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El salario mínimo

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El camino emprendido de manera silenciosa, pero muy rápida, por la dirección socialista comienza a desvelarse: le llaman ser útiles. Su salvavidas es ahora ayudar a un gobierno en minoría poniéndole condiciones razonables -incluidas en su programa electoral – para que salgan adelante los presupuestos del Estado del próximo año y se desmochen las torres más bárbaras que levantaron los populares la pasada legislatura de crisis, recortes y rodillo parlamentario.

Se detiene la aplicación de la Lomce y anuncian que se dan seis meses para explorar un pacto de Estado en materia de educación; caerán los artículos más obscenos de la llamada ley Mordaza (a la cárcel por un insulto o la publicación de una foto); se fija el techo de gasto público sin que haya más recortes sociales creando nuevos impuestos y ¡milagro! se incrementa el salario mínimo en el 8%, esa bicha que nuestros liberales quisieran ver enterrada porque nadie, salvo el mercado, puede fijar un mínimo salarial para todo el mundo.

Los socialistas (habría que disculparles pues vienen de su peor racha desde la legalización en 1977) pronto han enseñado los dientes de la sonrisa; aunque no todos. El Presidente de la gestora, Javier Fernández – sensatez y experiencia – permanece callado. Sabe que el camino de regreso a parecer lo que un día fueron es primo hermano de la quimera. Les queda, eso sí, orgullo y pundonor. Por ello han incluido en las hiladas de posibles acuerdos con el gobierno y otras fuerzas políticas tanto borrar lo más sangrante de la reforma laboral del PP (el trabajador como principal estorbo), como poner la señal de stop al deterioro de nuestro sistema sanitario. Y algo más: entrar de verdad en la harina del problema catalán abriendo, si es el caso, el melón constitucional.

Parece demasiado menú para estómagos tan maltrechos, mas, poniendo todas las cautelas del mundo, lo cierto es que lo anterior viene ocurriendo y en muy pocos días.

Al PP le viene de perlas esta conversación en la penumbra, y a los socialistas estas pequeñas conquistas le dan la vida. Por una vez, y en demasiado tiempo, parece que unos y otros se otorgan unos gramos de generosidad entre tantos kilos de interés partidista, despecho y, en ocasiones, odio. Habrá que estar esperanzados, pero sobre todo muy atentos a las cuitas de nuestros políticos más responsables (¿existen de verdad?) los próximas semanas. Porque todos juegan con más de una baraja y algunos de ellos son tahúres profesionales. Al PP -quien lo diría- lo puede blanquear un PSOE en mínimos y, a este partido, las urgencias de Rajoy, ayudar a salir del agujero.

Claro que a este proceso ayudan un partido como Ciudadanos, desquiciado y casi sin rumbo, al que el PP ha maniatado sin cabo ni argolla, y un Podemos dividido y con su primer líder tirado al monte de las protestas antisistema. A poco que esta política de entendimientos concretos y pasos adelante cunda (cosa harto difícil en todo caso) volverán las denuncias sobre la vuelta del bipartidismo. Pero, ¿retornarán también ellos con sus proclamas de limpieza total y los quinceemes salvadores? Todos empezamos a leer rápido los nuevos mapas políticos que se dibujan en España, no solo los que se tienen por muy listos.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Qué pena, aumenta año tras año el número de jóvenes que desconoce el cocido: no saben qué es. No es de extrañar, el plato de comida diaria en la práctica totalidad de las casas de la España agrícola, y más allá, hace unas décadas se fue desvaneciendo en la medida que nos hacíamos urbanos. Era la comida del pobre y la España del desarrollismo de los setenta y la muy florida de los noventa, no quisieron sostener esa antigualla alimenticia que recordaba postración y atraso.
El garbanzal dejó de plantarse, y Fuentesaúco, el templo zamorano del venerable gabriel, dejó de exportar garbanzos hasta quedarse sólo en depositario de su memoria. No existen garbanzos de Fuentesaúco, como no encontraremos angulas de Aguinaga, ni almejas de Arcade, aunque por razones diferentes.
Claro que los cocidos españoles en sus múltiples variantes no han muerto del todo, a pesar del acoso de la modernidad urbana y la invasión de comidas harinosas (pastas y pizzas) y de las inundaciones de arroces que nos llegan desde las tierras del monzón. Resisten apostados en los lugares más angostos que imaginemos, de la misma manera que aguanta el lobo ibérico. Al igual que el cánido silvestre trata de regresar a sus antiguos territorios, ayudado por ecologistas, ambientalistas y una nueva conciencia de lo natural, nuestro cocido se deja ver impulsado por nuevos cocineros que se resisten a dar por perdido un plato tan excepcional como emocionantes fueron las plazas, iglesias y casonas a los que dio olor, sabor y fuerza durante siglos y que se perdieron para siempre. Hablamos de los millares de pueblos, parroquias, aldeas y pedanías derruidas y desoladas, cubiertas por la yedra y los cardales.
El invierno es su estación de honor. El decaimiento de ánimo y humor que trae la estación, así como el frío, nos llevan instintivamente hasta él como perrillos atraídos por el olor. A partir de noviembre y hasta que las primavera no relanza de nuevo, numerosos restaurantes urbanos dedican un día a la semana ¡y algunos hasta tres! para ofrecer cocido madrileño, escudella catalana, cocido gallego y montañés, valenciano o la berza gaditana; pero también las fabadas y alubiadas de Tolosa, la Granja, el Barco… hacen las delicias de bandadas de amigos entrados en edad (o simplemente jubilados).
Algunos críticos sostienen que el cocido, con sus variantes locales por centenares, junto con el pan de trigo, el aceite de oliva y el ajo, son quienes nos identifican como españoles, pues somos (¿o quizás fuimos?) sus devotos. Pero todo ello es cosa de aficionados a la historia y colgados de la nostalgia. Lo único cierto y actualísimo es que en los últimos tres o cuatro años un puñado de españoles muy diferentes a los de hace medio siglo tratan de replicar los mismos cocidos que comieron sus abuelos: el gallego, que es cerdo troceado con garbanzos; el madrileño de los tres vuelcos: sopa, verduras y garbanzos, carnes y compangos; la escudella catalana, con sus butifarras y la riquísima pilota (parecida a las más pequeñas pelotas del cocido valenciano), o la berza gaditana de un sólo vuelco, pues todos sus componentes: berza, legumbres, carne de cerdo y derivados se sirven al mismo tiempo.
Estos son quizá los más conocidos, junto al exagerado cocido maragato. Pero cada región, provincia, comarca y hasta comedor tiene la especificidad y singularidad que lo diferencia. Por ejemplo, los cocidos de la baja Extremadura y gran parte de la Andalucía agraria del interior son caldosos y se comen con cuchara, como también se procede con los abundantes gazpachos o las líquidas ensaladas siempre aliñadas con dosis exactas, casi alquímicas, de aceite vinagre y sal. ¡Y es que el cocido en tiempo de siega tiene que estar muy bien hidratado!
El mejor cocido, claro, es el que se come en casa. Pero el más excesivo y pantagruélico que conozco lo sirven el restaurante El Charolés de San Lorenzo del Escorial (y también el del restaurante Viridiana de Madrid, pero este es para sibaritas, seres especialísimos y muy raros). No conozco familia, grupo de devoradores o pelotón de legionarios que haya podido terminar las raciones que allí endilgan. Después de la sopa (un pozal fantástico de fabulosos e intensos olores), te atizan hasta 15 vuelcos de variadas berzas, huesos cortos y largos, con y sin tuétano, gallina vieja y nueva, tocino fresco de papada y antiguo de barriga, y así hasta agotarte y dar por bien empleados los 60 euracos que te exige tal festín. Y vino, mucho vino, tanto que todas las mesas no dejan de reír todo el tiempo.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.prensa.com

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Digamos que con la muerte de Fidel Castro se va un dictador y un revolucionario; que definitivamente acaba el siglo XX y que damos por concluida la vida del comunismo político que arrancara con el asalto del Palacio de Invierno en 1917.

La desaparición de Fidel Castro no es cualquier cosa. La memoria de esperanza y perdición que arrastra es portentosa y oceánica. Su biografía, contada de manera minuciosa y contrastada, llenaría el portón de la biblioteca de La Habana. Nunca ningún líder histórico dio tanto titular de prensa ni generó más alarmas. Su vida fue un discurso volcánico de centenares de miles de horas ininterrumpidas. Palabras y fusiles perfectamente conjuntados para dar la batalla política al imperialista yanqui y echar una mano a los oprimidos del mundo proporcionándoles hombres, balas y azúcar para sus luchas revolucionarias.

Fidel Castro es también epopeya y devastación. Es la radiografía más acabada del fracaso de los movimientos revolucionarios -azuzados por la guerra fría- que auspiciaron los líderes de las grandes descolonizaciones africanas, asiáticas y las guerrillas latinoamericanas. Se mantuvo tantos años en el poder que dio tiempo a la historia para que narrara su fracaso por televisión y la mismísima internet.

Fue un mito y el ogro comunista. No llegó a tener el honor de que una balacera en la selva lo encumbrara como al Che (el rostro del revolucionario perfecto), pero a diferencia del argentino, es historia: un escalón superior al de inspirador. Ayer, hoy y durante los próximos días las televisiones de todo el mundo nos mostrarán las alegrías por su desaparición y los pujos de quienes siguieron apegados a su figura porque no quisieron (o no tuvieron la oportunidad) de largarse.

Siempre se han dado manifestaciones encontradas ante personajes tan afilados y determinantes. Y en nuestros últimos años de crisis y niebla ante el futuro aún más. Habrá una millonada de personas en el mundo que no respetará su muerte ni un segundo. De esta particular materia sabemos mucho en España. Hace tan solo unos días hemos dado un espectáculo infumable tras el fallecimiento de Rita Barberá. Los que la insultaron tras conocer su fallecimiento es seguro que colocarán una flor en el altar del homenaje dispuesto para Castro. Muere un dictador, pero continúan los bárbaros entre nosotros.

Teresa Muñiz

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La inundación de programas gastronómicos habida durante los últimos años no podía resultar impune. Ese espectáculo no estaba programado para desvanecerse una vez se desmontara el escenario de sus demostraciones. Los aprendices de chef, ganadores de concursos gastronómicos por mil, reyes de maratones hamburgueseros y simuladores en cocinas ambulantes, estaban destinados a abrirse un espacio en el territorio, para estamparlo de establecimientos y modas culinarias festivas hasta el límite.

Los fondos de inversión rampantes, tan ahítos de liquidez como cortos de iniciativas rentables en una España en crisis, han encontrado en la marabunta de empresarios de la restauración, la noches, las farándulas y, en general, los amantes del negocio del “vamos que nos vamos” una vía de salida para su inversión, que busca la máxima rentabilidad en el mínimo tiempo. La restauración en sus múltiples caras: la copa, el espectáculo, el disfrute y la juerga en general han salido a su encuentro hasta crecer como setas con el primer calor tibio de lo que llaman recuperación económica.

Son tantas y tan dispares las ofertas que han hecho astillas las modas. No hay criterios, ni líneas dominantes, lo único que les anilla es la abundancia y el camelo. Como quiera que la verdad ya no existe (y menos aún el interés por buscarla) los tenedores, trivagos, academias rampantes, gurús, entendidos, cátedras por internet y encuestas digitales acaparan el espacio de la información y la opinión de tal suerte que lo bueno, cool, la tendencia etc. es aquello que llevan en el morral de su negocio.

Así ocurre que nos proporcionan encuestas (?) que indican cómo más de la mitad de los españoles preferimos ¡restaurantes ecológicos!, que a más del 80% nos preocupa el destino del vidrio después de dejar tiritando las botellas que nos aplicamos y que la mayoría de los restauradores consideran que la tecnología (así, sin más concreción y adjetivos) es fundamental para la expansión del negocio.

En fin, escriben en el mismo renglón sobre la utilidad de la carta electrónica (y el menú personalizado) y el retorno del restaurante bucólico lleno de verdes patios abiertos, música y caribes en los combinados. El cronista en la bitácora habla más de periferias: sensaciones, decoración, ambiente, que de cómo se preparó el chipirón o la manera en que llega a la mesa la merluza frita. Ocurre como con Mercadona y otras firmas similares, que destacan el precio sobre el aprecio del producto.

Tanto hablar de buena cocina y mejores platos, de hacer volar por la red miles de recetas y, al cabo, el mayor encanto de un local es la emoción que te produce rozar al amigo cuando llega, la música en directo que endulza el oído o el bocado inconsciente que damos a la humilde pizza que nos recomendaron.

Todos apuestan por el restaurante de éxito que les dé a conocer y les proporcione notoriedad y dinero. Y por ello inventan y proponen todo tipo de ofertas. Hasta las grandes cadenas de distribución -antes con sobrios restaurantes autoservicio en sus grandes hipermercados – apuestan por negocios arriesgados. Es el caso de Lidl que abre en un antiguo cine de Madrid, tan céntrico que está en la Gran Vía, un restaurante efímero (pop up) diseñado por Sergi Arola (el cocinero tan sutil que la mayoría de sus ideas le explotan como pompas de jabón) donde poder exhibir sus productos de alta gama, porque no sólo viven de la venta de la alimentación en ocasiones cercana al pienso.

Y cómo no, El Corte Inglés también lo intenta. Acaba de abrir en uno de sus centros de excelencia de Madrid el restaurante Las Nubes de Castellana. Está en la última planta y llega tan recomendado como Sofia Loren en los años sesenta. Iré y contaré la experiencia. Aunque me acompañará un amigo gallego que, no obstante su nacimiento, libó los últimos tragos de whisky que dejó la burguesía catalana de la bohemia, la literatura y el antifranquismo. A él, como a tantos de nuestra generación, el paladar se le va quemando pero el instinto permanece intacto.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

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Hemos vuelto a ver hace unos días como Rajoy espera en un descansillo el paso del presidente Obama para saludarlo, aprovechando que va de una audiencia a otra o, acaso, ya se marcha. No es una imagen nueva; a estas alturas ni siquiera la consideramos una descortesía o un acto desdeñoso del primer representante de la gran potencia del mundo con nuestro gobierno: la reconocemos como algo normal. En cinco años al frente del gobierno, Rajoy no ha logrado mantener una sentada a solas con el gran jefe de la Casa Blanca a pesar de los esfuerzos (y recursos) enormes que se supone ha debido emplear para superar el oprobio.

Esta situación tan incómoda, sin embargo, no es algo privativo de Rajoy, ocurría también con Zapatero. Claro que el Presidente socialista dio motivos a los yanquis: no se levantó al paso de la bandera USA en un desfile militar, siendo líder de la oposición en tiempos de Aznar, y luego ya presidente retiró las tropas españolas destacadas en la guerra de Irak sin previo aviso y contra el parecer de la Casa Blanca.

Después de aquel gesto – eso sí, fundado en una impecable decisión democrática, pues Zapatero ganó las elecciones anunciando que lo haría- ya nada fue igual entre España y Estados Unidos. Zapatero ensayaría después durante años todo tipo de trinos, zalameos y arrobos a fin de que Bush, primero, y más tarde Obama lo atendieran, pero no consiguió más resultado que los hombres-alfombra empleados para el caso, Moratinos y Bernardino León, fueran reiteradamente recibidos con portazos, propinados, faltaría más, con exquisita cortesía diplomática.

Estas relaciones tan escuetas con Norteamérica reflejan, no obstante, la posición real que tiene España en el mundo: segunda división. La crisis económica ha debilitado con fuerza nuestro sitio en el concierto internacional, pero no es sólo responsabilidad de ella. El desentendimiento de los asuntos europeos – clave para nosotros – americanos y la apertura a Oriente se inicia con Zapatero. Aquel presidente gustaba sobre todo de remover en los temas internos (conspiraciones en la aldea), como al actual delegar y dedicarse al sillón bol del fútbol y otros deportes. Y ni siquiera tuvieron la habilidad (o acaso la generosidad) de ayudarse en esta parcela con la labor del rey Juan Carlos y, más recientemente, Felipe VI. Por cierto, el joven rey, de continuar así, no saldrá de los límites del coto de El Pardo, no siendo siquiera cazador.

Ahora, según observamos, el único hilo que nos une con el orbe es el que nos liga a Merkel, la señora de los recortes y principal inspiradora de que España se haya convertido en un país low cost que, eso sí, “crece como ninguno”.

Pero no perdamos la esperanza, tenemos de ministro de Exteriores al señor Dastis, gran hallazgo de Rajoy y mejor conocedor de los secretos de Bruselas. Este hombre nos redimirá.

¡Juan, una de fusión!

Teresa Muñiz

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Hace unos días me invitó a comer un buen amigo – ingeniero de caminos- a un restaurante que desconocía. Llegué con apetito afilado y el anhelo de nuevo gran descubrimiento, pues cuando un “caminero” te dice que en este lugar se come bien hay que creerlo. Y me gustó. Claro que sí. El restaurante RONDA 14 es una apresurada cocina fusión de platos asturianos, peruanos y orientales (Nikkei) que parece haber revolucionado unas cuantas manzanas del muy conservador barrio de Salamanca madrileño.

Me gustó y pronto se me olvidará porque no encontré nada en los cinco platos que nos sirvieron (ceviche de xarda, gyozas criollas, patatas rellenas de ternera guisada…) y el postre (un brownie de chocolate) que me turbara, que me hiciera pensar y rebobinar en la imaginación hasta encontrar ese gran beso de los grandes acontecimientos.

Y es que deslumbrar fusionando culturas es aún más dificultoso que crear algo nuevo, e incluso superar la excelencia conocida. Casi todo lo que nos rodea es mezcla; somos el fruto de la contaminación, las pérdidas e incluso de nuestros caprichos y errores. Pero esa manera de entreverarnos se llama influencia y tiempo, que es algo diferente a fusión.

La influencia se cuela en nuestro quehacer diario ¡y no digamos en el artístico! como el aire fluye por nuestros pulmones: sin sentirla; no la llamamos, simplemente aparece porque un día nos impresionó el negro carburundum de una exposición de pintura, el bun bun sibilino de aquel bajo en el concierto de Berlín o las formas increíblemente elegantes de aquel actor francés en el Grec barcelonés.

Allí donde están más presentes las influencias y se insiste con más denuedo en la fusión es en la cocina actual. Ninguna creación moderna observa tanto lo que se está haciendo en el mundo como hacen nuestros cocineros. Todo arranca cuando Arzak mira, huele y entiende que se hace en el otro lado de la raya del País Vasco, o sea, Francia; luego es Ferran Adrià quien, al abrir El Bulli, logra que nazcan en Cataluña los platos más livianos y refinados del mundo con unas texturas, sabores y sensaciones novísimos. En los últimos años es David Muñoz -el penúltimo gran ladrón de mezclas y encuentros- el que construye algo enteramente nuevo de lo diverso (no es coña)
En otro escalón encontramos al malagueño Dani García (ahora con Bibo en Madrid) pegado a una Andalucía universal a la que no se le ven los lunares pero suena a Falla, o en Guipúzcoa, Aduriz, la excelencia zen que florece entre los hierros del norte.
Y claro está, lo que llaman cocina fusión realizada por cocineros, emprendedores y gestores que pasaron por santuarios de dos o tres estrellas michelín y quieren crecer en su propia maceta y a cuenta de nuestra aceptación y bolsillo.

Aquí encontramos de todo, pues, a parte de osado, ha de ser un sabio quien consiga la fórmula para que guste a los españoles el buen jamón ibérico revuelto en un pad thai dominado por tallarines, o acaso el buen chorizo picante de León acuda para encumbrar la mejor fideua catalana. Sí, como bien decía un personaje de Marsé: “Se necesita dar varios gatillazos para llegar a tener un buen polvo”.

Aunque el negacionismo está reñido con el ánimo que debe inundar la imaginación del cocinero dispuesto a crecer y sobre todo a ser diferente. Si ahora se insiste en la fusión de grandes cocinas del mundo de manera destacada, no hace tantos años primó el rescate de los antiguos platos a la luz de las influencias ilustradas.

Con seguridad algunos de estos cocineros edificarán para nuestro asombro monumentos gastronómicos. Pues quién le hubiera podido anticipar a Camarón que el mejor de sus discos sería La Leyenda del Tiempo, una locura flamenca llena de sonidos de cajón y letras de intelectuales; que la poesía escrita del mundo cambiaría para siempre tras la publicación de Las Flores del Mal, o el arte moderno se iniciara tras la exposición de la taza de un water en una galería de culto francesa. El problema, como casi siempre ocurre, es que existen demasiados alumnos que se consideran ya sabios y empresarios que creen que el dinero se gana subidos al lomo de la moda y la potencia de las redes sociales.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.europapress.es

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Si el nuevo presidente de Estados Unidos es un populista derechista, hemos de coincidir en que todo el mundo (o al menos nuestro mundo occidental) tiene un presidente de esas características. Ahora no cabe desdecirse y relativizar la trascendencia que tiene para nuestras vidas la persona que toma las riendas de la Casa Blanca. Hasta el recuento del último voto de Michigan, centenares de periodistas, analistas, observadores y técnicos de múltiples medios de comunicación españoles allí destacados retransmitían para todos nosotros la importancia de las elecciones del 8 de noviembre de 2016. Y ganó Trump.

Ahora se trata de digerir ese sapo. La digestión no la harán solo los norteamericanos, a nosotros nos toca también roer parte de ese zancarrón y, acaso, prepararnos para una segunda parte más dura y de áspera convivencia (o lucha) con el populismo. Porque: “La victoria de un patan”, que dice el muy informado sobre la vida norteamericana Javier del Pino, periodista de la Ser, da esperanza a todos los mastuerzos del mundo y sobre todo a aquellos populistas, a destra e sinistra, que se tienen por muy superiores en valor al estrafalario multimillonario norteamericano.

Numerosos dirigentes políticos europeos moderados han pasado en horas de un estado de guardia a otro superior de alarma. Que, por ejemplo, Marine Le Pen llegue a ser presidenta de la república francesa ya no es una quimera sino una posibilidad. Y no habrá fuerza suficiente en Bruselas o en Berlín que pare a tantos brutos como crecen en los gobiernos y parlamentos del este y centro de Europa.

En España, justo en el instante que Norteamérica daba el campanazo, los duros de Podemos -nuestro populismo de izquierda que se alimenta en los mismos abrevaderos del ruido y el odio que los otros populismos- ganan la batalla decisiva de Madrid. Pablo Iglesias, entonces, está autorizado para el desmelene, para llevar su voz y su furia hasta los confines de los cielos, hasta forzarnos a que tomemos la determinación de sumarnos a su manifestación de ruptura con todo, o nos apostemos tras las barricadas y, acaso, nos protejamos luego en las trincheras si queremos hacerle frente.

Pero el PP, a pesar de Rajoy y su modorra, también habrá de mover algo más que peones. La lección americana es muy clara: si te pareces a Clinton, perderás. La mejor voz, la que triunfa ahora, es la que se encuentra en lo más hediondo de nuestro último siglo: la xenofobia, la amenaza del otro, la vuelta al comunismo, la defensa de la tradición y los valores del terruño. El PP se radicalizará y esos cachorrillos amables que nos trajo Rajoy hace escasamente dos años para dar la apariencia de amabilidad en Génova retornarán a sus mullidos y burgueses hogares.

Sí, Trump, por más que la realidad y las sólidas instituciones norteamericanas logren moderar sus ansias, volverá a radicalizar la vida política en España y Europa. Y en estas, un PSOE en los huesos decide tomarse un tiempo para reflexionar, llamando para el ejercicio a decenas de militantes e independientes tan preparados como razonables. De ahí podrán salir incluso fabulosas conclusiones (igual logran averiguar la causa de su descarrío electoral y político) y acaso propuestas sugerentes con las que intentar detener el abismo de la desigualdad, que es la causa de casi todo. Pero no irán un paso más allá. Desgraciadamente el momento presente se lo queda el que escupe más lejos.

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Parece que ha habido cambio de Gobierno. Y debe ser cierto, porque todos los medios de comunicación así lo cantan. Pero, ¿se nota la mudanza? En absoluto, se va un Fernández y entra un Zoido. Pero, eso sí, llama la atención la incorporación de un señor que se apellida Dastis y dicen que es de Jerez, ¿seguro? Se señala como gran novedad que aparece en la foto frente a palacio María Dolores de Cospedal, ¿pero esta señora no lleva varios años mandando en el PP que es el partido que nos manda?

Se apunta también la batalla encarnizada que libran la señora de Albacete (Cospedal) con la señora de Valladolid (Sáenz de Santamaría) por quedarse con el mando del CNI ¿Y qué tiene ese centro secreto para que tan altas señoras disputen con tamaña saña? Recuerdan la pasión con que Pablo Iglesias lo abrazaba cuando pidió a Pedro Sánchez una vicepresidencia del Gobierno, en el caso de que el ahora defenestrado secretario general socialista alcanzara las cumbres de la Moncloa.

¡Ay cuánto gustan los secretos! Qué morbo da hurgar en las sentinas del Estado y tener la posibilidad de poner un microfonito, sólo uno, en la solapa de ese, o bajo su mesa de despacho (¡y en la cama también!).

Sí, se habla de que hay nuevo Gobierno, pero nadie lo ha presentado  siquiera. Rajoy marchó a la Zarzuela, le pasó la lista al rey – con el que tomó un café acompañado de alguna broma-  y al salir de palacio llamó al otro palacio y ordenó que hicieran pública la lista. Y ya está. Al día siguiente pudimos conocer que el gran encargo del presidente a sus ministros fue este: “Sed amables y dialogad mucho”. Para que luego digan que el Príncipe de Maquiavelo no se puede sintetizar en cinco palabras.

Y hablando de diálogo, amabilidad y parlamento: ¿acaso no se le habrá olvidado al Jefe de Todo Esto nombrar a un ministro de relaciones con las Cortes? Porque es justo en ese lugar donde se debe dialogar y pactar, ¿no? Porque a un secretario de Estado por muy capaz y majo que sea no se le ponen al teléfono los ministros (o si lo hacen es para darle órdenes o broncas) y, además, la vicetodo,  Sáenz de Santamaría, que dirige este negociado no puede acudir a todos los fuegos a un tiempo. La respuesta la tendremos pronto; si mantiene a Hernando como portavoz parlamentario del PP, se entenderá que no quiso nombrar ese ministro de manera muy consciente.

Igual aciertan aquellos que pronostican que Rajoy lo mueve todo de esta guisa porque sospecha que comienza una legislatura a tortas dentro de un Parlamento ingobernable y necesita más jabalíes que políticos. De momento se cree que Montoro prepara unos Presupuestos del Estado para el año que viene que puedan estirarse hasta 2018 por si las moscas, y hace la corte a los socialistas para conseguirlo. Claro que los inquilinos de Ferraz, si pudieran, harían la cobra a todos ellos hasta el verano por lo menos. Porque para problemas, los suyos.

La adicción dulce

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Llega la festividad de Todos los Santos y aparecen con fuerza los dulces propios del momento y, en general, se levanta la veda del azúcar y demás goloseras. No soy de comer dulces y casi nunca tomo postres. Los críticos gastronómicos y otros zampones me reprochan que no sé lo que me pierdo: la gloria en la boca. Tienen razón, pero me empalago rápido y a los pocos minutos en algún descuido de buen mazapán, perrunillas o piononos, acabo sintiéndome como el hombre globo. No entro casi a su cata, aunque en ocasiones te atrapan como imanes del deseo. Sin ir más lejos, la semana pasada no pude sino tomarme dos o tres panellets que me sedujeron al paso por una pastelería antigua del barrio gótico de Barcelona. Y en Madrid, estas semanas los huesos de santo y los buñuelos de crema o nata arrasan.

La pastelería y, en general, el postre dulce -a pesar de mi resabio- invade el mundo. El dulce es adictivo como la grasita y la sed de aventura. Pero no nos vayamos muy lejos del terruño. Con seguridad un español, incluso poco viajado, puede relatar de memoria sin grandes apreturas no menos de dos docenas de dulces, tartas o postres donde el azúcar y sus derivados son sustanciales en su composición.

Si has sido curioso por España, es seguro que tienes almacenado en esa parte mollar y líquida de la memoria aquella crema catalana que disfrutaste en Figueras; la torrija de merienda en una cafetería del centro de Madrid; la tarta de Santiago que te pusieron en una terraza de Pontedeume (o las filloas de Panxon); el alfajor que atrapaste en el bar de carretera de la A-92 andaluza; los buñuelos de calabaza en un restaurante de la Albufera de Valencia; unas corbatas en Santillana del Mar, hojuelas con miel en un bar de Las Solanas, de Ciudad Real; rosquillas al paso por Alcalá de Henares; Miguelitos en la obligada parada en la Roda de Albacete (y otra parada para comprar una docena de roscos de Loja); las frutas de Aragón que bañan en chocolate en un bar de Calatayud (o sus Tortas del alma); el frangollo canario de Agüimes; el ponche segoviano de Torrecaballeros ; la pantxineta en una casa rural de Tolosa y la goxua al día siguiente en Fuenterrabía; el turrón de Xixona; la cacoboba, los mantecados de Portillo; las Marañuelas de Candás … En fin, un río de sensaciones que se arrecian sobre todo en invierno.

El postre a base de dulce, a pesar de estos tiempos de batalla necesarias contra el azúcar –aunque  no siempre sensatas y desinteresadas- no se detiene, no se le aparta a pesar de que el ambiente le estorbe tanto. Los nuevos cocineros se afanan en alumbrar más y más recetas en millares de formas y presentaciones. El postre en la alta cocina llega a ser creación, arte y lujo máximo. No hay cocinero de postín que no tenga su libro de repostería, y no pasa una hora de emisión de canal de televisión o web de cocina sin que  no chorreen por ellas el néctar y el chocolate.

El dulce de calidad es caro necesariamente, porque los ingredientes lo son en extremo, ello más allá de la imaginación creativa que se le dedica y la pericia artesana empleada para su elaboración y presentación. Desconfiemos del dulce o tarta baratos: son bombas de racimo calóricas y nada más. Y dudemos aún más del industrial o el congelado, porque además de ser malos te emponzoñan con harinas refinadas y grasas saturadas. Es mucho más honesta la pastelería tradicional, esa que exhibe sus dulces propios  y cuyo obrador sueña con crear un día en la trastienda el postre de su vida, ese que se verá por televisión porque se sirvió en una cena de Estado en el Palacio Real.

Tipos desenfadados, libres y muy osados, como Jordi Roca, el repostero de uno de los mejores restaurantes de el mundo, Can Roca, ofrece creaciones como Naranja con remolacha confitadas, y más aderezos, o Compota de pera con crudeté de castañas, que rompen de manera radical y revolucionaria con la tradición repostera española y aún europea, que ya es decir, y, sin embargo, entusiasman y emocionan tanto o más que los platos más celebrados de sus largos menús para élites y sus esforzados vasallos.

Claro que el postre no se ha separado un milímetro  –y los que leamos esta nota no llegaremos a verlo- del exceso, el exhibicionismo y el lujo mas obsceno de los muy ricos, poderosos o simplemente sibaritas desmedidos. Pasteles cubiertos de láminas de oro comestible, o adornados con aguamarinas y también mallados por collares de diamantes son preparados con frecuencia para fiestas privadas y clubes de la excelencia y la opulencia. Incluso los macarons franceses, que pensábamos que se habían democratizado en los últimos años ya que pudimos catarlos las clases medias bajas, vuelven por sus vuelos aristocráticos y se convierten en haute couture: bocadillos redondos de mantequilla, merengue, chocolate…  a 7.000 euros el lote.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

www.huffingtonpost.es

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“Esto se nos va”, clama lastimero el pesimista. Pero no tiene razón el abatido, mejor sería proclamar: “Esto se nos viene encima”. Los demagogos, los descreídos, los egoístas y sinsorgos nos tienen rodeados como el radicalismo hizo el sábado pasado con el Congreso. Es tan difícil hacer que fluya la cordura política en estos tiempos como talar un baobab con un cuchillo de pescado. De continuar el país por mucho más tiempo en este vuelo, acabará convertido en un solar para el provecho de los cínicos. ¿Porque a qué político con dos dedos de frente le puede parecer solución una España sin gobierno? Y ello, además, sin que el denunciante sea capaz de aportar otra alternativa que el exabrupto, el ruido y la furia.

Sin embargo, esa determinación exigida de manera tronante por Pablo Iglesias, mola. El PP se queda cínicamente de perfil y desdeñoso, y va a lo suyo que no es más que fijar a Rajoy en la Moncloa. El pobre PSOE bastante tiene con intentar mantener en pie algunos de los tapiales -que fueron hasta hace poco tiempo solidas casonas- sobre los que procurar reedificar ¿mañana? su proyecto político. Y la prensa -no hace muchos años punta de lanza de la democracia- se le ve impresionada por el tamaño de los acontecimientos que observa, pero trabaja cómoda sobre la montura del tiovivo desde la que divisa nuestro lamentable espectáculo.
La peripecia del PSOE, sin ir más mejor, se sigue con la misma atención que la persecución, tan romántica como cutre, de El Lute, en tanto que al cabalgar de Podemos se dibuja con el aura de una épica revolucionaria que entronca con la misma estética y mística cinematográfica de Eisenstein, o sea, arte y cambio. Es la moda. Y pronto también lo será Rajoy: el hombre tranquilo, el que superó todas las tempestades sin grave daño, el que devuelve España a su quietud productiva y al sosiego.

Los extremos hablan de España (PP) y Patria (Podemos) pero sólo es retórica, a ambos le importa un bledo. Los socialistas del momento, a pesar de algún intento chic de Pedro Sánchez (que se mantiene firme en el “y yo sigo”), no saben muy bien qué significa eso de España a pesar de tenerlo tan destacado en su sigla; todos van a la suya, al interés de su autonomía o ayuntamiento, llegando a la perogrullada de pedir que no haya cambio de hora porque le resta unos minutos de sol invernal a sus turistas (Baleares). De los nacionalistas qué decir: se quieren ir.

La demagogia (palabras brillantes y feroces que enlodan al enemigo e inflaman el alma a quien las pronuncia y sus seguidores) y el egoísmo político (primero mi provecho y luego que pase lo demás) minan este país de manera terrible. Nadie desea trascender más allá de su interés ridículo. Detengámonos una vez más en los socialistas. Hacen lo imposible para procurar salvarse, pero ninguno se ofrece para impedir el derrumbe de su sigla histórica, porque la prioridad es su predio: Andalucía, Cataluña, Baleares …. y después ocuparse del huerto comunal. De continuar en este cabalgada, más de cómic que de hombres, este huerto será hozado por los jabalíes hasta la última raíz. ¡Menudo hechio!

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