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Paula Nevado

Paula Nevado

Me siento a comer junto a mi amigo Pedro. Acaba de prejubilarse (58 años, fuerte, seguro, feliz) y quería compartir su júbilo también conmigo. Me lleva a Sal Fumée (Viriato 39, Madrid), un restaurante abierto no hace muchos meses en el lugar que antes ocupó una de esas marisquerías tradicionales madrileñas que exhiben al sol de una cristalera a la calle mil colas de langostinos y gambas y los lomos de berrendos centollones. Al entrar padeces de desangelo y también, en la sala. Sillas hortero-barrocas, que debieron de pertenecer al anterior negocio, se aplanan contra el solado de un amplio espacio pintado de un incalificable color, que debió nacer de la mezcla de remotas gamas de verde y azul que acabaron convertidas en grises cenicientos. La luz es mustia, nada que ver con los nuevos locales que abre hoy esta ciudad en pleno frenesí gastronómico, cuyos dueños se dejan las pestañas en decorados tan vistosos como prescindibles serán pronto.

El alborozo de Pedro, no obstante, lo acapara todo. Ni tengo un instante para fisgar qué tráquea emite ese sonido que me solivianta el cogote. Pero no importa, la carta viene con algunos anuncios apetecibles (tartar de vaca ligeramente ahumado, arenques marinados en aguacate…). Un camarero tan bien dispuesto como inseguro (tímido) nos canta el menú. Tres primeros y otros tantos segundos. “¿Salmorejo de cerezas has dicho? ¡Si todavía no han llegado nuestras cerezas!” “Bueno, eso, que me he confundido: es de frambuesas” “Ah, pues entonces me traes de primero la pasta con esa salsa de pesto tan creativa que anuncias”.

Pedro sí pidió el salmorejo. Me lo dio a probar. Muy bueno, pero bastante arriba de acidez para un estómago tan vivido como el mío. Acerté, pues los llamados frutos del bosque (pregunten por ellos en Huelva, los han domesticado y convertido en caramelillos graciosos de la pradera) tienen con demasiada frecuencia esa crueldad ácida de nuestros encurtidos. Y así continuamos, comiendo sin prestar siquiera atención a los retornos del paladar, enfrascados en deshacer algunos de los nudos fabricados durante el largo tiempo en que no nos habíamos encontrado. Y se escapan de nuestra memoria chorros de palabras que son acontecimientos familiares o profesionales, y los más diversos aconteceres de la triste actualidad (bueno, esta no ha variado demasiado en los últimos ocho o diez años).

Tendré que ir de nuevo a Sal Fumée para profundizar en sus entrañas, si es que son de sustancia, pues solo entreví las buenas trazas de su carta y una luz manchada de azules zurcidos por rayos bien ralos.

Ya en la mesa de trabajo, el whatsapp me canta la llegada del enésimo mensaje. Una compañera de trabajo ha capturado un twitter que exhibe la foto de un barreño de cerezas rosas y brillantísimas. Las primeras cerezas del año son lanzadas a la red por nuestro amigo Pep desde las luminosas solanas de su Priorat, tan bendito como reseco. Para morirse o dejar de creer en la naturaleza: ¡cerezas en los primeros días de abril!

Recordé al joven camarero equivocado. Podría haber insistido en que eran cerezas y me hubiera tenido que envainar la lengua como el sabiondo de Guy de Maupassant. Cuando vuelva al restaurante para empaparme de lo que allí ofrecen se lo comentaré, y también se lo cuchichearé al chef Rubén Ortiz, uno de esos cocineros jóvenes que se han echado al hombro la maroma que tira canal arriba del barco de su supervivencia (los propagandistas del capital llaman a estos nuevos galeotes emprendedores)

El nuevo tiempo de cambio climático nos arroya cada día con mayor frecuencia, hasta confundirnos como a los gatos y los bosques. Estas navidades tuvimos que espantar las moscas comiendo a “hocicosolano” en las faldas de Gredos, y hace unos días comprobé cómo palidecía el pasto, baldado por el sol, en las vegas del Tiétar. Pronto confirmaremos que seguir una dieta sana no consistirá en insistir en el camino verde que te conduce al mercado o el restaurante; llevar -más o menos- por tercios la ingesta de hidratos, proteínas, frutas y verduras, y no olvidarnos de las recetas tradicionales, los productos locales y de temporada. No será suficiente. Tenemos que ir aclimatándonos al trópico que nos toca los talones. Pronto la piña, la papaya y hasta la guayaba nos llegarán desde ese jardín templado en las riberas mediterráneas de Granada y Málaga. Y hasta la caña de azúcar hará próspero a Motril de nuevo.

El sol se nos cuela por las axilas y evapora nuestros campos y embalses de agua tan escasa. Procuremos no derramar gota alguna y olvidar al rubio de todos los días, él disfruta de la salud y el gozo de mi amigo Pedro. Y nunca se jubila.

A PAULA NEVADO, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo.

25 años de un tren

Paula Nevado

Paula Nevado

Recuerdo muy bien la declaración del entonces líder de la oposición José María Aznar en TVE. Al ser preguntado por cuál era la peor obra de los socialistas dijo en tono firme: “El AVE, sin lugar a dudas”. Y no traigo esta anécdota ahora -pasados más de veinticinco años- por molestar, sino para recuperar memoria. Es bueno que en España se celebre el 25 aniversario del primer viaje del AVE Madrid-Sevilla, pues somos un país con escasa memoria, y así nos va en tantas ocasiones.

El AVE y la Expo de Sevilla, desde el boceto hasta su conversión en realidad, fueron criticados de forma implacable por el agresivo PP que construía Aznar y los feroces compañeros de viaje que se le unían. La crítica y la denuncia fue tan brutal que el PSOE llegó a perder la alcaldía de Sevilla en vísperas de la inauguración de todo. El consistorio quedó en manos de Rojas-Marcos, otro crítico, y así la capital andaluza -periódicos incluidos- recibió al mundo por medio de unos representantes que no creían que aquello era una fenomenal operación de Estado (el sur, que no se descolgara del resto de España), sino un festival de paro, corrupción y despilfarro.

Aquella miopía vil, a pesar del éxito del 92 de España, continuaría años después. Se persiguió al principal hacedor de aquella obra, Jacinto Pellón, como si se tratara de un cuatrero, y hasta el juez Garzón -ya una estrella- hurgó durante años en los papeles que narraban gastos e inversiones buscando basura. Pero nada halló. Aquel sumario se cerró en silencio, y un día nos enteramos que Pellón había sido encontrado muerto y solo en la habitación de un hotel.

Pero cuando Aznar llega a la Moncloa, cambia todo. Descubren las bondades del AVE. Cascos anuncia que en 2015 (escribo de memoria) todas las capitales de provincia españolas tendrán un AVE a la puerta o muy a mano. Comienza entonces el festival de inauguración de “traviesas electorales”. En medio de terragueros de provincias como Zaragoza, Albacete, Badajoz o Valladolid se perpetra la inauguración de las traviesas golondrinas. “Pronto el AVE pasará por aquí”, anunciaba el ministro.

Y en esas continuamos. El PP ha cogido tal gusto al AVE que hasta en los años en que se discutía el pago de las medicinas al enfermo crónico, seguía izando pilotes ferroviarios en dirección a Galicia, el otro sueño popular. Fomento admitió que el pasado año 2016 destinó el 40% del total de su inversión nueva en “oradar de futuro” las portillas que separan las Castillas de nuestra tierra más mágica. Aunque ya la gran mayoría -otra cosa es que lo haga público- entiende que la millonada que nos cuesta trepar con el AVE hasta las tierras finales no está justificada. Una mejora profunda de las vías y equipamientos ferroviarios existentes sería suficiente.

Sí, es bueno ejercitar la memoria de vez en cuando, pues en los años previos al 92 y aún después, los únicos que defendían con ahínco el AVE, la modernización de España y su apertura al mundo, eran los socialistas de Felipe González. Por tamaña osadía hubieron de sufrir episodios de acorralamiento tal cual si fueran los colonos de La Diligencia, de John Ford. Ahora, el heredero de Aznar al frente de la derecha conservadora española comprende que el esfuerzo de aquellos gobiernos fue del todo necesario. Menos mal.

A PAULA NEVADO, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo.

Una cena con Dios

Paula Nevado

Paula Nevado

Existen cocineros españoles que conocen al apóstol que más le gustaba el cordero asado y el postre que hacía perder el sentido al tierno San Juan; los vasos de vino que tomaba en cada ágape santo Tomás, el desconfiado, y cuál era el pescado preferido de Judas Iscariote. Saben, además, que Jesús, al entrar el Domingo de Ramos en Jerusalén a lomos de una borriquita, notó como si algo le amenazara y, mira, se le encogió el estómago. Pero, claro, el predicador de Nazaret no era de mucho comer, era más bien consumidor de verde y devoto del picoteo de almendras y anacardos; le gustaba el pan de trigo integral y bebía mucha agua. Quizás por ello se mantenía delgado y era más espigado que su apostolado y, por supuesto, más despierto que ninguno de ellos. Pero en ocasiones se ponía místico. Los profetas apócrifos dicen que ese trastorno le acudía como consecuencia de los olores intensos de la primavera, el tiempo en que más horas dedicaba al sermón y la parábola.

En fin, podría continuar con esta salmodia chusca y hasta pringosilla de la Judea en tiempos del Dios de los cristianos, pero creo que es suficiente. En realidad, los renglones precedentes los he traído a modo de timbrazo para llamar la atención sobre la existencia de criaturas “muy imaginativas”, que encargan todos los años por estas fechas a un cocinero de postín que diseñe, cocine y sirva la Última Cena que, según su mejor entender, se sirvió en la noche que Cristo se despidió de sus apóstoles. Desconozco si existen vestigios históricos creíbles de aquel hecho (que igual ni siquiera sucedió) pero doy por seguro que leyendas y martingalas mil habrá para aburrir. Tantas como espinas extraídas de la corona de Cristo existen diseminadas por todo el mundo y huesos de santo reposan en millares de criptas, capillas y sacristías.

Pero lo que sí estoy seguro es que los David Muñoz, Mario Sandoval, Paco Roncero, Ramón Freixa y otros se lo tomaron muy en serio en años pasados a fin de quedar como Dios en el canal Historia el viernes santo a las diez de la noche. Este año el chef en suerte es Quique Dacosta; la triple estrella de Denia y el canal de televisión, que nos desvela las grandes batallas y otros tantos vicios de nuestros antepasados, anticipan en rueda de prensa el acontecimiento. Espoiler absoluto. Cuentan que: “Recuperará la cocina mediterránea elaborando cinco platos inspirados en algunos alimentos que pudieron formar parte de aquel menú: el pan y el vino, las carnes, pescados y verduras o las frutas”. Añaden que reflejan “la austeridad, el dramatismo, la belleza y el misterio que le transmite este banquete”. “El cuerpo (de Cristo) se representa creando una oblea a modo de pan ácimo, y la sangre es vino tinto fondillón (…) Los pétalos de las flores del almendro transmiten la parte emocional del momento (…) Las lágrimas derramadas serán agua de mar y vegetales de hoja amarga…” ¡Ahí es nada, Ópera en la Scala! Intentan transmitir un acontecimiento notable cuando en realidad manosean sobre un humo ramplón.

A esta “cima increíble” están llegando los grandes samuráis de la marmita; ya no saben qué demonios inventar para que se note su presencia, y pedalean hasta en los platós más iluminados del mundo para promocionar la marca de arroz o aceite que mancha su pecho de paloma gentil. Son como deportistas que no entrenan en gimnasio o profesores que desconocen el encerado. Menos mal que en cuaresma, por aquello de la purificación y la abstinencia, nos vedaron las carnes con sus vísceras y otras grasas, y descubrimos platos suculentos hasta entonces inéditos. De entre todos ellos (centenares) dos se escaparon del molde y hace centurias que caminan junto a nosotros todo el año: el potaje de vigilia (garbanzos, espinacas, bacalao y huevo cocido picado) y las torrijas: el pan bendito del pagano.

Lo dicho, cocina de vanguardia bajo los olivos intuidos del huerto de Getsemaní. Qué bonito.

A PAULA NEVADO, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo.

Paula Nevado

Paula Nevado

…. Y la iglesia católica mientras tanto insiste en que hay que guardar silencio en las procesiones, ser respetuosos con los creyentes, permitir que manifiesten su espiritualidad. Pero pocos le hacen caso, a lo sumo una parte de ese 20% que se manifiesta creyente y practicante. Aunque no son suficientes para amortiguar el guirigay de tantas procesiones. La iglesia tiene, no obstante, razón, el cultivo del espíritu (también vale decir el alma) precisa de recogimiento, de cierto control emocional y libertad íntima para comunicar (comulgar) con aquello que importa al individuo y le hace más profundo.

Alcanzar ese estado de quietud dentro de manifestaciones masivas hoy es un desideratum, un imposible delirio. Las iglesias, o al menos las que provienen del Libro, sólo alcanzan la aceptación y sumisión de gran número de fieles seguidores mediante la amenaza con ciertas formas infierno y el aplastamiento civil del heterodoxo o discrepante. Ahora esa forma de perpetuar su espiritualidad resulta imposible. Hace décadas -que sobrepasan el siglo- que el hombre europeo comenzó a buscar un sentido más auténtico y trascendente a su vida de otras mil maneras investigando, normalmente, en caladeros que la iglesia le había negado: naturaleza, arte, poesía, otras religiones menos punitivas…

No obstante, el tránsito del hombre hasta liberarse de las amenazas de los viejos dioses (o los nuevos tras customizar sus herrumbrosas tallas), está resultando demasiado duro para la mayoría, no tanto por quedar fuera del anillo protector de los antiguos sacerdotes, sino por su incapacidad para sobreponerse a las tecnologías (máquinas). Estas le conducen en volandas hacia una nada consumista que se conforma con las satisfacciones más epidérmicas: alimentarse (mal), hablar (de casi nada), viajar y relacionarse (mucho) y jugar, jugar todo el tiempo con los artefactos móviles que han colocado en nuestras manos y dispuesto ante los ojos.

Este hombre sin espiritualidad empieza a ser, curiosamente, un hombre que se desconecta de esa angustia llamada miedo. Asimila con enorme rapidez las condiciones del momento: paro, precariedad, inestabilidad, emigración… y decide aprovechar su tiempo como si pudiera ser feliz. Porque, ¿de qué otra manera se puede entender qu en la presente Semana Santa la ocupación hotelera supere el 90%, se den más de 5 millones de vuelos en avión y casi 15 millones de desplazamientos en automóvil, en un tiempo de amenazas locales sin fin y un mundo en convulsión donde un loco que manda demasiado le da por lanzar bombas a capricho?

Necesitamos un mayor cultivo de la espiritualidad precisamente para protegernos de la barbarie tecnológica y tanto dogma religioso y político. Mas, como vemos, el hombre moderno (conciencia de individualidad) y el democrático (conciencia de sociedad) no solo no logran afianzarse en la historia sino que se caen hechos pedazos en la misma patria donde nacieron: Europa.

A PAULA NEVADO, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo.

Cuando ya has vivido

Paula Nevado

Paula Nevado

Llama la atención que el Parlamento español no haya legislado siquiera sobre el derecho a una muerte digna (ahora tramita un texto sobre esta materia), después de casi 40 años de vida democrática y en libertad. Y sorprende aún más, cuando los españoles hemos apoyado, o en todo caso aceptado, una vasta legislación sobre derechos individuales y materias sociales “sensibles” que nos sacaron con rapidez de la Edad Media moral en que nos había sumido el franquismo .

Las leyes sobre el divorcio, la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio homosexual, de igualdad de género, contra la violencia machista… han venido siendo aceptadas e incorporadas a nuestro acervo cotidiano como si tal cosa. Esta disposición del legislador, principalmente socialista pero no solo, por descorrer cerrojos que la Iglesia Católica (y otros enconos conservadores) mantenían sellados históricamente, sin embargo, se topó siempre contra el muro de la regulación de una muerte digna, la eutanasia y, no digamos, del suicidio asistido.

Ni siquiera el Presidente Zapatero, tan decidido en estas materias, quiso meterse en el avispero; y aún la semana pasada, cuando un nuevo caso de suicidio de enfermo terminal por ELA golpea nuestro ánimo y afea conciencias, los socialistas confiesan que es una cuestión que aún no han resuelto y vienen debatiendo con sosiego.

¿Qué pasa con la eutanasia pues? Parece que el español, tan abierto a nuevas libertades y buscador constante de otros derechos, tiene un serio problema cuando se enfrenta a la muerte. No sabe qué hacer con ella, no la entiende. Ha dejado su gestión en manos de la Iglesia desde tiempo inmemorial, y en esas nos encontramos: atrapados por su magisterio y asustados por el trueno que desprende la lectura de sus libros sagrados.

Es otra materia sobre la que este país no sabe qué camino tomar, a pesar de las encuestas abrumadoras en favor de regular la muerte asistida por un médico. Dudas que, no obstante, pudiéramos estar en vísperas de ver arrolladas por la imparable tozudez de los hechos. Porque nuestro país se llena de abuelos que rozan el siglo en porcentajes asombrosos; porque un buen número de ellos llega a su ocaso exhausto y enajenado: quiere que su vida-calvario acabe pronto; porque la familia tradicional se agota y crece el número de mayores que flota entre la penuria y el desamparo; porque las residencias de ancianos -a pesar del cuidado y cariño que reparte la práctica totalidad de sus cuidadores- son empresas ideadas para el negocio en su mayoría. Y porque -digámoslo claro- la Iglesia no está en condiciones de imponer su desgastado dogma, que concreta en la frase: “Hasta que Dios quiera”. Vivir, el valor capital del hombre, es un derecho, que no una obligación.

A PAULA NEVADO, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo.

Paula Nevado

Paula Nevado

Hace unos cuantos meses que menudean por las calles de Madrid y Barcelona (y otras grandes ciudades del mundo) jóvenes ciclistas de los que cuelga un enorme morral cúbico y duro rotulado en su base con la palabra Deliveroo. Llevan comida preparada de diferentes restaurantes a casas particulares, oficinas, cumpleaños y otras celebraciones y fiestas. No son chicos de la pizza, ni repartidores de catering, son los hijos recientes de una emergente y poderosísima web mundial que nos otorga la gracia de que podamos comer platos “de todo el mundo” en el salón de nuestras casas con solo dar un clic.

Primero fueron los billetes para el viaje, los cines y otros espectáculos. Después, hoteles y restaurantes… hasta que llegó Amazon y Alibaba, que nos traen de todo. Ahora es un gran glotón llamado Deliveroo que, una vez bien rodadas las bicicletas por los barrios correctos, quiere servirnos, además de las hamburguesas, pizzas, sushis, etc., de la zona, comidas de restaurantes de ciudades lejanas. Ha lanzado una nueva plataforma que permitirá a cientos de restaurantes “llegar a nuevos públicos de todo el mundo, sin necesidad de disponer de establecimientos propios”, según leemos en el Diario de Gastronomía. Los impulsores del que deberíamos denominar restaurante global ofrecerán a los negocios que se animen a volar en esta noria universal “la infraestructura, incluyendo cocinas personalizadas, apoyo en el marketing local y flotas de riders”. Para ello -además del interés inmediato que despertarán en centenares de establecimientos- necesitarán a miles de chicos con buenas piernas y aún mayor necesidad. Sin embargo, no los reclaman apremiando esas cualidades físicas y el atractivo del dinero, sino que buscan “los mejores talentos”.

Así que un melindre puede ser repartidor Deliveroo si tiene talento. Además, los viernes –día de las mayores pedaladas o principio de un fin de semana alpino- darán ¡gratis! una comida de primera “sacada de los mejores restaurantes”. Nada se habla en su web reclamo de qué se paga a los chicos por los portes, ni de la protección que tiene contra pongamos que accidentes, y no digamos de seguridad social, esos conceptos son palabras desconocidas para esta clase de embelecos universales. El chico con talento será pues otro hombre solo; uno más, el testigo sudoroso y mudo que observa cómo se alimenta la satisfecha sociedad en la era de la desigualdad. Deliveroo es una oportunidad más que ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación a los hombres más avariciosos de la Tierra (emprendedores) para acaparar todo (dominar el mundo) por medio del teléfono y las tabletas que han puesto en nuestras manos. Ahora se trata de aniquilar restaurantes, pues es posible disfrutar de platos de diseño de Fulanito de Peras de Livorno preparados en un galpón próximo al puerto seco de Coslada.

Continúa así la secuencia de desapariciones; cierran oficinas por el teletrabajo en casa, o Dios sabe dónde; merma el asalariado devorado por el autónomo; el becario, por el precario; el motorista ruidoso de las pizzas, por la pureza no contaminante y muy valorada de la bicicleta. Sí, se cierran los locales de trabajos terciarios (y los grandes y ordenados archivos de la memoria) y el nuevo mundo digital nos eleva a toda mecha hasta la nube donde, aseguran, deambularemos felices paseando en nuestras bicicletas.

Cada día que transcurre adquieren mayor peso y razón las reflexiones y apuestas del Nobel de Economía francés Jean Tirole (el pasado miércoles en Barcelona impartiendo doctrina en el Foro de la Economía del Agua) cuando afirma que la sociedad digital crece eliminando millones de asalariados y continúa deslizando al mundo hacia una pobreza creciente. De su pensamiento (que en otros aspectos se viene cumpliendo) podríamos inferir que el mundo real (los campos de trigo, las granjas y sus mataderos y los hombres que allí hoyan) desaparecen de nuestra vista, dejando de ser experiencia y memoria, hasta sumergirse como una de esas islas del Índico que ya oculta el cambio climático. Porque nos dicen que comemos carne de vaca, pero esos animales son solo figuras cornudas y amables en los cuentos infantiles; las espinacas, esas bolsas verdes frías ya apelmazadas, y el lúpulo, una palabra antigua que nadie sabe de dónde viene, pero que dicen que nada entre las burbujas de la cerveza.

El nuevo mundo entierra la cultura acumulada a lo largo de las historias a golpe de pedales de bicicleta y movimiento abanto de dedos sobre pantallas LED brillantísimas y cegadoras. Todo tan superficial, fácil y atractivo como un paseo en bicicleta por las riberas arboladas de los grandes canales europeos. Nadie puede ver ya el foso donde se enfanga lo real, porque el vaho irisado de la nube lo impide.

A PAULA NEVADO, su inquietud y sensibilidad familiar, le han llevado a formarse en diferentes disciplinas creativas y trabajos artesanales. Desde hace años se las tiene con la luz y sus caprichos para adobar con ellos las imágenes que le interesan. Con esta colaboración traslada de manera abierta la búsqueda del mundo que solo puede capturar su ojo.

www.irlanglish.com

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Millones de ciudadanos británicos y de otras naciones europeas llevan mal las consecuencias que trae el divorcio entre el Reino Unido y la Unión Europea. Son los europeos que viven y trabajan en el Reino Unido (3,3 millones) y los 1,2 millones de británicos que hacen lo propio en el continente. Todo el mundo es consciente del grave problema, pero los noticieros no se hacen eco de manera suficiente. Prima el debate político, qué costará (en euros o libras) el divorcio de una pareja 44 años unida y que, por tanto, mantiene en común tanto intereses como historia. Incluso nos fijamos en las repercusiones que el conflicto tendrá en el contencioso eterno que nos liga al Reino Unido a propósito de Gibraltar. ¡Vaya problema!

Miles de enfermeras, cocineros y camareros, abogados, ingenieros, profesores…. españoles en Londres, pongamos por caso, no hablan de otra cosa desde hace más de un año. Y el jubilado escocés en Alicante, el empresario de restauración en Lanzarote o el deportista en Madrid, maldicen a diario la posición en que les colocó el no a Europa de sus paisanos. Solo tienen la certeza de su miedo al futuro y hacen cábalas pesimistas sobre la aventura que será su vida a partir de ahora. Temen perder empleos, derechos y bienestar. Pero, claro, no hay nada seguro. Lo único cierto es que la premier británica, Theresa May, ha enviado una carta a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, que anuncia su despedida del continente y está abierta a negociar con Bruselas las condiciones de la ruptura. Negociar a cara de perro, claro, pero eso no lo escribe, se sabe.

Los conservadores europeos -que mandan en casi todos lados- se lo han tomado con parecida flema en público, pero la irritación tras los cortinajes es enorme. Ahora viene una larguísima batalla diplomática y política. Londres y Bruselas pelearán por la “mejor finca en disputa”. Ambas marcan sus preferencias de entrada. El Reino Unido exige que se lleven a un tiempo los asuntos del divorcio (con qué me quedo, qué dejo) y las relaciones a mantener en el futuro: mercado a cambio de libertad de movimientos de la UE en la isla. Pero Bruselas avisa que no aceptará: primero sellar las condiciones de la separación y, una vez ratificado el divorcio, hablamos de las relaciones a mantener en el futuro.

Así que, a pesar de la prudencia conservadora, el escenario se presenta feo para todos, aunque puede que sea más comprometido para Bruselas. ¿Por qué? Una reflexión de este tipo da para una larga ponencia, pero digamos a modo de brochazo expresionista que el Reino Unido está más moralizado que la UE. Los británicos se sienten más fuertes “liberados del yugo comunitario” y dueños de sus fronteras (entrarán y saldrán quienes ellos permitan), confían en la grandeza financiera de la City, sus universidades de excelencia, su pulsión investigadora e innovadora, su maestría comercial y, claro, en su ejército y servicio secreto. Y además creen poseer la mejor diplomacia del mundo y ser los socios privilegiados de Norteamérica, esa gran nación cuyo actual presidente desprecia a Europa.

Enfrente tienen un conglomerado desnortado de países del que solo se salva Alemania. La nación de Goethe es un gran país que nunca dejó de serlo “a pesar de tanta Europa”. De nuevo toca a los alemanes hacerse cargo de otro marrón harto difícil. Lo hicieron con ocasión de la gravísima crisis económica de 2008, desgarrando con su determinación cuasi militar el alma de numerosos países europeos. Pero Europa resiste al cabo. Ahora la clave está en que no se lleve la mejor parte del patrimonio compartido quien ha provocado el divorcio. Esperemos que Londres -capital de un pueblo guerrero- no juegue la carta de hacer rehenes.

Camareros

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Hace escasos días, en pleno almuerzo oímos un alarido enorme e inquietante; la música con que nos ametrallaba el televisor se cortó de repente y dejó al desnudo la voz iracunda del camarero: “¡¡ Estoy hasta los cojones, o traéis la comida aquí o me voy!!”. La treintena de comensales fijamos alarmados la mirada atónita sobre aquel enfurecido descubierto, pero luego recapitulamos rápido. Desde que llegamos habíamos reparado en aquel único camarero corriendo de acá para allá como un oso loco; entrega la carta como quien lanza un bumerán, la espuma de la caña del aperitivo vuela y no hay cordero, ni espárragos, ni … y “sólo tenemos arroz con corzo para dos”. Estamos en el restaurante La Plaza (del Caudillo) de El Pardo.

Ayer reservamos en el restaurante La Catedral de Zamora, una denominación que bien pudiera ser el rótulo de un colmado al paso de la película “Por Quién Doblan las Campanas”, o la tasca de alguna de las fascistadas épicas que rodó Juan de Orduña. Pero no, es el clásico restaurante de Madrid de buenas croquetas, menestras y corderos. Los miércoles sirven un cocido único de cinco vuelcos que, el jueves, es transformado en fuentes de una “ropa vieja” que parece salida de un paladar escondido en el vientre de La Habana vieja. Sus camareros son excelentes; la comodidad se nota, se pide fácil, te sirven a tiempo y con delicadeza y te observan sin que te sorprendan unos ojos.

Aquel camarero de La Plaza (que al cabo se disculpó por su explosión de ira) estaba solo y desesperado (o quizá arrastraba un dolor insuperable) porque atendía a más de treinta cubiertos, mientras que en La Catedral eran tres los que servían una sala para cuarenta y tantos cubiertos y en perfecto orden. Hay diferencia.

Pero la casuística camareril es infinita, tanta como nuestra imaginación alcance. Aunque en la actualidad domina el joven inexperto y agitado: estudiante mal pagado, extranjero que no tiene otra o joven español que lo empujó hasta la bandeja la proximidad del hambre. El camarero profesional queda para los restaurantes reconocidos (y no todos) y aquellos antiguos locales que la crisis no se llevó por delante.

En todo caso, cada vez se le da menos importancia a este servicio clave. Los nuevos restauradores -progresivamente concentrados en grandes cadenas- valoran más la decoración, el ambiente (encanto) y el ruido en las redes que la correcta atención de la clientela. Los jóvenes consumidores llegan preparados para aguantar la metralla máxima. Muchos porque se han entrenado viajando en esas latas de sardinas que son los aviones low cost y otros tantos porque no conocen más bares que aquellos en los que has de trepar por la chepa del grupo o la cuadrilla para alcanzar la caña. El camarero ideal, por tanto, se extingue para el ciudadano corriente; se convierte en una herramienta más -casi sin interés- de ese mecano de consumo acelerado en que se transforma nuestro ocio.

Claro que habitualmente hay variadas excepciones, gracias, sobre todo, a que el hombre sorprende siempre aunque éste sea plano. El mejor camarero lo encuentras cuando el restaurante esta semivacío. Tiene tiempo suficiente y suele manifestarse agradable; pero no busques su complicidad así que las manecillas del reloj enfilen hacia las cuatro y media de la tarde o sobrepasen las doce de la noche. Solo sería correcto si le pagaran las horas extraordinarias, pero eso ya no se estila, que cantaba el cuplé.

Así que caminamos a la búsqueda del camarero anónimo, el correcto (o no tanto) mueve platos; el que no llega nunca a la mesa o es un patoso. Nos conformamos casi con la sonrisa de ella o que él te avance el asomo de una broma. La mejor manera de paliar este malestar (sin buen camarero no se come a gusto) es acudir a menudo a los mismos lugares, hasta hacerse con el ánimo y la sonrisa de Mateo, que llegó a ser chef y huele el corcho del vino como un maestro perfumista antiguo. Se lo rifan. La última vez que nos vimos fue en el restaurante El Paraguas. Pidió permiso a mis acompañantes en la cena para darme un abrazo de hermano. Es un jefe de sala magnífico, te acaricia con la sonrisa y sus ojos observan sin que perturben tu intimidad.

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

Europa no se cae

www.albertotome.com

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La Europa institucional y política celebra estos días el 60 Aniversario de la firma del Tratado de Roma. Las imágenes, con sus palabras, y hasta las músicas que componen los discursos, destilan tristeza. Se extiende delante del proscenio europeo una pancarta gigante que denuncia lo peor: refugiados, Brexit, un euro en crisis, populismo… Es verdad que se citan los grandes logros: alta prosperidad económica, paz, democracia, etc. pero suena a recapitulación de los viejos triunfos de un gran equipo que embarrancó.

Sin embargo, Europa no es un sueño que acaba en derrota ni mucho menos; es solo una nave golpeada por una brutal tempestad. Pero saldrá de ella. Es cierto que los diez últimos años vienen zurrándola con saña. La recesión de 2008 -que a punto estuvo de laminar al euro- ha arrojado a grandes capas de clases medias y populares al paro, la desprotección y el miedo; ha revelado las dificultades de convivencia con los países del Este -que avanzan alocados hacia el autoritarismo-; ensanchado la brecha económica (y la desconfianza) entre el norte y sur, y dando entrada al populismo y nacionalismo más rancio.

Pero Bruselas, a pesar de todo, a pesar de Berlín, el Brexit y el deshilache generalizado de la clase política europea, resiste. Curiosamente esa burocracia, que tanto se criticó en años pasados (y siempre, habría que convenir), es la que mejor aguanta. Los grandes asuntos: unión económica, monetaria y bancaria, la tecnológica, energética, etc., se ralentizan o duermen en los cajones de la Comisión hasta mejor momento. Pero las pequeñas tareas, no; son como carreras de hormigas que, al cabo del tiempo, acaban por llenar enormes despensas de directivas, normas, subvenciones, becas, ayudas, inspecciones, avisos y presencias. Esa cara b de Europa nunca ha dejado de sonar y las lianas que han venido trenzándose entre los respectivos países no han dejado de ser utilizadas por millones de comunitarios: la libertad de movimientos -pues no existen fronteras- y las becas erasmus, por ejemplo, son algo así como un milagro: una red de intangibles que crea cada día más ciudadanos de Europa.

Claro que todo puede saltar por los aires un día. La historia ha demostrado que los mismos labios que provocan el beso más dulce, pueden abrirse como la persiana que esconde las fauces de la fiera. Pero ahora no va a ocurrir nada parecido. Le está viendo las orejas al lobo del populismo nacionalista y pondrá compuertas. Si Francia y Alemania contienen a las Furias esta primavera, estaremos a salvo y en condiciones de continuar el camino de la construcción europea. Aunque habremos de despojarnos de algunos estorbos pues, ¿es imprescindible continuar soportando a tanto filofascista como crece en el Este? y redefiniendo algunas políticas clave: ¿va a ser Alemania la única nación que dé asilo? ¿por qué no cambiar las vallas que expulsan siempre por las puertas que se abren y se cierran?

Es cierto que inquieta sobremanera observar los apretones de manos entre Putin y Le Pen, o Trump y Farage. Esas amenazas tan explícitas nos deberían animar a ser aún más europeos.

Teresa Muñiz

Teresa Muñiz

Nos están mareando (confundiendo) demasiado con lo que comemos en los últimos tiempos. Mal asunto. Si de algo debemos de estar seguros es de que lo que ingerimos no daña y, además, es sano. Pero no ocurre así en el clímax máximo de cocineros y fogones, cuando preparar una merluza en salsa verde es prime time y los cocineros Michelin son todos hijos de Zeus, aunque muchos tengan cara de cemento. Resulta que son sospechosos el azúcar, las harinas, todas las grasas, las salsas, los platos preparados, las sacarinas, los aceites de palma y cacahuete y ¡cuidado con el agua que bebes!

Aunque lo más grave es esa amenaza fantasma que sostiene que los platos preparados, precocinados y los aditivos, de acá y allá, que se añaden a centenares de alimentos básicos como el pan, la leche, el jamón… no son de fiar: o te engañan vendiendo por leche de vaca lo que es suero, o te meten grasas saturadas divinas de la muerte hasta por el orto.

Lo más curioso, no obstante, es que quienes divulgan masivamente estas advertencias te aseguran que el alimento sospechoso lo come el pobre. Claro que es un alimento seguro, eso sí, pues casi nadie muere de diarrea ya, pero que te enferma lentamente hasta conducirte sin remisión al mundo de la diabetes, el cáncer o las enfermedades cardiovasculares. Y claman porque abominemos de esas salsas de las que el fabricante solo sabe que no matan; o pugnan porque impongamos al azúcar los impuestos del alcohol (¿por cierto, la cerveza normal tiene alcohol?) y se quedan tan panchos: más sabios y responsables que un Nobel.

En esta situación,  muy pocos de ellos ayudan a dar pistas sobre cómo podemos ir cambiando el ambiente obesogénico en el que vivimos, de qué manera abandonamos las costumbres enfermizas de ingerir el super whopper. Es decir, por qué puñetas la fruta no se ofrece al precio de la gaseosa o el pescado deja de parecerse a la carne (?) de pollo. De esta parte del dilema público solo hablan algunos locos extremistas y ningún poder público ha decidido trabajar en la búsqueda de fórmulas que resuelvan el enigma de por qué el tomate cuesta 5 euros el kilo.

A mí siempre me ha parecido que poner en duda la calidad, y mucho más la seguridad de los alimentos, es una especie de terrorismo. Ese es el miedo “que más mortifica”, y el que más beneficio aporta a los malvados que lo propalan con el fin de achatarrar al adversario.

Estos intrigantes abundan hoy en las administraciones públicas y universidades, centros de investigación, redes y medios de comunicación, convencionales y los que no lo son tanto. Nos cuentan que para alimentar a una población mundial, que se duplicará en el horizonte del 2050, es imprescindible continuar el camino emprendido hasta ahora. Pero al tiempo, su contraparte en la investigación y la ciencia asegura que la mayoría de la ingesta de los países ricos es crecientemente insana y ayuna de calidad, que necesitamos políticas sociales que nos ayuden a salir de este manglar.

La confusión, pues, es máxima y el aparente choque entre la industria alimentaria y una sociedad atónita no acaba de alumbrar resultados saludables. De momento, a los únicos que les va de escándalo es a los vendedores de comida barata, ropa barata, frigoríficos baratos y motos de saldo.

P. D. Un centro de investigación alimentaria valenciano acaba de anunciar el descubrimiento de los genes del tomate de pueblo, o sea, el bueno. Pronto crecerá bajo los plásticos con esa gracia. ¿A qué precio pondrá el kilo el mercado?

Teresa-Muñiz3-150x150TERESA MUÑIZ: “En numerosas ocasiones, paseando, asomada a una ventana u observando un objeto, nace en mi la necesidad de detener esa visión. Poseer esa imagen de una manera instantánea y veloz nada tiene que ver con mi trabajo pictórico, pero me sirve de referencia y confirmación de lo que en ese momento me interesa. Esta reflexión viene al caso porque, conversando con Pepe Nevado y celebrando nuestra colaboración tan fructífera que culminó con la publicación del libro Pan Soñado, se me ocurrió proponerle seguir caminando juntos pero en esta ocasión con fotografías. Aquí están”.

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