayoría somos de allí”. “Mi mujer también, es de Sollana; aunque ella ya nació aquí, pero sus padres vinieron de lo que llaman La Albufera”. “¿De Sollana dices? Pues yo soy de Sueca, ¡qué casualidad!” “Aquí la mayoría proceden de aquella parte: Sueca, Catarroja, el Palmar… “Ya me parecía a mí, esto me recuerda todo a mi tierra, aunque no el misterio que la sobrevuela”.

Estos arrozales son como un inmenso y lujurioso pegote en el bajo vientre de Andalucía. Nada tiene que ver con su historia y paisajes eternos, y le quedan centenares de años para que se les considere parte de la memoria del sur. Pero están encastrados en el límite mismo de Doñana y beben del Guadalquivir: ¡cualquiera dice que no son Andalucía!

Desde un suave lomero al borde mismo de los arrozales, desmochados y pardos en esta época del año, la mirada se te agota sobre la inmensa planicie de agua y linderos de tierra que separan propiedades y abren caminos.

“Esto no parece Andalucía, es una Albufera a lo bestia”. Treinta mil hectáreas prestas para la siembra de arroz “es demasiada paella” para que se la coma el andaluz tan escéptico y largo como el que puebla la baja Andalucía. Porque el sevillano jamás había imaginado que podría parecerse a los chinos y esos paisajes (aún) nos los tiene por suyos.

Quizá por ello, Grosso buscaba en Isla Mayor y la finca de la ínsula Mínima pruebas de la barbarie en los años sesenta; la prensa, documentos de la opresión obrera en los ochenta, y, ayer mismo, el director de cine Alberto Rodríguez, los paisajes donde dar a luz esa película asombrosa llamada La Isla Mínima.

Sí, hasta Isla Mayor -5000 habitantes, 5 restaurantes y 5 estrellas en resistencia – llegan personas todavía con las emociones bajo control, atentas a la sorpresa y también abiertas al beso que guarda lo desconocido. Pues, ¿qué se puede esperar de una tierra que hace ochenta años era un páramo infinito, veinte años después, la empresa labrada por una larguísima cuerda de presos republicanos y, pronto, el milagro izado por la mano de 900 agricultores valencianos junto a sus familias?

Misterio y desazón con todas las trazas del dolor y la epopeya humana: una historia más de pioneros pobres arrastrados por la ambición (y el látigo) de los señores e impelidos por su propia hambre.

El dueño del restaurante escucha agradecido las loas que otorgamos a su pato con arroz, el brío de los camarones y el aliño inmemorial de su picadillo. Le aseguramos que volveremos; y así será porque nunca nos olvidaremos de la margen del Guadalquivir más asombrosa.

“¿Y cómo se llevan con los valencianos?” “Antes muy mal: ellos por un lado y los sevillanos por otro. Pero eso cambió y nos entendemos bien. Aunque ahora que les hablo de esto, hasta hace poco tiempo estuve intrigado con algo que decía mi suegro en su lengua: “Em cago en la figa del dimoni verd”. Ahora ya sé lo que quería decir, pero durante años creí que era algo muy suyo, como un secreto, y aún hoy hay días que lo pienso. Pero ustedes que son de allí, ¿me pueden decir qué significa de verdad?”

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

El salario mínimo

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El camino emprendido de manera silenciosa, pero muy rápida, por la dirección socialista comienza a desvelarse: le llaman ser útiles. Su salvavidas es ahora ayudar a un gobierno en minoría poniéndole condiciones razonables -incluidas en su programa electoral – para que salgan adelante los presupuestos del Estado del próximo año y se desmochen las torres más bárbaras que levantaron los populares la pasada legislatura de crisis, recortes y rodillo parlamentario.

Se detiene la aplicación de la Lomce y anuncian que se dan seis meses para explorar un pacto de Estado en materia de educación; caerán los artículos más obscenos de la llamada ley Mordaza (a la cárcel por un insulto o la publicación de una foto); se fija el techo de gasto público sin que haya más recortes sociales creando nuevos impuestos y ¡milagro! se incrementa el salario mínimo en el 8%, esa bicha que nuestros liberales quisieran ver enterrada porque nadie, salvo el mercado, puede fijar un mínimo salarial para todo el mundo.

Los socialistas (habría que disculparles pues vienen de su peor racha desde la legalización en 1977) pronto han enseñado los dientes de la sonrisa; aunque no todos. El Presidente de la gestora, Javier Fernández – sensatez y experiencia – permanece callado. Sabe que el camino de regreso a parecer lo que un día fueron es primo hermano de la quimera. Les queda, eso sí, orgullo y pundonor. Por ello han incluido en las hiladas de posibles acuerdos con el gobierno y otras fuerzas políticas tanto borrar lo más sangrante de la reforma laboral del PP (el trabajador como principal estorbo), como poner la señal de stop al deterioro de nuestro sistema sanitario. Y algo más: entrar de verdad en la harina del problema catalán abriendo, si es el caso, el melón constitucional.

Parece demasiado menú para estómagos tan maltrechos, mas, poniendo todas las cautelas del mundo, lo cierto es que lo anterior viene ocurriendo y en muy pocos días.

Al PP le viene de perlas esta conversación en la penumbra, y a los socialistas estas pequeñas conquistas le dan la vida. Por una vez, y en demasiado tiempo, parece que unos y otros se otorgan unos gramos de generosidad entre tantos kilos de interés partidista, despecho y, en ocasiones, odio. Habrá que estar esperanzados, pero sobre todo muy atentos a las cuitas de nuestros políticos más responsables (¿existen de verdad?) los próximas semanas. Porque todos juegan con más de una baraja y algunos de ellos son tahúres profesionales. Al PP -quien lo diría- lo puede blanquear un PSOE en mínimos y, a este partido, las urgencias de Rajoy, ayudar a salir del agujero.

Claro que a este proceso ayudan un partido como Ciudadanos, desquiciado y casi sin rumbo, al que el PP ha maniatado sin cabo ni argolla, y un Podemos dividido y con su primer líder tirado al monte de las protestas antisistema. A poco que esta política de entendimientos concretos y pasos adelante cunda (cosa harto difícil en todo caso) volverán las denuncias sobre la vuelta del bipartidismo. Pero, ¿retornarán también ellos con sus proclamas de limpieza total y los quinceemes salvadores? Todos empezamos a leer rápido los nuevos mapas políticos que se dibujan en España, no solo los que se tienen por muy listos.

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